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Polinesia Francesa, las islas tatuadas
Reportaje Joan Biosca

La naturaleza tiene lugares en los que juega a inventarse cada día; otros que parece que están en proceso de diseño y aún no acaban de tener un perfil claro; otros ostentosamente acabados, listos para ser admirados con facilidad; y aún otros que ya descansan con serenidad del trajín de su pasado. Tahití pertenece a estos últimos. Un anciano sabio que contempla la vida sin alterarse por nada realmente importante. Así percibí Polinesia y así se comportó. Un cielo insultantemente brillante, un mar tan transparente que se siente la impresión de estar navegando sobre el cristal de un acuario gigantesco. Una continua brisa perfumada de mar y sosiego. Un paisaje sereno en un lugar equilibrado. Ante tan abrumador escenario, uno no puede por menos que preguntarse si el paisaje y el paisanaje se parecen en algo, si esa paz que se respira es de verdad o es un espejismo, si en realidad quienes viven en estos pagos han logrado atrapar un poco de lo que se presiente. Y ahí la cosa deja de ser tan idílica. Para entender, y apenas atisbar, un poco en la personalidad de los polinesios tenemos que remontarnos a los tiempos en que no existían. Aclaro: tenemos que ir a la época en que estas islas no existían en las cartas de navegación de los españoles, que fueron los primeros europeos en irrumpir en Polinesia.

Como ocurre en América, hay un trágico antes y después de la llegada del hombre blanco a estos atolones y, de la misma manera que no puede decirse que mayas y aztecas fuesen unos angelitos, tampoco puede afirmarse -visto desde la óptica de la Europa de los siglos XV al XIX-, que los oriundos de Polinesia fuesen sinónimos del paisaje que les abrazaba. Hay que reconocer que eran un poco brutos. Sacrificios humanos, canibalismo, guerras contra islas vecinas con las que se proveían del preciado “cerdo largo”, hombres que una vez sacrificados ritualmente pasaban a formar parte del menú del día. En fin, que los “salvajes felices” -como se les calificaba en la romántica literatura viajera victoriana- tenían sus cosas. Desconocían el significado de propiedad privada, escogían a sus líderes democráticamente, vivían en la naturaleza y de la naturaleza. Construían todo cuanto necesitaban con los elementos que tenían a mano. Piedra volcánica, coral, tejidos vegetales, casas de madera y palma; aprovechaban del coco cuanto este ofrecía, desde la flor para fermentar licor, las hojas para tejer techos o esteras, la madera para columnas, la fibra para cuerdas y redes; del nácar de las ostras fabricaban anzuelos, de las púas de las rayas puntas de flecha, arpones o agujas. Así lo habían aprendido de sus antepasados -de los que por cierto nadie se pone de acuerdo para determinar su procedencia-, y así seguían, adorando a los dioses del mar, a los espíritus de los antepasados reencarnados en tiburones, a los dioses del viento y de la pesca.

Un poco de historia para ir entrando en materia

Cuando en 1595 apareció en el horizonte la flota de Álvaro de Mendaña, los habitantes de las islas Marquesas no sospecharon que su tiempo se extinguía y que una nueva cultura estaba a punto de usurpar la realidad cultural y social de sus islas. Mendaña -que para entonces se encontraba moribundo a causa de las fiebres que apestaban su barco- intentó, sin conseguirlo, pacificar a los “salvajes” y ponerlos a trabajar en busca de oro, mineral inexistente en el archipiélago. Los sacerdotes que viajaban a bordo también probaron a rendirles en nombre del Altísimo pero ni los arcabuces ni la Biblia doblegaron la voluntad de los polinesios y su resistencia por buscar un mineral amarillo que veían por vez primera en los cuellos de las damas que acompañaban la expedición y en los crucifijos de quienes afirmaban ser mensajeros del Dios verdadero. Los españoles no tuvieron más remedio que rendirse ante la evidencia de que aquellas islas no merecían los esfuerzos de ser pacificadas, ni las almas de sus habitantes estaban preparadas para ser salvadas. Sin duda, en su decisión de continuar navegando hacia el este del Pacífico, influyeron las pedradas con que eran recibidos los navegantes cada vez que bajaban a tierra y la negativa de los salvajes de suministrar comida y agua a los holgazanes recién llegados. Como regalo de despedida los españoles dejaron algunas enfermedades que no tardaron en proliferar y que fueron el principio del fin. El paraíso recién descubierto estaba emponzoñado.

Los españoles acabaron por fracasar en su intento por “civilizar” aquellas tierras y no fue hasta doscientos años más tarde que Cook tropezó con Tahití. Pero esto lo ha contado muchas veces el cine, Marlon Brando y la Enciclopedia Británica. Con la llegada masiva de ingleses las islas que habían sido respetas de la debacle de la llegada española sucumbieron ante la apisonadora de su Graciosa Majestad, que, fiel a los principios que imperaban en la Inglaterra victoriana, procedió a salvar almas y dejó que de los cuerpos se ocupasen los dioses paganos. La sífilis, la disentería, el sarampión y la tuberculosis se expandieron a toda velocidad y diezmaron en pocos años a una población que no tenía ninguna defensa ante las nuevas enfermedades, ni hacia los nuevos hábitos económicos, religiosos y sociales de los nuevos amos. El mito del paraíso encontrado en el Pacífico, aquel en el que -según narraban quienes regresaban al Viejo Mundo- imperaba el amor libre y la comida se encontraba estirando la mano hacia un árbol o sumergiendo un brazo en el mar, se expandió por Europa y, con su fama, el ansia de poseerlo por parte de las cancillerías europeas que no escatimaron esfuerzos por hacerse con una parcela del edén. El océano Pacífico se convirtió en campo de batalla y terreno abonado para piratas y corsarios. Eran costas por las que debían recalar los galeones españoles en la ruta entre las Filipinas y el Perú. Las tres potencias europeas de la época -Gran Bretaña, España y Francia- disputaron sus diferencias en aquellas aguas. Con los indígenas diezmados y convertidos en mano de obra barata, los reyes tahitianos se convirtieron en peleles en manos de franceses y británicos que compraban y vendían territorios, colgaban banderas y construían iglesias desde las que propagar la palabra de un dios obsesionado con rematar la cultura local. Fueron prohibidos el idioma y las costumbres ancestrales; el baile proscrito, la música anatemizada, el tatuaje castigado con la cárcel, la desnudez erradicada. Los trabajos forzados y las enfermedades propagadas por los europeos acabarían diezmando a los 250.000 habitantes que los historiadores calculan a la población indígena, hasta que ésta quedó reducida a poco más de 6.500 individuos famélicos.

El resurgir desde el silencio

El paraíso que muchos años después aún tendría fuerza para llamar a Paul Gauguin, Pierre Lottí, Herman Melville o Robert Louis Stevenson, entre otros ilustres intelectuales , estaba rendido, derrotado, domesticado. Los “salvajes felices” de los que se hablaba en tod a Europa eran esclavos o difuntos. El edén era, al fin, una copia del infierno europeo.

Fue necesario que pasasen casi trescientos años más para que, al fin, resurgiese casi milagrosamente la cultura ancestral de los polinesios como un grito de identidad y orgullo. El año1995 marcó un antes y un después en el presente y la realidad tahitiana. Fue entonces cuando en Papeete la ciudadanía se sublevó, harta de ver como su país era tratado como el laboratorio nuclear de la metrópoli francesa. Una cosa llevó a otra y el éxito conseguido por los tahitianos al lograr que los ensayos nucleares cesasen, dio alas a la reivindicación del orgullo de ser un pueblo con una cultura propia. Estalló el uso del tatuaje como símbolo de identidad, la querencia del idioma materno se expandió como una bandera de afirmación cultural y la música popular y los bailes ancestrales rápidamente ocuparon el lugar que les había estado prohibido durante tantos años y que, para muchos, representaban una novedad recién rescatada del pozo del olvido. La cultura mahoí empezaba a hacerse con el espacio que nunca debió perder. También el tatuaje resurgió y con él despertaron los viejos y arcanos símbolos que tanta preocupación habían despertado en los europeos que llegaron de visita y se quedaron para siempre.

El tatuaje, símbolo de identidad ancestral

Conocemos la palabra tatuaje gracias a las exploraciones del capitán Cook que a su regreso a Europa tras su primer viaje por Polinesia escribió : “…Manchan sus cuerpos pinchando la piel con pequeños instrumentos hechos de hueso, que estampan o mezclan con hojas y la ceniza de una fruta aceitosa. En esta operación, que es llamada por los naturales ”tattaw”, las hojas dejan una marca indeleble en la piel. Se realiza generalmente cuando tienen cerca de diez o doce años de la edad, y en diversas partes del cuerpo.” La tripulación de Cook contribuyó a la expansión del tatuaje en Europa mucho más que la confusa explicación de su Capitán. Algunos marineros y soldados de Cook se hicieron tatuar en Tahití y, a su regreso al Viejo Mundo, los intrincados dibujos que adornaban su piel causaron furor entre una ciudadanía ávida de descubrimientos insulares y exotismo.

Antes de la llegada de los europeos la lengua polinesia carecía de escritura. Los diseños simbólicos del tatuaje servían para expresar la identidad y la personalidad. Indicaban el rango social en la jerarquía, la madurez sexual y la genealogía. En la sociedad tahitiana antigua prácticamente todos los individuos, a partir de la pubertad, eran tatuados. Ello constituía una forma de escritura sintética que identificaba pueblos e individuos. La invasión de los misioneros conllevó la prohibición del tatuaje que no vería su renacer hasta entrada la década de los 80 del siglo XX. Hoy apenas pueden verse en Tahití y sus Islas tatuajes realizados con los dolorosos métodos tradicionales, los que mencionaba Cook, y en los que, en muchas ocasiones, se utilizaba como instrumento punzante los dientes de la anguila. Esta curiosa estratificación permite realizar un diseño a base de pequeños pinchazos que puntean la piel en relieve, dejando un dibujo que a simple vista parece estar formado por millares de puntos de lenguaje Braille. En los días que pasé en Polinesia Francesa sólo pude ver una joven luciendo el ancestral tatuaje y me contó que, debido a la prohibición que rige desde 1986 por parte del Ministerio de Sanidad -por las dificultades de esterilización que entrañan los instrumentos tradicionales-, había viajado hasta las islas Fiji para hacer realidad su sueño de lucir un tatuaje realizado con el mismo procedimiento que el que adornó la piel de su tatarabuelo.

Hoy los polinesios tienen lengua escrita, pero su símbolo de identidad es, de nuevo, el arcano diseño de sus tatuajes. Símbolos familiares, símbolos mágicos y personales, símbolos que trasmiten mana (fuerza sagrada) o proclaman un tapú (prohibición). Diseños que tardan meses en ser realizados y que cubren buena parte del cuerpo, o tan íntimos que sólo pueden ser vistos por sus consortes. Algunos lucen con orgullo y pasión la tinta azulada sobre su piel y se horrorizan de pensar que alguien puede tomar una fotografía de su tatuaje y enseñarla al mundo. Otros presumen sin pudor y exhiben su cuerpo cubierto de tatuajes y, si les preguntas, se explayan contándote el significado hermético de los intrincados dibujos y la procedencia de los diseños.

En la actualidad los tatuadores proliferan en todas las zonas turísticas de Tahití y sus Islas, aunque si uno se acerca hasta los escasos talleres donde los verdaderos artistas están trabajando, descubrirá que no asumen así como así hilvanar un tatuaje en la piel de un turista. Vimos trabajar al maestro Taniera en su pequeño estudio de Moorea, y con él aprendimos que un tatoo no es simplemente un adorno de moda que cualquiera puede hacerse como recuerdo de unas vacaciones en Polinesia. El tatuaje, decía Taniera, “es un lenguaje que habla de nosotros a los demás, uno tiene que conocerse muy bien a sí mismo antes de decirle a los demás como es en realidad. Hablamos a través de nuestra piel sobre nosotros y nuestros antepasados, sobre quienes somos y quienes fueron ellos.” A su lado un joven tahitiano asentía calladamente las afirmaciones del artista; más tarde me confesó que el tatuaje que él se estaba haciendo -desde los últimos seis meses- pertenecía a su familia desde 300 años atrás. Era su linaje, por así decirlo, y se sentía muy orgulloso de ser él quien recuperase el “blasón” de su estirpe después de tantos años de prohibición y olvido. Taniera pasó de la fase extrovertida y didáctica a la interiorista. Desapareció con un cliente en la sala de la trastienda y, en cuanto empuñó el instrumental, casi pude percibir que él mismo ya no estaba allí. Se había convertido en el portavoz de algo que se me escapaba. Sentí que para él yo tampoco existía y, por más que me moví alrededor suyo y de su cliente para tomar fotografías, ninguno de los dos dio la más mínima muestra de reconocer mi presencia.

Taniera, junto con los hermanos Salmon, en Tahití, representan la vanguardia del arcano ritual del tatuaje. En los talleres de estos artistas es muy difícil encontrar turistas, la cara de pocos amigos de uno y otros, así como las largas charlas previas a la decisión de trabajar sobre un diseño u otro, unido a la extremada seriedad con que se toman su trabajo, ahuyenta a quienes pretenden hacerse con un tatoo como recuerdo de sus vacaciones. Pasamos una larga tarde charlando con Aroma y Gustave Salmon, y aunque nuestros contactos en Tahití ya nos habían advertido sobre la peculiar personalidad de los hermanos, no dejó de asombrarnos que bajo la mirada adusta y el gesto ácido de estos artistas se escondía un profundo amor por su tierra y la simbología de sus antepasados. Cuando ya nos marchábamos, dejando atrás una estela de humo de tabaco y efluvios de ron y tequila, Aroma, con un guiño que delataba que bajo su aspecto de roquero canalla se escondía un tipo con un singular sentido del humor, me susurró “¿No quieres hacerte un tatoo como recuerdo de tu viaje al paraíso?, la casa invita!!!” ¿Lo acabarás hoy? ¿Podré tomar el sol mañana? ¿Y bucear?, le pregunté. No. No. No. Respondió. Entonces será mejor que dejemos la cuestión para cuando sea residente en lugar de ave de paso, le respondí devolviéndole el guiño e intentando, sin conseguirlo, poner un gesto tan canalla como el suyo.

Puede que para cuando regrese a Tahití ya esté preparado para ilustrar mi piel con un diseño salido de los genes de Taniera o Salmon, o puede que no. En cualquier caso, desde que compartí algunos de los secretos que se esconden bajo el lenguaje de los tatuajes, miro con poca empatía a quienes empujados por la efímera moda confunden los ecos culturales con la decoración epidérmica.