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'La Maleta llena' de Sebastián Roca
Móvil aéreo (jet call)

Cuando el presidente Bush anunció su Guerra contra el Terror no creo que estuviese pensando en las cosas que a la ciudadanía de a pié nos aterroriza en grado superlativo. Según wikipedia el terror es: El sentimiento de miedo en su escala máxima. Si el miedo se define como esquema de supervivencia, se puede asumir que el terror sobreviene cuando el miedo ha superado los controles del cerebro y ya no puede pensarse racionalmente. En casos graves, puede llegar a inducir en algunos casos una parálisis completa del cuerpo, sudoración fría, regresión a pensamientos de la infancia y en caso mucho peores, producirse incluso la muerte por paro cardíaco. El autocontrol sobre los pensamientos, miedos y remordimientos es esencial para no sentir terror, que puede desembocar en pánico. La solución más eficaz es respirar lenta y paulatinamente, dejar la mente en blanco y no dejarse llevar por la euforia.

Aclarado el término semánticamente, no queda más remedio que convenir que, o bien el presidente norteamericano no tiene diccionarios ni en la Casa Blanca ni en su residencia tejana o bien sólo le causan terror los fundamentalistas islámicos. Las dos cosas son posibles. Pero, ¿Qué hay de los vulgares ciudadanos que ni somos presidentes ni tenemos el poder sobre ejércitos y medios de comunicación? Cada cual tiene su propia maleta de terrores, cosas o causas que le producen terror. Incluso hay gente tan rara que lo que le produce terror es la propia Guerra Contra el Terror.


Sin necesidad de perdernos por los recovecos de la psicología junguiana, hay que acordar que el miedo es libre y viaja de contrabando en los pliegues cerebrales de cada cual. Hay quien se siente más seguro cuando viaja desde que las normas de seguridad de los aeropuertos han convertido las salas de embarque en paraísos libres de malos. Otra cosa es que estas mismas salas no estén repletas de malos que no le causan miedo al presidente norteamericano, como pueden ser blanqueadores de dinero, traficantes de armas, tratantes de blancas, explotadores infantiles, maltratadores variados, aficionados a las prácticas sexuales con menores, especuladores y… adictos al teléfono móvil. Sin duda es más fácil capturar a un terrorista mal afeitado armado con un kilo de explosivos que a un especulador de camisa inmaculada y traje de 5.000 euros. Un tipo que viaja al tercer mundo con la intención de beneficiarse a un/a menor no lo va proclamando por los pasillos, nadie que comercia con países en los que la explotación infantil es norma y ley, lleva un cartel colgado del cuello que explica que el portador del cartel es un hijo de puta, que le da lo mismo blanco que negro con tal de llenar de dólares su cuenta en un paraíso fiscal. Ni el uno ni el otro son, a simple vista, un peligro en potencia, como tampoco son una molestia ambulante, como puede serlo el tipo mal afeitado con un kilo de explosivos escondidos en la suela de sus chancletas. Pero… ¿Y el adicto al móvil? Ese ser abyecto no necesita de ningún cartel para publicitar sus intenciones, ni siquiera intenta pasar desapercibido como el que disfrazado de turista se relame con la perspectiva de los niños que le esperan en La Habana , pongo por caso. El adicto al móvil se pavonea ostentosamente con su teléfono por toda la Terminal. Vocifera sin parar al aparato, esparce la musiquita de su timbre de llamadas entrantes sin ningún rubor y, hasta ahora, nadie le ha puesto coto. Es más, según amenazan algunas compañías aéreas, ese ser vil muy pronto podrá aterrorizarnos en el único lugar en el que nos podíamos librar de él: En el interior de los aviones.

Mucho cacarean las compañías aéreas con el esmerado servicio que ofrecen a sus clientes. Son los amos del eufemismo. A los conductores les llaman pilotos; a las camareras personal de cabina; a los taburetes asientos; a la bazofia comida; a los retrasos causas ajenas a nuestra voluntad. El esmerado servicio a la clientela ahora se ampliará con el añadido de que si bien podemos librarnos de la bazofia que echan para comer, simplemente no comiendo, no podremos librarnos de los teléfonos móviles de ninguna de las maneras. En la Terminal del aeropuerto podemos escondernos tras la puerta del baño, buscar un rincón alejado del gentío, etc. Pero en el exiguo espacio de la cabina de un avión… ¿Dónde escondernos? ¿Cómo librarnos de la cháchara de un/a imbécil que lleva un móvil adosado a la oreja? Estamos voluntariamente secuestrados en un espacio tan reducido que apenas caben las palabras. Durante horas debemos permanecer con las piernas retorcidas y bajo la continua amenaza de ser envenenados por el rancho que tarde o temprano nos echarán para comer. Ya es suficiente suplicio, no es necesario añadirle la posibilidad de escuchar hablando a voz en grito al tipo que ocupa el taburete (me niego a llamarlo asiento) de al lado.

“Te llamo para decirte que ahora estamos sobrevolando el océano Atlántico y que no se ve nada porque como es de noche, pues ya se sabe…”

“Mira que como está amaneciendo me he acordado de ti y de aquel día que vimos amanecer en la Costa Brava … No, no ese día no, aquel otro que tu llevabas puesta una falda azul con lunares… ¿Cómo que no tienes ninguna falda azul con lunares!!? Si me acuerdo perfectamente que estábamos en Cadaqués y… Claro que era Cadaqués… ¿Oye? ¿Oye? Me parece que me quedo sin cobertura … Te llamo cuando salgamos de las turbulencias…”

“Hola que ya no hay turbulencias. ¿Qué haces? ¿Si? ¿Si? Sí, claro, sí, pues yo aquí… Nada, aburriéndome, menos mal que aún me queda batería en el móvil que si no…”

Permitir el uso de teléfonos móviles en el interior de aviones en vuelo es un acto de terror. Contra ello poco puede hacerse. Es el marketing quien abandera la acción y la edulcora para hacernos creer que volar será más ameno gracias al uso y, sin ninguna duda, abuso, que los adictos a ese artefacto harán en los aviones cuando nos tengan reducidos en nuestro exiguo espacio. Acorralados. Poco se puede hacer, pero tampoco es cosa de dejarnos llevar por el desánimo y dar la batalla por perdida sin presentar un frente de lucha.

Algunas sugerencias:

•  Hacer oír nuestro desacuerdo reclamando a los Servicios de (des) Atención al Cliente por esta medida tan populista como discriminatoria y atentatoria contra la tranquilidad y la convivencia a bordo.

•  Clavar la mirada, cuanto más iracunda mejor, al/la individuo/a que use el teléfono durante todo el tiempo que dure la llamada.

•  Levantarnos para ir a pasear por el pasillo o al baño cada vez que suene el telefonino del desaprensivo/a de turno. Cada vez que nos levantemos procuraremos molestarle lo máximo posible, entreteniéndonos aparatosamente en la operación.

•  Coger nuestro propio teléfono (desconectado) y hablar más fuerte que el imbécil de al lado repitiendo la misma estúpida conversación que él/ella esté manteniendo.

Nos quedan las tácticas disuasorias. No podemos quedarnos de brazos cruzados confiando en que por el hecho de viajar en un avión el uso del teléfono será racional e inteligente, ya que no se ha demostrado que el usuario de los aviones tenga una capacidad intelectual superior al usuario del autobús. Y en su favor, a éste último para subir a un bus no le registran, ni le hacen quitar el reloj, ni los zapatos, ni intentan envenenarle con eso que llaman comida, ni le dan ninguna posibilidad para que pueda perder su equipaje.


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