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Paseando por Madagascar
Reportaje de Joan Biosca


• Día 1: Paris-Antananarivo
Salida desde el Aeropuerto de París Charles de Gaulle. Vuelo de Air Madagascar (Boeing 767-300) a las 16:55h. (Duración del vuelo 11 h.)

Air France me ha llevado hasta París en un avión. Air Madagascar me ha trajinado desde París hasta Antananarivo -durante once horas- en una cosa que tal vez en su día fue un avión, pero que en la actualidad es un decrépito autobús con alas. Once largas y tediosas horas encastrado entre la ventanilla del avión y una señora belga de 1,90 m . de altura -por otros 1,90 m . de anchura- que no ha parado de hablarme del viaje que había planeado hacer por Madagascar con un grupo de amigos y familiares, hasta que le he explicado que sufría una infección de oídos y me estaba quedando sordo debido a la presurización de la cabina. Libre de la cháchara, he dejado que mis ojos quedasen atrapados en “El corazón de las Tinieblas” mientras mi subconsciente quedaba envuelto en un agradable duerme vela que apenas ha conseguido alejar de mí la sensación de que me sobraban 40 centímetros de piernas para evitar el respaldo del asiendo delantero, donde se removía la hermana de mi vecina de asiento, que por cierto tenía idénticas proporciones que su sister . Me he hecho el dormido cuando una cosa vestida de azafata ha intentado darme “el rancho” que las compañías aéreas llaman comida. Me he hecho el despierto cuando he vislumbrado una pequeña botella de ron que la cosa vestida de azafata llevaba escondida en el carrito como si fuese contrabando.


• Día 2: Antananarivo
Llegada a Antananarivo a las 04:50h.
Recepción en el aeropuerto y tramitación de visado.
Visita de las ruinas del Palacio de la Reina , mercados, etc.
Por la tarde visita del mercado de artesanía de La Digue.

Aunque los malgaches no consideran Madagascar como parte integrante de África, al entrar en la Terminal del aeropuerto de Antananarivo, y como no soy malgache, me he sentido plenamente en el continente negro. Una inmensa cola conducía hacia la cabina donde se debe pagar la abusiva tasa del visado de entrada y, una vez soltada la pasta, alcanzar el sello en el pasaporte que nos hará merecedores del preciado estatus de turistas. El proceso es surrealista. Dos funcionarios se encargan del cobro del peaje y la entrega de un papelito que acredita que ya no eres deudor de la República de Madagascar, y otros cinco funcionarios -cuatro de ellos uniformados de policías-, se responsabilizan de revisar el pasaporte para, supongo, asegurarse de que no eres moroso y además no estás buscado por la Interpol. Es mi primer contacto con el concepto malgache de tasa de paro 0. La técnica de poner a trabajar a siete personas para hacer el trabajo que podrían realizar dos, tiene la ventaja de que la “riqueza” se reparte más equitativamente y el inconveniente de que cualquier trámite se prolonga mucho más allá de lo psicológicamente conveniente. Para evitar caer en la desesperación los malgaches han inventado una palabra que, a fuerza de usarla como un mantra tibetano, uno descubre sus efectos beneficiosos para el organismo y la salud mental en especial. Mura-Mura es la palabra mágica. Dos veces “Mura”, traducido al cristiano: despacio, tranquilo, no problem, no te preocupes, todo se andará, no te pongas nervioso, Roma no se hizo en dos días, piano piano se va lontano. No cogerle las medidas rápidamente a la contundencia de “mura-mura” equivale a caer en la desmoralización. Por eso, seguramente, las autoridades malgaches se esfuerzan en la Terminal del aeropuerto en que todos los turistas conozcan a la perfección la simbología de la palabra mágica antes de pisar por vez primera la calle.

Antananarivo, Tana para los amigos, no me ha decepcionado ni sorprendido. Es exactamente lo que esperaba: un caos convertido en capital de un estado. Tana se desparrama por colinas y valles, trepa monte arriba, o se derrama colina abajo, mutando nombres de barrios, cambiando la fisonomía de las fachadas. Casas decrépitas comparten acera con palacios gubernamentales, Mercedes o Audi recién salidos de fábrica se codean en los estacionamientos con los R-4 ó 2-CV que componen el abrumador parque de taxis. Desde una de las colinas que coronan la ciudad ésta parece adormilada. Una gran urbe silenciosa y abúlica. Un puro espejismo de la realidad. Tana no es una ciudad pensada para el peatón, ni siquiera en los bulliciosos mercados en los que los coches están proscritos y en los que la urgencia de los compradores y la parsimonia de los vendedores se contraponen y compensan sorprendentemente. Mercados bullangueros; por fin olor de pescado seco, de pescado fresco, de fruta demasiado madura. Olor a tomate y lechuga, a carne de cebú recién sacrificado, a estiércol de gallina acojonada ante la mirada escrutadora de una ama de casa. Por fin mercados de verdad. Sin plástico envasándolo todo, sin cajeras aburridas, sin estanterías llenas de productos superfluos. El tercer mundo toma aliento en los mercados callejeros mientras los turistas del primer mundo se tapan las narices, tal vez agobiados por el olor más viejo del mundo: el de humanidad.

 

Día 3: Antananarivo-Andasibe
Salida hacia el parque nacional de Andasibe.
Parada en Moramanga.
Continuación hasta Andasibe donde visitaremos la Reserva de Analamatzaotra (Ex-Perinet), famosa por albergar al lémur Indri-Indri.

Un par de horas de paseo por la selva nos han permitido ver a varios grupos de lemures encaramados a los árboles, y también a varios grupos de turistas italianos que en lugar de encaramarse a los árboles cloqueaban por la jungla con la misma actitud de quien se lanza a la búsqueda de saldos en plenas rebajas. Creo firmemente que la única razón por la que los turistas italianos no trepan por los árboles es porque en el proceso evolutivo aún les quedan muchos siglos de proceso antes de alcanzar la madurez necesaria para subir a las ramas sin romperse la crisma.

Analamatzaotra tiene la desgracia de estar muy cerca de Antananarivo; lo que lo hace presa fácil para los grupos de energúmenos desenfrenados, y precisamente por ello causa más de un despiste. Por unos minutos he perdido a dos componentes del grupo que, extasiados por los lémures y confundidos por la cacofonía itálica se han hecho un buen tramo de la excursión adosados a otro grupo. Al final no ha quedado más remedio que pedirle al guía del parque que dejase de buscar lemures en las copas de los árboles y rastrease a los dos componentes que faltaban. Los ha encontrado retratando un Indri-Indri que, indolentemente, se rascaba la entrepierna entre los matorrales.

Todo el grupo ha disfrutado del paseo y cuando de nuevo nos hemos instalado en la furgoneta la conversación ha girado en torno a los lemures, los italianos y la abúlica vida que llevaba un camaleón inmóvil en su rama a la entrada del parque, sobre el que se han cruzado apuestas sobre si era de plástico o estaba disecado.

 

• Día 4: Andasibe - Ambatolampy - Antsirabe
Salida hacia el sur, para, sin pasar por Antananarivo, llegar a almorzar en la ciudad de Ambatolampy. Continuación por las Tierras Altas malgaches hasta la mítica y colonial ciudad de Antsirabé, conocida como la ciudad del pousse-pousse. Tour en pousse-pousse.

Los arrozales, las casas de adobe, las pequeñas aldeas que puntean el horizonte, han hecho que el largo tramo de carretera por el que teníamos que rodar hoy se haya hecho menos fatigoso de lo previsto. Hemos cruzado por zonas donde las etnias predominantes son la betsileo y la merina . De vez en cuando nos hemos detenido en algún pequeño villorrio para comprar fruta, estirar las piernas y fumar unos cigarrillos. También hemos constatado una de las magias de este país: la aparición de seres humanos en los lugares más insospechados y solitarios. De manera que con frecuencia se ha hecho complicada la realización de otro de los rituales de las paradas: hacer pipí. Apenas detenido el coche en el arcén solitario de una carretera secundaria, aparecen como por ensalmo, primero un niño, luego otro más, enseguida una niña acarreando a un bebé, luego la madre de alguno de ellos, más tarde media docena de niños más y otras tantas madres. A la que uno se despista se encuentra rodeado de una pequeña muchedumbre embobada con los “vazaa” (blancos) mientras comentan y ríen sus propios comentarios y chanzas. Uno acaba por reconocer que la llegada de un grupo de turistas representa algo así como el contrapunto a la monotonía diaria. La ropa que llevamos, el calzado, los relojes, y sobre todo las cámaras, les llaman poderosamente la atención. Es imposible retratar el paisaje sin que media docena de niños no salten frente a la cámara tomando posición para salir en lo que ellos sospechan que es el encuadre. Realmente no yerran demasiado y tienes que ser muy rápido si no quieres que, rompiendo la pulcritud y serenidad del bucólico paisaje, aparezcan algunos niños brincando o en posición de firmes. Las carcajadas de los más pequeños están aseguradas si les muestras la foto que has tomado y en la que ellos se han convertido, contra la voluntad del fotógrafo, en los protagonistas. Curiosamente nadie pide que les envíes una copia. Se contentan con verse en la pantalla y reírse unos de los otros cuando se reconocen en la imagen.

Antsirabe es un espejismo. Por sus amplias y largas avenidas se le nota su vocación de ciudad residencial. Grandes casonas de amplios jardines recuerdan que esta es una ciudad que, desde tiempos de la colonia francesa, ha crecido bajo el influjo del ocio de los más adinerados. Los que llegaron a Madagascar desde la metrópoli para hacer fortuna y lo consiguieron. Hoy no quedan colonos que hablen francés ni tomen pastís en las terrazas de los cafés, sin embargo la ciudad continúa atrayendo a las clases adineradas malgaches que la han convertido, como hicieran los franceses, en su lugar preferido de segunda residencia.

 

• Día 5: Antsirabe-Ambositra-Ambalandingana
A través de las tierras altas malgaches seguiremos nuestra ruta hasta la ciudad de Ambositra, capital de la artesanía malgache (Artesanía de madera). Visita de los talleres de artesanos y continuación hasta la aldea rural de Ambalandingana.

El paisaje de las Tierras Altas no deja de sorprenderte ni un solo instante. Cada curva, y hoy ha habido centenares de ellas, abría un nuevo horizonte. Las aldeas de adobe que salpican la geografía parecen, en la lejanía, pequeñas urbanizaciones residenciales. Urbanísticamente pulcras, sólo les falta un mar de piscinas para poder pasar por un nuevo concepto europeo de ciudad de vacaciones. A los lados de la carretera vemos cómo los hombres trabajan en hornos para cocer ladrillos, o familias enteras se afanan en los campos de arroz. Adelantamos carretas tiradas por cebúes y también niños que empujan carros vacíos monte arriba, donde los cargarán con leña o carbón para transportarlos carretera abajo en vertiginoso y peligroso descenso hasta las aldeas de los valles. La jornada ha sido un continuo subir y bajar montañas, cruzar estrechos valles, o saltar sobre puentes bajo los que corrían riachuelos en los que las mujeres hacían la colada.

Ambositra es la capital de la artesanía de las Tierras Altas, lo que no estaba en la cabeza de nadie ha sido que al ser una ciudad profundamente católica, los comercios y los talleres de los artesanos permaneciesen cerrados y la ilusión de muchos por empezar a comprar recuerdos se ha frustrado. Afortunadamente la buena comida lo arregla casi todo y el restaurante en el que hemos sacado al cuerpo de penas nos ha alegrado la jornada. La cerveza estaba fría y los filetes de cebú muy tiernos. Lástima que no todos han recordado la norma alimenticia de medio día: no pedir patatas fritas como guarnición debido al mucho tiempo que lleva prepararlas. Eso ha causado cierto desasosiego entre los que sí recordaban la norma y que, lógicamente, no les ha hecho ninguna gracia tener que esperar para la partida hacia el hotel. No sé si ha sido como compensación o como venganza, pero alguno ha decidido salir de compras y se ha “entretenido” más de la cuenta en ello. Teniendo en cuenta que las tiendas estaban cerradas, lo he tomado como un pulso entre algunos componentes del grupo y he preferido mantenerme al margen de la cuestión para no avivar las ascuas. Por el camino hacia el hotel los ánimos se han relajado y el trekking que realizaremos los próximos días por el país zafimaniry ha tomado el protagonismo de la conversación.


• Día 6: Ambalandingana-Trekking Zafimaniry
Desayuno e inicio del trekking para visitar diversos poblados Zafimaniry.
Esta etnia animista habita aislada del resto del mundo en medio de un insólito paisaje, tan sólo accesible a pie, y ha sido declarada Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Se trata de un trekking de nivel fácil-medio de unas 4/5 horas de duración (unas 2 horas de subida aprox.) que se realiza a través de paisajes montañosos y algunos tramos cubiertos por espesa vegetación. Llegaremos al poblado de Faliarivo donde pasaremos la noche en una casa tradicional Zafimaniry
.

Tras las primeras dos horas de caminata y la primera parada de descanso se empieza a notar el peso que se acarrea en la espalda. También se hace evidente la forma física cada cual, curiosamente siempre es peor de lo que cada uno sospecha sobre sí mismo. Los comentarios sobre el exceso de tabaco o los kilos que se han ganado en los últimos meses van ganando intensidad. El grupo, que ha iniciado el trekking casi en formación, se va estirando. Las comparaciones entre el tamaño de una mochila y la otra, entre el tipo de calzado, la edad, van dejando paso a las paradas “imprevistas” para tomar fotos del espectacular paisaje montañoso que nos rodea. Cada vez son más las fotos que tomamos y los resoplidos que escuchamos. El ritmo decrece y aparecen las primeras peticiones de tiritas, las primeras maldiciones sobre el calzado inadecuado que alguno lleva y las imprecaciones por el escaso tono muscular de casi todos. No decrece el optimismo ni el sentido de humor que todos utilizamos para estimularnos. De vez en cuando somos adelantados por una familia montañesa que, descalzos y acarreando bultos sobre la cabeza, nos pasan con una sonrisa y trepan con absoluta normalidad y sin resoplidos, sendero arriba, hacia lo que parece el final de un estrecho camino en la cumbre de una colina y que no será más que un punto y seguido hacia otra colina, más arriba, más arriba. Sorprende el silencio que pesa sobre el paisaje. De vez en cuando siento la necesidad de quedarme rezagado unos segundos para escuchar el pesado silencio en el que casi pueden oírse las nubes corriendo por el cielo. El paisaje es un mar de colinas verdes y el lejano perfil de montañas escarpadas que, afortunadamente, quedan lejos de nuestra ruta.

La vista de los primeros campos de cultivo en las afueras de Farialivo ha espoleado los ánimos y cuando asoman las rústicas casitas de madera del poblado, en lo alto de la última cresta, aparece una verdadera urgencia por “escalar” el último tramo. Nadie dice nada pero el ritmo de las zancadas es más brioso, creo que en la mente de todos sólo hay una cosa: satisfacción por haber completado la etapa y unas inmensas ganas de arrancarse la mochila de la espalda.

Las siete horas que ha costado llegar hasta Farialivo y el cansancio que pasa factura a nuestras piernas es sobradamente recompensado en cuanto entramos en la aldea. Saberse lejos de los circuitos clásicos con microbuses transportando turistas por carreteras trilladas; encontrarse compartiendo el espacio y la cotidianeidad de los sencillos habitantes de estas montañas produce un intenso e íntimo bienestar. Agotados, sudados, felices y satisfechos. Rodeados por un enjambre de niños harapientos que enmarcan la cara con enormes sonrisas y que no tardarán en ofrecernos un concierto con rudimentarios instrumentos musicales, mientras la niebla va bajando y una fría llovizna nos recuerda que estamos a 1.900 metros de altura, donde la vida es cualquier cosa menos fácil. Por unas horas no nos sentiremos turistas, ni la perspectiva de dormir en el suelo nos parecerá una engorrosa incomodidad. Encantados pagaremos el peaje del duro suelo, del frío nocturno, de la ausencia de ducha y la imposibilidad de cambiarnos de ropa. Somos conscientes de que estamos viviendo una de las mejores etapas del viaje, la que dejará su huella en lo más íntimo de cada cual y permanecerá indeleble con el paso de los años.


• Día 7: Trekking Zafimaniry-Ambalandingana
Desayuno y trekking por diversas regiones del País Zafimaniry (unas 5 horas aprox.). Almuerzo pic-nic. Por la tarde regreso hasta Antoetra, capital zafimaniry y traslado hasta Ambalandingana.

Aunque la vía escogida para el regreso hasta Antoetra es más fácil que la que realizamos ayer, el cansancio acumulado se deja notar con fuerza. Durante mucho rato hemos caminado por un estrecho sendero que las lluvias han excavado. Los pies apenas caben en la senda rodeada de espesa vegetación. Se multiplican los tropiezos y quien más quien menos luce en los pantalones las manchas del barro rojo que alfombra el paisaje. Tenemos mucha suerte con el clima. Ha amanecido nublado y nos ahorramos tener que caminar bajo el sol. Al contrario de lo que ocurrió ayer a la llegada a Faliarivo, cuando vemos los primeros cultivos y nos encontramos con los primeros aldeanos, el cansancio nos atenaza. Suspiramos para que cada colina sea la última y el pueblo esté tras los árboles que poco a poco van apareciendo en el ondulado y amarillento paisaje. Pero cada colina es la penúltima, y la penúltima, y la penúltima. Cuando al fin Antoetra aparezca en el horizonte los ánimos estarán rendidos y sólo un par de cervezas frías, engullidas sin compasión, y la artesanía en madera que nos ofrece la chiquillería del pueblo harán remontar el sentido de humor y renovará las ilusiones. Ahora la meta son los bungalaws que nos esperan en el hotel a pocos kilómetros de carretera. Ahora la meta es una cena caliente, una ducha relajante, una camisa límpia, y… un par de copas de ron arrangé con vainilla frente a la chimenea de Sus le Soleil de Mada.

 

• Día 8: Ambalandingana-Sahambavy
Desayuno y salida hacia Sahambavy, pequeña población donde está el hotel. Podremos visitar la única plantación de té de Madagascar y su agradable lago. Por el camino visita del mercado de Ambohimasoa.
Cena y alojamiento en el Lac Hotel.

Una larga etapa de coche, con paradas en un par de pueblos para pasear por los mercados locales, siempre bulliciosos, inundados de color y frutas extrañas. Lo mejor de cualquiera de ellos es la posibilidad de pasar la jornada tapeando en los muchos puestos de comida que se instalan al aire libre. Empalagosos y crujientes pastelillos de cacahuete con miel; triangulares samosas rellenas de verduras de temporada; croquetas de verdura; albóndigas de cebú; pescado ahumado con salsa picante… y, de postre, piña recién recolectada, mango o una exhaustiva cata de variedades de banana.

La jornada gastronómica aparentemente terminaba en las puertas del Lac Hotel. Pero no ha sido así. Ha continuado en el restaurante del Lac con un confit de pato y un foei fresco absolutamente memorables. Es curioso que en el programa de la jornada no se mencionara la principal atracción de esta etapa: la comida!!!



• Día 9: Sahambavy-Tren De La Selva-Manakara
Desayuno y traslado a la estación de Sahambavy ( 1200 metros sobre el nivel del mar) para tomar el tren del corredor hasta la ciudad de Manakara, a orillas del Océano Índico. Atravesaremos impresionantes paisajes entre la frondosa y húmeda selva, con sus cascadas de agua y bosques de eucaliptos. El tren de la selva es el último ferrocarril de Madagascar y une las tierras altas con las aguas del Océano Índico, sirviendo como transporte de personas y mercancías para toda la región. Nos detendremos en todas las estaciones (el tiempo depende de la carga y descarga de alimentos) y en muchas de ellas conoceremos a los habitantes de esta selva que viven aislados de todo, salvo por el paso del tren. Emplearemos entre 7 y 8 horas en realizar los 160 Km . que separan Sahambavy de Manakara. Almuerzo (libre) en alguna de las paradas. Viajaremos en los vagones de 2ª clase para profundizar en el contacto con la población local y para tener una idea global de cómo debían ser los viajes en este histórico tren malgache.

El tren ha entrado renqueando con estrépito en la estación de Sahambavy, con casi tres horas de retraso. Parecía que ya llegaba cansado y apenas si iniciaba su recorrido. Tan sólo hemos tenido tiempo de acomodarnos, si es que se le puede llamar acomodarse a doblarse sobre unos asientos que sin duda fueron diseñados por un sádico que nada conocía del concepto ergonomía, cuando con un par de aullidos y una sacudida, que ha hecho temblar los huesos de todos los presentes, la locomotora ha iniciado la marcha. Cuesta acostumbrarse al tembleque y al estrépito de este artefacto. Por el nivel sónico da la impresión de que uno se ha instalado en el interior de la turbina de un airbus. Sólo cuando se mira por la ventanilla, y se ve a la velocidad con que el paisaje cruza por los cristales, se toma consciencia de que no sería demasiado difícil bajarse del tren en marcha y retomarlo, con una breve carrera, unos metros más tarde. El paisaje ha cambiado a los pocos minutos, según descendíamos de los fríos 1.200 metros de altitud a la que nos habíamos acostumbrado los últimos días. A medida que avanza la locomotora y se desciende de las montañas, la vegetación y la temperatura cambian vertiginosamente y, por momentos, uno tiene la sensación de que el tren hace algo que va mucho más allá de la realidad del desplazamiento y se introduce en una dimensión para la que no hay manual de funcionamiento.

La locomotora diesel aúlla en los puentes sobre los que volamos arropados por la jungla, aúlla al sumergirnos en túneles con olor a moho, aúlla al cruzar senderos transitados por carros tirados por cebúes, aúlla saludando campesinos embarrados en los arrozales, aúlla porque sí, porque le da la gana, por pavonearse en el paisaje vacío de humanidad. Este es un tren enamorado de sí mismo. Sólo cuando se detiene en la primera estación comprendo la razón de su enfático comportamiento. El tren es el enlace entre la realidad y la atemporalidad con que viven en la mayor parte de lo pueblos en los que nos detendremos. Deja mercancías y recarga con nuevos productos, deja algunos pasajeros y los reemplaza por otros y, sobre todo, permite a los habitantes de las aldeas hacerse con dinero fresco. Poco dinero a tenor de lo que cobran por la comida que venden. No sé por qué le llaman tren de mercado cuando en realidad se parece más a un tren restaurante. Docenas de aldeanos se lanzan hacia él cuando este apenas ha detenido su marcha. Todos llevan canastos con fruta o platos con comida preparada en las exiguas cocinas de sus casas. Todo a 100 ariarys. Lo mismo una salchicha de cebú que una rodaja de piña, igual precio por un cangrejo de río frito en aceite de coco que para una banana, para una tajada de mango o por una porción de pollo asado. Imposible dejar de comer. Imposible no lanzarse sobre la bandeja de samosas. Imposible comer un sólo plátano frito. Imposible no agarrar el fajo de billetes de 100 ariarys como si fuese un salvavidas que me permitirá comer como un carpanta durante las 7 cortas horas que dura el trayecto. Y entre bocado y bocado, entre una estación y otra, un paisaje que va mutando a medida que descendemos y nos acercamos a la costa, y un paisanaje que, imperceptiblemente, también va cambiando de carácter a medida que el mar se acerca y se alejan las montañas. La abulia y casi tristeza en los ojos de los montañeses va cambiando a un brillo pícaro en los ojos de los niños y una mirada desafiante en los de las mujeres.

 

• Día 10: Manakara-Canal De Pangalanes-Mangasiotra
Desayuno y traslado al embarcadero para tomar nuestras piraguas tradicionales y navegar por el Canal de Pangalanes. Visitaremos poblados y disfrutaremos de la fauna y flora del Pangalanes. Viajaremos en compañía de remeros de la etnia antemoro. Almorzaremos pescados o mariscos en alguna aldea de pescadores de esta etnia y conoceremos sus costumbres. Tras el almuerzo, continuación hasta el poblado de pescadores Antemoro de Mangatsiotra.

El canal de Pangalanes se estira a lo largo de 600 Km . corriendo paralelo al océano Índico, a veces manteniéndolo a la vista, pero casi siempre ocultándose en la espesa vegetación que lo abraza. El canal fue, en tiempos de la colonia, una autopista acuática que permitía a los colonos el transporte de mercancías desde las fértiles tierras del sur hacia los puertos comerciales del norte. Junto con los ferrocarriles que unían las tierras del interior, también construidos en la época colonial, fue uno de los motores para la exportación a ultramar. Miles de trabajadores chinos fueron utilizados para la construcción de estas vías de comunicación, hecho que a la larga supondría que Madagascar se poblase por etnias asiáticas que importaron a su vez costumbres y formas de entender la vida que terminarían por enriquecer, como en ningún otro país de África, el mestizaje humano y cultural. Tanto que, curiosamente, muchos malgaches siguen sin incluir su país dentro de la geografía africana.

Riri luce un bigotilllo un tanto macarra, apenas una sombra bajo la nariz. Su aspecto de estudiante universitario y sus modos educados y cosmopolitas contrastan con su versatilidad a la hora de gobernar la canoa con dulce mano de hierro. Cinco remeros están bajo sus órdenes, que imparte con un breve susurro que más parece una oración. Un murmullo hace que los jóvenes que empujan a fuerza de remos la canoa pongan en marcha el turbo y nos deslicemos por en medio del túnel vegetal, arrullados por el chapoteo y las salpicaduras de los remos. Un murmullo detiene la embarcación en la orilla. Un murmullo invita a los turistas a un ron con fruta de la pasión recién exprimida. Un murmullo convierte la canoa en un auditorio de canciones cantadas por un aplicado coro de marineros, que marcan el ritmo de las paladas y la velocidad de crucero.

Alterno la banda sonora de “Memorias de África” en mi mp3 con la música en directo cuando son los remeros quienes cantan. Cesa la orquesta acallada por los coros, y cuando enmudecen continua la música enlatada. Éste es un paisaje que requiere silencio o banda sonora y, puesto que los comentarios de los turistas por cuanto asoma alrededor de la canoa son incesantes, acabo agotando la batería de mi música enlatada. Intento animar el cántico de la coral, pero Riri no está por la labor de dejarse robar el mando de su nave por el primer vazaa (blanco) que se le cruce en su camino y en su negociado.

Siete horas, un pic-nic y una siesta más tarde, llegamos al atardecer a un poblado anclado entre aguas oceánicas y aguas estancadas. Mangatsiotra se adormila 24 horas al día jugando a ser una isla dentro de otra isla. Sólo al amanecer, cuando los hombres cruzan la pequeña laguna que comunica el pueblo con el mar a bordo de las rudimentarias canoas que utilizan para la pesca, la aldea parece apenas despertar de su letargo. Este pueblo vive al margen de los acontecimientos mundanos. Aquí las preocupaciones son otras: que el bravo océano les permita salir de pesca, que las canoas regresen sanas y salvas al atardecer, y con suficiente pescado como para permitir el ancestral trueque en el minúsculo mercado. Que las pequeñas lanchas estén calafateadas y las redes perfectamente remendadas. No hay electricidad en Mangatsiotra, tampoco escuela, ni dispensario, ni ayuntamiento, ni fuente, ni tiendas. Eso sí, hay una iglesia católica, una pulcra choza de palma rellena de una docena de bancos y un rudimentario altar. Y es que en algunos lugares de África las almas siguen siendo más importantes que los cuerpos. Después de unas horas compartiendo tabaco con los pescadores, cotilleos con las mujeres, y risas con los niños, tengo que reprimirme para no pegarle fuego al altar y convertir la choza catedralicia en una escuela-dispensario-ayuntamiento. Lamentablemente no hay tiempo para revoluciones cuando se es turista y el coro de niños que improvisan la animación nocturna te lleva hacia una dulce melancolía en la soledad de la arena convertida en cama y con las estrellas por techo.

 

• Día 11: Mangatsiotra-Canal De Pangalanes-Manakara
Desayuno y regreso en canoa tradicional a través del Canal de Pangalanes hasta Manakara. Visita del mercado.

En el regreso a Manakara flota sobre la canoa una densa melancolía que ni siquiera las animadas canciones del “coro marinero” consigue disipar. A quien más quien menos le hubiese gustado permanecer más tiempo en Mangatsiotra. Quedarse anclado en el canal sin rumbo ni norte, navegando en las risas contagiosas de los niños y en los elocuentes silencios de los pescadores. Pero el viaje continuaba, y cuando al atardecer llegamos a puerto no perdimos demasiado tiempo en protocolos dando cuenta de unas cervezas como preámbulo a la visita del mercado de Manakara. Creo que nadie ha sido ecuánime con este bullicioso mercado. En contraste con las horas de silencio navegadas en el canal y el sosiego intemporal de Mangatsiotra, el mercado de Manakara supone un estallido brutal para los sentidos. Demasiados impactos, demasiada concentración de olores y sonidos. Demasiada humanidad. Hay que estar muy curtido para pasar del manso sonido de un cuarteto de cuerda a la cacofonía de un grupo de heavy metal sin que las neuronas se resientan.

 

• Día 12: Manakara-Parque Nacional De Ranomafana- Sahambavy
Desayuno y salida al alba hacia el Parque Nacional de Ranomafana, donde realizaremos un trekking de nivel fácil de unas 2 horas de duración.
En Ranomafana llueve prácticamente los 365 días del año. Es una selva húmeda y espesa que alberga una gran variedad de fauna y flora endémica. Paisaje: Helechos arborescentes, bosques de bambú… Observaremos diversas especies de lémures, entre ellos el lémur dorado, el Propithecus diadema, el Hapalemur simius, camaleones, etc.

Ha habido suerte y hemos tenido uno de esos extraños días en que el Parque Nacional de Ranomafana no se ha visto bendecido por la lluvia. El trekking ha sido muy suave, o puede que lo haya parecido después del que hicimos en el país zafimaniry. Bichos animales no hemos visto demasiados… algún lemur, un par de camaleones y poca cosa más. Pero bichos humanos había para dar y regalar, puede que por eso los animales se hayan mudado de domicilio instalándose en lo más profundo de la selva, allí donde no llega el monstruoso griterío de los turistas italianos. Una nueva plaga que, algún día, estará catalogada por Green Peace. El paseo, no obstante, ha resultado refrescante, al menos para aliviar la larga jornada de carretera. Afortunadamente, en este país, las carreteras son como grandes escaparates desde los que atisbar en la vida cotidiana de una ciudadanía que, a juzgar por lo que se ve desde el interior del coche, tiene alergia a encerrarse en casa.

• Día 13: Sahambavy- Reserva De Anja - Ambalavao
Desayuno y salida hacia Ambalavao. Tras el almuerzo traslado a la ciudad de Ambalavao. Una agradable población famosa por ser la cuna de la fabricación del papel Antemoro.

Si en el Parque Nacional de Ranomafana los animales se habían escondido, en la Reserva de Anja daba la impresión de que había una convención de lemurs catta. Estaban por todas partes. Agrupados sobre los árboles, correteando por los senderos, jugando al escondite con los escasos turistas que paseaban por la reserva… El sol apretaba con verdadera mala leche y los ralos árboles apenas conseguían proyectar un poco de sombra, especialmente bajo la colosal formación de granito que corona el parque. Madagascar no deja de sorprenderme cada día. El paisaje juega con la capacidad de asimilación y cuando uno espera encontrar lo habitual, tras una curva o en medio de un valle, como es el caso de Anja, tropiezas con un horizonte que podría estar en otro continente, pero que no esperas descubrir en África.

El cansancio por los días que llevamos de viaje va pasando factura. Tal vez ahora sería el momento de tomarse un día de dolce far niente . Pasar un día vagabundeando en un hotel si nada mejor que hacer que rescatar un libro del fondo de la mochila y dejar que la piel vuelva a ser porosa a lo que este país regala a cada instante. Pero cualquiera le sugiere a un turista que pase un día sin hacer nada, simplemente recuperando el espíritu y preparándose para una nueva inmersión en las tripas de la realidad malgache. La necesidad de hacer “cosas” continuamente es una enfermedad para la que no hay vacunación posible. A veces los turistas no tienen suficiente con lo que están haciendo, o viendo… y necesitan proyectarse en lo que ocurrirá dentro de unas horas, o unos días. Alguno suda ansiedad por avanzar en el camino. Alguno ansía salir de compras, como si Madagascar fuese Nueva York y se pudiese salir de shopping por cualquier esquina. Incluso alguno no acaba de entender que está en África.

 

• Día 14: Ambalavao-Reserva De Anja-P.N. Andringitra
Desayuno y salida hasta el valle del Tsaranono, ya en el P.N. Andringitra, donde realizaremos un trekking de unas 3,horas para ascender al monte Camaleón, desde donde tendremos una espectacular vista sobre todo el valle.

El valle de Tsaranono podría estar en Kenia o en Tanzania… si estuviese salpicado de cebras, jirafas y elefantes uno podría confundir su ubicación geográfica con absoluta tranquilidad. Este es, sin duda, uno de los lugares más apartados de las rutas turísticas convencionales. También es, en mi opinión, el lugar más mágico de este recorrido.

La soledad del valle es hipnótica. Ejerce un extraño influjo que te sitúa en la intemporalidad. El monte Camaleón erigiéndose como un faro, altanero, enseñoreándose del paisaje y desafiando a los excursionistas a pasear por su lomo. La hierba amarilla, la tierra roja, las pequeñas chozas de adobe dispersas, el frío riachuelo que lo cruza, el pesado silencio que lo abraza y, por la noche, un telón negro como el azabache pespunteado de millones de estrellas que invitan a dejarse llevar al arrullo del chirriar de los grillos y el eco de otros tiempos.

 

• Día 15: Parque Nacional de Andrigitra-Ihosy-Parque Nacional Del Isalo
Tras el desayuno, salida hacia la ciudad de Ihosy, visita de su mercado y continuación hasta la ciudad de Ranohira, a las puertas del Parque Nacional del Isalo .  

Ha sido una etapa bastante pesada de carretera. De nuevo las ventanillas del coche se han convertido en un escaparate inverso desde el que mirar un paisaje reseco y duro, casi familiar por haberlo visto tantas veces en documentales de las sabanas africanas. El color rojo llenaba el espacio; inmenso, casi sin límites, tierra roja salpicada de ocres y amarillos. Pequeñas aldeas de casas de adobe pasaban casi desapercibidas, mimetizadas con el árido entorno casi desértico. Algunos árboles raquíticos intentaban sombrear el paisaje en el que, de vez en cuando, la silueta lejana de algún aldeano ponía la nota humana en un hábitat estéril.

Día 16: Trekking Parque Nacional del Isalo
Desayuno y visita del Parque Nacional del Isalo (trekking de nivel fácil durante todo el día).
A 700 Km . de la capital, el Parque Nacional del Isalo se extiende sobre una superficie de 81.540 hectáreas . El parque más visitado del país, posee profundos cañones donde circula el agua en forma de riachuelos, tumbas Bara, grutas donde se escondían los portugueses y los árabes, este parque es testimonio viviente de la historia de Madagascar.
Isalo es un verdadero zoo natural donde se dan cita varias especies de Lémures: el Lémur Catta, el Lémur Fulvus Rufus y el Grand Propithèque, además de 55 especies distintas de aves. La flora está también muy diversificada: euphorbeas, aloes, pachypodiums, etc.

El Parque Nacional del Isalo es el más conocido y visitado de Madagascar. Para mí ha sido, sin ninguna duda, el más interesante y el que más variedad de paisajes y sensaciones me ha regalado. La posibilidad de tropezar continuamente con diferentes especies de lemures no era lo que más me interesaba del recorrido. Para ser sincero ya tenía suficientes de estos animales en mis recuerdos y en las tarjetas de memoria de mi cámara como para rozar la saturación. Por esto no he prestado demasiada atención cada vez que el guía apuntaba con su índice hacia las ramas de los árboles y narraba las características de uno u otro bicho. Sentía, eso sí, verdadera curiosidad por las pequeñas piscinas naturales que encontraríamos a lo largo del trekking y por la variación del paisaje con que tropezaríamos en las diferentes sendas que cuartean este inmenso parque. A los pocos minutos de comenzar el trekk nos hemos enfrentado a un entorno rocoso y árido. Hemos pagado con sudor y cansancio el peaje por el silencio y la soledad primitiva y virgen del entorno. Sin duda ha merecido la pena.

Este es un parque engañoso que juega con la capacidad de adaptación y sorpresa de sus visitantes. De la aridez al frescor de los riachuelos. Del terreno rocoso y polvoriento, al suelo blando de musgo. De la soledad implacable de las rocas negras, salpicadas de cuevas que sirven de tumbas, a la humedad cuajada de vegetación y torrentes que mueren en pequeñas lagunas de transparencia imposible y frescor inaudito. Isalo es una sorpresa que se esconde de sí misma y que se regala a los ojos sin mesura.

 

• Día 17: Isalo-Tulear
Desayuno y ruta hacia el sur.
Continuación hasta Sakaraha y Tulear visitando por el camino las famosas tumbas Mahafaly -tumbas de piedra con estelas funerarias esculpidas o con pinturas de animales, parejas, escenas de la vida cotidiana...-. Están casi siempre cubiertas de cráneos y cuernos de cebúes y pudiendo fotografiar los primeros baobab del sur malgache. Por la tarde, visita del mercado de conchas de Tulear y su animado puerto.

Aunque a priori la parte más interesante de la etapa la constituían las tumbas mahafaly, no ha sido esto ni de lejos lo que ha llenado el día. Se tropieza con las tumbas a pie de carretera. Mazacotes de cemento y piedra cubiertos de cráneos de cebú, adornados con pinturas que, a veces, representan la vida y causa de la muerte de quien está enterrado; otras son una mezcolanza de mamarrachos sin más sentidos que la inspiración del artista que los pintó. En más de una ocasión me ha venido a la cabeza que con mucha probabilidad la inspiración llegó de la mano de una botella del intratable ron local que se destila en rudimentarios alambiques. Y es que un 80% de alcohol da de sí mucha inspiración. Las tumbas se ven y se olvidan. Pero la visión de los pueblos surgidos en mitad de la nada por obra y gracia de los yacimientos de piedras preciosas, es algo que no se olvida fácilmente. Pueblos que apenas son un caos con tejados, carteles de compra-venta de piedras y tiendas en las que surtirse de lo imprescindible para acometer la aventura por encontrar el pedrusco que pondrá fin a la miseria de quienes intentan salir adelante escarbando el reseco terreno en busca de un futuro sin penalidades.

Por fin han aparecido los primeros baobabs alzándose solitarios como monumentos a los antepasados de los árboles y símbolo vegetal de África. Es curioso el embrujo que este árbol ejerce entre los europeos e imposible no descubrirse a uno mismo con la mente en blanco ensimismado frente a uno de esos desproporcionados monstruos.

El paisaje se va haciendo árido a medida que se abre hacia el sur y el desierto empieza a tomar protagonismo. Esta etapa marca el fin de la ruta, a partir de ahora viajaremos hacia el este y la costa. Hacia las playas, las mariscadas y el océano. Hacia el tiempo de holgazanear y disfrutar de otra manera y en otro entorno de lo que Madagascar ofrece, siempre y cuando, claro, uno sepa reconocerlo y tomarlo a tragos, sin medida.

 

• Día 18: Tulear-Anakao
Desayuno y traslado en barco (1 hora) hasta las playas de Anakao. Tarde libre para disfrutar de la playa o visitar el poblado de pescadores Vezo.

Anakao es el contrapunto, en el más amplio sentido de la palabra, de todo el viaje. Pero primero hay que llegar. Eso es, por sí sólo, una excusa suficiente para acercarse hasta la ecléctica población. En coche desde el hotel; en carro de cebúes desde el embarcadero hasta el barco -fondeado a unos pocos centenares de metros de la playa-; del carro traslado a una pequeña lancha neumática para recorrer los últimos metros hasta la borda del barco. Siempre luchando con la urgencia de las mareas. Esta no es una etapa de fácil digestión para quienes no soportan la imagen de animales maltratados arbitrariamente por los energúmenos que los conducen. Restallan las varas contra los lomos de los cebúes, que apenas pueden con su pellejo y se ven obligados a bastonazos a arrastrar los carros con los turistas sobre la blanda arena de la bajamar. Los carreteros cobran a tanto por trayecto, y como a destajo trabajan a destajo golpean a sus animales para poder cubrir más de un recorrido y llevarse a casa algo más de dinero.

Una hora de plácida navegación más tarde hemos llegado a Anakao. Afortunadamente en la playa del pueblo no había carros con cebúes y hemos hecho el tramo desde el barco a la playa gracias a un par de lanchas.

 

• Días 19 y 20: Anakao
Días dedicados a disfrutar de las playas, practicar deportes acuáticos o simplemente descansar. Realizaremos el Safari de Ballenas para observar la ballena jorobada que transita por el canal de Mozambique entre julio y septiembre.
Anakao es sin duda alguna uno de los mejores lugares para terminar nuestro circuito. Nuestro hotel está situado en la playa de Anakao, frente a las costas de la pequeña isla de Nosy Ve (no confundir con Nosy Be) que bien merece una visita. A escasos 20 minutos en lancha motora, esta pequeña isla, habita exclusivamente por el ave endémica “paille en queue” posee unas playas paradisíacas y solitarias. Días libres.

Si algo necesitaba mi cuerpo, y en igual medida mi espíritu, era disfrutar de no hacer nada previamente planificado y organizado. Vagar por la playa. Ronronear al sol. Beber cerveza sin urgencia. Comer sin prisa ni interferencias. Pescar flotando sobre las aguas turquesas. Navegar a vela en una barca tradicional. No ha sido fácil, pero en gran medida lo he conseguido, aunque en más de una ocasión me he visto obligado a esconderme para no ser interrumpido en mi goce de no hacer nada ni hablar con nadie con quien no me apeteciese hacerlo. He pactado una mañana de navegación y pesca con un pescador. He acordado un buen precio por unas langostas a la parrilla y unas cervezas que parecían recién salidas de las tripas de un microondas pero que, a pesar de ello, me han sentado a gloria. He jugado a coleccionar conchas marinas por playas solitarias y he disfrutado de siestas memorables a la sombra del mosquitero de mi bungalow.

El viaje se ha terminado. La mayor parte de quienes han participado en él viven estos días con cierta sensación de pérdida. Algunos hacen balance de lo vivido, como si se pudiese cuadrar caja de tres semanas de experiencias cuando éstas aún no han acabado. Como si el fin de un viaje representase, literalmente, un punto y aparte en la vida y en un momento determinado fuese imprescindible evaluar si lo gastado ha compensado lo vivido. Aritmética básica mal aplicada. Al menos así me lo enseñaron en el colegio cuando empecé a balbucear la tabla de multiplicar: no se pueden sumar peras y manzanas. Desde luego no se pueden, al menos no se debe y, mucho menos, esperar que la suma nos de como resultado un montón de peramanzanas.

Dicen quienes no saben nada del arte de viajar que viajando se aprende. Ojalá esta frase tan manida y contradictoria con la realidad fuese aplicable a todos los que viajan. Viajar es un estado de ánimo y siempre, siempre, debemos tener en cuenta que cuando hacemos la maleta lo primero que ponemos en ella es a nosotros mismos y, cuando llegamos al destino y la abrimos, lo primero que sale de ella somos nosotros mismos, veinte mil kilómetros más lejos del punto de partida, pero exactamente igual de sabios o necios que cuando salimos de casa. Enriquecerse por el camino, atesorar lo que nos encontramos y lo que vivimos, no depende ni del lugar al que nos marchemos, ni de la compañía que tengamos durante el viaje, ni del dinero que invirtamos. Tan sólo depende de lo porosa que tengamos la piel y el alma.



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