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Indonesia
Un paseo por Sumatra


Joan Biosca

El barco levantaba olas amarillas, ocres o rojas según fuesen los sedimentos  arrastrados por las aguas de los canales que mueren en el río Siak. De vez en cuando pasábamos frente a una aldea anclada entre jungla y manglares y la embarcación contenía la respiración, como para evitar que las ondas que provocaba a su paso se llevasen las frágiles cabañas a Borneo. Nos cruzamos con pequeñas lanchas de pesca y remolcadores arrastrando barcazas rebosantes de arroz que dejaban tras de sí una humareda negra y el graznido de las aves que las sobrevolaban disputando el festín que bajaba por el río. 

 

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Tras un recodo deforestado surgió de pronto un ruinoso barracón: El embarcadero de Kotaringin -destino final del barco- era tan solo un cobertizo de madera amenazando con irse río abajo en cualquier momento. En un calvero cercano, una maraña de decrépitos autobuses aguardaba la carga humana que desembarcaría del vetusto barco para esparcirla por Sumatra. Apenas tuve tiempo de comprar una botella de agua para hacer más soportables las cuatro horas que me separaban de Pekambaru, la primera etapa a medio camino de mi destino: Bukittinggi, en el otro extremo de la isla.

El único encanto de Bukittinggi reside en ser el punto de partida para alcanzar el lago Maninjao. Una estrecha carretera sale de un extremo del pueblo y, discurre entre plantaciones hasta la cresta del volcán que encierra el lago. El sendero que desciende por la montaña hasta el lago Maninjao queda oculto por la cima. Nace donde a simple vista no hay mas que un precipicio y se descuelga selva abajo -entre las húmedas sombras del bosque- hasta los campos que rodean la laguna. Algunos arroyos cruzan el camino y las sanguijuelas que acechan desde el barro aprovechan para merendar en los pies del más incauto.

Al llegar al valle -tres horas después de caminata- la selva desapareció de la misma forma que empezó, con urgencia. Tras los últimos árboles surgieron las primeras cabañas, las gallinas asustadas y algún perro amenazador gruñendo con el rabo entre las patas. El sendero se ramificó en dirección a plantaciones, chozas y estanques de peces, para acabar convertido en la carretera asfaltada que rodea la laguna. La aguas del Maninjao tienen un aspecto tan lánguido como la desganada población que ha crecido a sus orillas. La villa se despereza entre los bordes de ese mar interior y la jungla de las laderas cercanas. En cuanto a la población local... de día desaparece en el lago a bordo de pequeñas piraguas para recolectar peces en los estanques flotantes o se disipa entre mares de plantaciones de arroz y, al caer la noche, se sienta indolentemente bajo el zaguán de las casas para ver pasar a vecinos y turistas. Familias en la penumbra de una mortecina bombilla juegan a cartas, charlan o corean el omnipresente karaoke. En algunas sombras brillan silenciosas ascuas de cigarros y el aire se impregna del pegajoso olor del clavo con que los sumatranos gustan de perfumar sus cigarrillos. Da pereza abandonar el lugar, es de esos rincones perdidos que invitan a derrumbarse sobre una hamaca y retomar el viejo libro del fondo de la mochila. Tenía intención de regresar a Bukittinggi la misma tarde, pero me dejé atrapar por la noche, por la visceralidad de una tormenta tropical y por una cerveza fría saboreada en una cabaña asomada a las oscuras aguas. ¿Qué otra cosa si no es viajar?.

Bukit Lawang es una pequeña y polvorienta población de montaña que se estira a lo largo del río Bohorok. Su única calle caracolea con el curso de la corriente y acaba donde el agua y la roca hicieron imposible la construcción. Cuando la única calle de Bukit Lawang muere atajada por el río, aun es posible avanzar: una barca desvencijada aguarda la ocasión para vagar entre el mundo de los humanos y el país de los orangutanes. El Centro de Rehabilitación de Orangutanes nació en 1973 con el fin de readaptar a su entorno natural a los animales que habían vivido bajo la cautividad doméstica de las mascotas. Del proyecto apenas queda el nombre. El centro se ha convertido en la principal atracción turística de la región y parece más volcado en los jugosos beneficios que reporta el turismo que en la costosa reinserción de primates. A medio camino de la cumbre de un cerro, en un pequeño claro que se abre paso en la jungla, colgado sobre la ciudad y el río, se encuentra el punto de encuentro de los orangutanes en libertad vigilada y los plátanos que les ofrecen mañana y tarde los empleados del parque.

A bordo del único minibús de Sumatra carente de amplificador y altavoces, me despedí de la selva y sus inquilinos, de las plantaciones de cacao, de los turistas bullangueros y del pescador perseverante del río Bohorok. Un largo y silencioso trayecto me abrió paso hasta el Lago Toba, en el corazón del antiguo reino Batak, donde cuentan que feroces caníbales anduvieron guerreando a los colonos holandeses apenas 100 años atrás. El lago es una frontera en lo geográfico, lo étnico y lo cultural. Desaparecen las selvas y la carretera discurre entre pinares y helechos gigantes. Las mezquitas dan paso a iglesias católicas o protestantes y los arrozales a los cultivos de hortalizas. Mientras, el sinuoso camino desciende con parsimonia hacia Parapat y entre los árboles se adivina a su majestad el lago Toba; brillando en tonos turquesas, acaparando el paisaje, eclipsando la belleza de los bosques vecinos y asumiendo resueltamente el protagonismo del paisaje y la geografía de la región.

Parapat tiene el encanto de una ciudad fronteriza, es decir, ninguno. La carretera parte en dos gajos esta población antes de sumergirse en el lago y convertirse en embarcadero. La razón de la existencia de Parapat es servir de punto de unión de dos islas, Sumatra y la isla lacustre de Samosir. Tiene Samosir carácter isleño a pesar de quedar unida a Sumatra por un pequeño istmo. Nació esta isla -de las dimensiones de Singapur- vomitada por la apocalíptica explosión volcánica que formó el lago y configuró la región.

Ser el centro del antiguo reino batak y capital del país Toba, le dan carácter propio en el presente y en el reflejo del pasado. No se consideran sumatranos sus habitantes, ni siquiera se sienten indonesios. Son Tobas, conservan su propia lengua y se enorgullecen de mostrar su pasado en un pequeño y apolillado museo. Tienen el sentir nacionalista y resignado del que sabe que la batalla por la identidad nunca estará ganada.

Abandoné Sumatra envuelto en la lluvia, entreviendo -como a mi llegada- los matices de verdes disimulados bajo el aguacero y los búfalos brillantes de humedad. En unos minutos el sol ganaría de nuevo la batalla y los campos se llenarían de campesinos embarrados y de garzas blancas en busca de ranas, como todos los días, como toda la vida. Mientras, las imágenes y los recuerdos del viaje se amontonaban en mi memoria y se enredaban entre las nubes y el aire cargado de olores que parecían emerger de un mundo perdido.

 

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