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 Loira Atlántico, navegando el río Mayenne
Reportaje de Joan Biosca

Un millón de grillos se disputaban el silencio de la noche, había dejado de llover hacía rato y ni el más leve balanceo indicaba que el techo que nos cobijaba estuviese flotando sobre las aguas del adormecido río Mayenne. En el centro de la cabina del barco, sobre la mesa, un montón de folletos y unas guías de viaje explicaban -con fotos a todo color y frases cautivadoras- el paisaje en el que estábamos anclados. Nada decían del denso silencio de la noche, de las estrellas, ni del sosegador influjo de las aguas. Patos y garzas dormían en las orillas esperando el amanecer. Sólo el relinchar de un caballo en una granja cercana ubicaba nuestro hogar flotante en la tranquilizadora realidad de sentir cerca la tierra firme.
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Gracias al río las poblaciones dejaban de ser destinos a pocas horas de carretera para convertirse en puertos de travesía, referencias hacia las que apuntar la proa, excusas para variar de aguas y de paisaje y, tal vez, motivos para pisar, como los viejos marineros, las tablas gastadas de un nuevo embarcadero. A los lados del río, el heno recién cortado y las viñas alfombran el paisaje en una monótona pulcritud sólo interrumpida por el campanario de una lejana iglesia o por el perfil de alguna granja.

Flotando a cinco kilómetros por hora -encajonados entre campos- caben los recuerdos de la infancia y pueden solaparse con la tranquila realidad de navegar sin más objetivo que sortear una nueva esclusa -momento culminante en la navegación fluvial- obstáculo que, en estas quietas aguas, suponen desperezarse, dejar a un lado las historias de épicos navegantes y enfrentarse a los desniveles geográficos. En un continuo recuerdo de narraciones infantiles, Melville y su ballena blanca, Stevenson y su isla con tesoro, se acomodaban al navegar perezoso de nuestro barco. Es en el paso de las esclusas donde se realiza el bautismo marinero, el lugar de los encuentros con otros navegantes y con los habitantes de tierra firme, los responsables de manejar los vetustos mecanismos que abren y cierran el paso del agua en las esclusas.

Más tarde, cuando ya se ha estampado el barco cuatro veces contra el hormigón de los diques y se ha compartido experiencia y compadreo con tripulaciones más curtidas, uno ya no se siente turista, si no un marinero que ha cumplido un acto iniciático. La primera esclusa es el bautismo de mar, algo así como doblar el cabo de Hornos tal y como lo soñábamos a los doce años después de ver "El motín de la Bounty" en el cine de nuestro barrio. Claro que faltaba un poco de niebla y un viento infernal para conferirle magnitud épica a la proeza, pero no se le pueden pedir a los sueños demasiada realidad, no sea que acaben por cumplirse y las fantasías extravíen el placer de viajar a cámara lenta y la somnolencia que produce el aroma del heno mientras se flota hacia la siguiente esclusa.

El ritmo del río impone su pauta. Sin apercibirte de ello empiezas a ralentizar el tiempo y a las siete de la tarde, cuando echan el cierre las esclusas y con ello se da por acabada la jornada, llega el momento de buscar un buen atraque en algún pueblo o de clavar unas estacas en la orilla y esperar, amarrado, a la mañana siguiente. Las siete de la tarde marcan la hora mágica, el inicio del Abandono Total. La hora de saborear una copa de vino y alimentar desde la cubierta a los patos que se acercan a saludar a los visitantes. Nada mejor que hacer, aparte de contemplarse el ombligo o pasear perezosamente por las calles empedradas de alguna pequeña población, y saborear la atmósfera ribereña al arrullo de las mansas aguas.



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