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Anatolia, murmullos del pasado
Joan Biosca

Hay lugares de los que queda un recuerdo amplio, alargado en la memoria, lleno de tonos, como un sorbo de vino repleto de matices y aromas; en cambio de otros paisajes y, sobre todo, de otros viajes, pasadas unas semanas apenas se pueden rescatar destellos, como si a la que pasan unos días tan sólo quedasen almacenadas en la memoria las aristas de los recuerdos. Como chispazos que afilan la piel arañando sutiles sensaciones escondidas. En estos casos uno se queda con cara de sorpresa, piensa si un fallo en la memoria le impide visualizar ampliamente el espectro de unos días concretos de su vida; se esfuerza hasta que cree tener agujetas en el cerebro y apenas aflora nada más que desconcierto. Retales de historias que se amontonan sin orden ni mesura.

En estas ocasiones sólo perduran vagas sensaciones más o menos placenteras. Chispazos de instantes vividos en rincones concretos. Rincones que uno sabe ubicar perfectamente en la geografía, pero que no tienen la consistencia de formar parte de un todo. Como si de pronto el viaje quedase borrado, aniquilado por una especie de virus que atacase las neuronas responsables de archivar un país, un paisaje y unas emociones y que, de repente, sientes que se han convertido en humo. De nada sirven las imprecaciones ni los esfuerzos por rescatar y llevar al presente algunos trazos de unos días consumidos; el subconsciente se ha burlado de todo, las pruebas del viaje quedan en las fotos que no en la memoria y las fotos, rescatan apenas nada. El bloqueo parece perenne y, a la hora de transcribir -negro sobre blanco- las sensaciones vividas, el bloqueo se instala entre la pantalla del ordenador y el teclado, como un programa residente, y no nos deja traspasar la línea divisoria entre lo que queremos recordar y aquello que realmente recordamos y que, tal vez, preferiríamos olvidar definitivamente.

Así ocurre con algunos viajes igual que ocurre con algunas etapas de la vida, que quedan tan profunda y secretamente almacenadas que se necesita la asistencia de la hipnosis para rescatarlas del fondo del alma. Puntos geográficos que, muy a mi pesar, permanecen ocultos en algún rincón oscuro de la memoria. Lagunas negras de las que no se puede rescatar nada con cierta coherencia, ni con la ayuda de cientos de fotos ni docenas de páginas repletas de notas. Son recuerdos formados por destellos, un puzzle amorfo a la espera de ser montado. Paisajes que son un misterio de los que la única prueba de su coexistencia en nuestra vida son los sellos estampados en el pasaporte. Destellos inconexos que tal vez hablan de momentos placenteros pero que no concretan nada que pueda ser saboreado ampliamente. Sólo emociones sin base en la que asentarse. Si la tuviesen tal vez no serían emociones y no me preocuparía nada su ausencia o exceso. Éste es uno de esos viajes. Puedo ubicarlo en el mapa y en el tiempo, pero cualquier intento de darle forma y rememorarlo en su totalidad es un esfuerzo baldío. Así me afloran hombres con bigotes portentosos y manos callosas invitándome a té o tabaco; mujeres empaquetadas en largas vestimentas negras de las que sólo asomaba el brillo de la mirada; mercados abigarrados de olores y colores; susurros en callejones umbríos; paisajes resecos empachados hasta el agotamiento de historia, mitos, leyendas y fábulas; ruinas que murmuraban sobre el pasado y, a veces, sobre los nombres de gobernantes endiosados por el paso del tiempo y su propia egolatría; mezquitas y artesanos que proclamaban el presente. Vaharadas inconexas que, tal vez, lo dirán todo, en otro momento, en otro contexto, pero no ahora. Repiqueteo de martillos sobre yunques; arrullos de palomas bajo soportales antiguos; olor de humo de carbón y cordero sobre las brasas; sonrisas que aparecían sin previo aviso; sabor dulzón de tabaco tragado desde una narguile; empalagosos dulces de miel y pistacho; ardor en la garganta y el estómago, producto de la condimentada comida; susurros de campesinos y pastores jubilados mientras jugaban calladamente al ajedrez; ecos perdidos en campos ahítos de batallas épicas; afilados minaretes clavándose en el cielo cobalto del amanecer; densos silencios en parajes con demasiados recuerdos a sus espaldas y pasos que, como las evocaciones antiguas, se pierden en las sombras de callejones sin nombre.


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