Malta

Joan Biosca

Vista en un mapa Malta no impresiona, apenas es una manchita situada en medio del mar, al sur de Sicilia. Sin embargo, en el pasado, su estratégica situación geográfica la hizo merecedora de las invasiones de todas las culturas que hicieron del Mediterráneo el tablero en el que jugar las cartas del poder. Exceptuando a los pacíficos fenicios, que la ocuparon a base de comercio e intercambios, el resto de los imperios mediterráneos convirtieron Malta en campo de batalla. Romanos, árabes, turcos y una larga lista que acaba con el frustrado intento nazi de ocupación durante la Segunda Guerra Mundial, que no la libró de los terribles bombardeos aéreos de la Luftwaffe.

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Malta es temperamentalmente católica, 365 iglesias esparcidas por su exiguo territorio atestiguan el hecho. Posiblemente fue el azar quien jugó la principal baza en el fervor religioso de los malteses cuando, a mediados del siglo I, un temporal hizo naufragar la nave en que viajaba San Pablo camino de Roma. Este hecho fortuito convirtió la isla en la vanguardia del cristianismo.

Otra broma del destino hizo de la isla la principal base de operaciones de la Orden de los Caballeros de San Juan que, tras su derrota en Rodas a manos de Suleiman II, se vieron obligados a deambular sin rumbo fijo por todo el mediterráneo hasta que Carlos V les hizo recalar en Malta, una isla que entonces era poco más que un secarral sin apenas agua potable, pero con una situación estratégica envidiable desde la que los caballeros hostigaron al Islam. La Orden de los Caballeros no sólo llevó a Malta aires de guerra y de abnegación religiosa, también inyectó a la isla parte de las grandes fortunas que se enseñoreaban de la Europa medieval. Se edificaron castillos y torres de defensa, suntuosas iglesias y no menos ostentosos palacios en los que residían los vástagos de la flor y nata de la nobleza europea que, entre incursión e incursión, batalla y batalla, o cruzada y cruzada, se entretenían cazando en la pequeña isla de comino, que convirtieron en coto de caza exclusivo al que los lugareños tenían prohibido el acceso. Eran tiempos un tanto oscuros y que han llegado a nuestros días con un hálito de romanticismo excesivo; ni el patrón de comportamiento de los Caballeros era tan romántico como imaginamos, ni la forma en que seguían la llamada de Cristo tan devota como pretendían. Rodeados de pompa y dinero fresco, hambrientos de aventuras y sangre islámica, edificaron en piedra amarilla un canto a una forma de vida y la base desde la que salir a la conquista de Jerusalén; un sueño que nunca alcanzaron.

Pero la historia es historia y poco importa el pasado cuando se navega por las costas del archipiélago maltés, o se bucea en las aguas más cristalinas del mediterráneo, por más que en el horizonte siempre se perfile una fortaleza o la torre de una iglesia, es la intensidad turquesa del mar lo que acaba acaparando la mirada del viajero; no sorprende que Homero situase a Ulises retozando con una sirena en una pequeña gruta de este litoral. En Calypso cave los turistas son tropel y aunque algunos confunden la ficción homérica con la realidad histórica, no deja de ser imponente el paisaje que se observa desde la famosa gruta, a cuyo pié el mediterráneo relame mansamente una de las pocas playas de arena con que se viste ese litoral.

No son estas islas un lugar idílico en el que derrengarse al sol, su abrupta costa no será nunca un lugar de culto para los amantes de la playa; pero sí se ha convertido en el lugar de peregrinaje para los buceadores y los amantes de la vela. La transparencia de sus aguas y los suaves vientos que la refrescan son, hoy por hoy, el mejor motivo para viajar hasta ese rincón del mediterráneo. Así, lugares como los acantilados de Dingli, en la costa occidental, que se desploman en el mar con la contundencia que sólo encontramos en algunos lugares del Atlántico; La ventana azul, un arco de piedra de 40 metros de diámetro que se abre al mar enmarcándolo en imposibles tonos azules; la diminuta y casi despoblada isla de Comino, con sus aguas turquesas y el extraño ambiente de las islas perdidas en el tiempo; o la isla de Gozo, sembrada de limoneros y olivos y habitada 4000 años antes de nuestra era por una civilización que dejó su legado de piedra en el formidable templo de Ggantija.

La Valetta, capital del estado, es una confusión hecha ciudad. La visita histórica anegará la capacidad de retención de fechas y estilos arquitectónicos, de leyendas y de personajes ilustres, de hitos y vergüenzas, de risas y lágrimas conjugadas en pasado. Si uno comete el error de dedicarle a la capital de Malta,unas pocas horas por la mañana, se topará con una abigarrada ciudad tomada al asalto por una multitud de turistas recién escupida de las tripas de los numerosos cruceros de lujo que recalan en su puerto. Pero si el viajero se da algo más de tiempo y camina sus calles pausadamente una vez los ferrys han partido hacia otro horizonte, descubrirá una ciudad adormecida en calles que deben ser trepadas por escalinatas, en callejones solitarios que desembocan en el mar, en casonas señoriales venidas a menos en un ambiente decadente y silencioso, que le confieren vida real a esta mágica ciudad.

Malta guarda en su pequeño territorio sorpresas para todos los gustos; su mar pinta tonos azules para todas las pasiones marineras y su historia esconde epopeyas o fantasías para todos los sueños. Este es un archipiélago para dejarse seducir por el embrujo, como hiciera Ulises; y también, por qué no, para reencontrarse con un Mediterráneo salvaje y abrupto, tal como debían ser todos los mediterráneos posibles en los tiempos en que el pasado se conjugaba en presente. Al final del viaje llego a la conclusión que Malta debe ser visitada al atardecer, cuando la atmósfera real de los lugares queda destapada después de haber sido atacada sin piedad por los turistas de paso. Entonces, poco antes de que el sol se esconda tras la raya del horizonte, surge como por ensalmo la verdadera personalidad y la magia que guardan los lugares especiales. El silencio se adueña de los rincones, la luz del mediterráneo alumbra desganadamente los paisajes y por fin el viajero puede sentirse un poco en la piel de Ulises, disfrutando de la brisa, abandonado en los brazos de la sirena que le cautivó durante siete cortos años.

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