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Vilna y sus sorpresas

Reportaje de Marc Ripol

Si está usted puesto en geografía sabrá que Lituania es la más meridional de las tres repúblicas bálticas y que su capital es Vilna. Si ha leído algún artículo o alguien le ha hablado de ella, sabrá que Vilna, Vilnius en lituano, es una ciudad bonita, agradable para pasear y que tiene el casco antiguo barroco más grande de Europa. No se vayan todavía, que aún hay más: en Vilna se halla la República de Uzupis, en cuya constitución hay artículos, como el cuarto, que reza: “Todo el mundo tiene derecho a equivocarse”. En Vilna hay una escultura dedicada a Frank Zappa, músico que nunca estuvo en Lituania y que quizás incluso desconocía la existencia de dicho país. Hay un museo dedicado a la KGB o, mejor dicho, a las barbaridades que dicha policía cometió en el país. También hay una iglesia donde una horda de escultores italianos iluminados, sin comedimiento ni mesura alguna, montaron una espectacular orgía barroca.

Pero ya hablaremos más adelante de esas peculiaridades. Volvamos a lo del casco antiguo y mantengamos –por el momento– un tono más tradicional en este artículo. A pesar de sus más de 600.000 habitantes el centro de la ciudad, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO , mantiene un aire de pueblo. Esto se debe a la escasez de coches, a los numerosos espacios verdes, a las calles adoquinadas y a que la mayoría de construcciones son de escasa altura. Los numerosos edificios históricos han sido recientemente restaurados, en gran parte con fondos aportados por la UE, de la que Lituania es miembro desde 2004, y toda la zona tiene un aspecto pulcro y cuidado. Los que visitaron la ciudad hace una década coinciden en afirmar que el cambio es impresionante.

El país, que es el más extenso y poblado de los estados bálticos, fue el primero en independizarse de la URSS en 1991 tras cincuenta años de ocupación, pero no espere encontrar ejemplos de la característica arquitectura soviética en el centro de la capital. En los alrededores de la ciudad sí se pueden ver algunos de los racionalistas, austeros y sobrios edificios soviéticos, que contrastan fuertemente con algunas construcciones ultramodernas.

Al llegar a una ciudad como visitantes siempre es recomendable buscar un punto elevado desde donde contemplarla, con el objetivo de tener una visión de conjunto de los callejones por los que nos vamos a perder durante los siguientes días y también para obtener un par de buenas fotos. En Vilna este lugar es la torre de la Televisión, que dispone del típico restaurante giratorio a una altura de 165 metros. Otra opción es el Castillo de Gediminas, al que se accede mediante un pintoresco funicular. Desde ambos puntos se puede comprobar un viejo dicho lituano según el cual no importa en que lugar del centro te encuentres: siempre tendrás una iglesia al lado. La iglesia gótica de Santa Ana y la barroca de San Pedro y San Pablo son las más espectaculares, pero hay muchas otras. Esta última es la que mencionábamos al principio del artículo, decorada en su interior por una legión de artistas traídos de Italia que llenaron cada rincón de sus paredes con dos mil esculturas y bajorrelieves, logrando un resultado tan vistoso como claramente excesivo. A los lituanos les gusta explicar al visitante que fueron el último país europeo en adoptar la religión cristiana. Y debieron hacerlo con profunda convicción: sin duda es uno de los países más devotos que existen. Los domingos –aunque también entre semana– gentes de todas las edades acuden en masa a las múltiples iglesias que hay en la ciudad.


• Música en las calles

Al caminar por la ciudad los ruidos son escasos, debido principalmente a la baja densidad de tráfico que ya hemos comentado, pero sí son habituales los sonidos de acordeones, violines, guitarras o saxofones, pues hay abundantes músicos callejeros que suponen una estupenda alternativa a los habituales estruendos de cualquier ciudad de estas dimensiones (especialmente las españolas; todo hay que decirlo). Muchos de estos artistas se concentran en la calle Pilies, la principal avenida comercial que, como la mayoría de las del centro, es peatonal.

Lituania tiene una larga tradición en música clásica, y eso puede comprobarse viendo los numerosos conciertos que se anuncian en la cartelera y los abundantes festivales que se organizan a lo largo del año. También la música moderna goza de gran popularidad, y en especial el jazz, que durante los años de dominación soviética era considerado como una expresión de libertad. En el casco antiguo hay numerosos locales donde escuchar música en vivo. 


• Humor y república

Uzupis significa, literalmente, “en la otra orilla del río”, así que ya sabe usted dónde está ubicado el barrio. Era la típica zona obrera de cualquier ciudad que con el tiempo y el abandono institucional se había deteriorado considerablemente. Durante los últimos años del dominio soviético había aumentado la delincuencia y en algunas calles el nivel de insalubridad era alarmante. A partir de los años 80 el barrio comienza su transformación: numerosos jóvenes y artistas empiezan a instalarse allí, restaurando sus ruinosas casas, abriendo locales y dándole a la zona un aire bohemio. Esta tendencia ha ido en aumento y en la actualidad es un agradable barrio de ambiente desenfadado que incluso atrae a aquellos turistas que no se conforman con la Vilna barroca del casco antiguo.

Los lituanos se refieren a menudo a este barrio como el Montmartre de Vilniuis, por su ambiente bohemio, aunque sin duda Uzupis resulta mucho más agradable que el bullicioso, turístico y ya poco bohemio barrio parisino. Los artesanos y los artistas, como hemos dicho, abundan en Uzupis, y muchos talleres, estudios y galerías abren sus puertas al público para mostrar el proceso de elaboración de sus productos. También hay una importante cantidad de cafés, restaurantes y bares, así como una animada vida nocturna. Uno de los cafés más recomendables es el Tores (www.tores.lt), que dispone de una estupenda terraza sobre el río Vilnia.

La también llamada República de los Ángeles tiene presidente, una Constitución (o algo parecido), una embajada en Rusia (o al menos eso dicen), sellos, un ejército de doce voluntarios desarmados y nada menos que cuatro banderas: una para cada estación del año. De sentido del humor y espíritu festivo tampoco andan escasos. Con estos datos no es difícil adivinar el día en que celebran su independencia: el día de los inocentes. La Constitución puede verse reproducida, y traducida a varios idiomas, en un gran mural instalado al inicio de la calle Paupio. Ninguno de los 41 artículos tiene pérdida, pero puestos a escoger algunos, ahí van estos:

- Cada persona tiene el derecho de celebrar o no celebrar su cumpleaños.

- Todo el mundo tiene derecho a ser feliz.

- Todo el mundo tiene derecho a ser infeliz.

- En ocasiones todo el mundo puede olvidar sus obligaciones. 


• Souvenirs soviéticos

El Museo de las Víctimas del Genocidio, conocido como el Museo de la KGB, está ubicado en el edificio donde se encontraban las oficinas principales de la KGB y en los sótanos, la prisión para presos políticos. Aquí se muestran los avatares que sufrió el país a manos de las dos grandes potencias entre las que está situado: Alemania y la URSS. La visita resulta tétrica y escalofriante, pues se explican con detalle los métodos de presión utilizados por parte de los servicios secretos soviéticos: encarcelamientos, desapariciones, deportaciones en masa a Siberia, asesinatos, torturas... Algunos de los guías que ahora muestran el museo habían estado encerrados en esas mazmorras.

Otro recuerdo de esa época se encuentra en Grutas Park, a unos 130 km. al sudeste de Vilna. Se trata de una especie de parque temático del comunismo soviético, pues aquí se han instalado las esculturas de Stalin, Lenin y demás símbolos que se retiraron de las plazas y edificios del país tras la independencia de Lituania de la URSS.


• Zappa

La iniciativa de erigir la estatua vino, cómo no, del otro lado del río Vilnia. Sí, el lector atento lo ha adivinado: del barrio de Uzupis. De hecho fue una de las primeras decisiones tomadas por el gobierno de la joven República. La iniciativa partió de Saulius Paukstys, presidente del Frank Zappa Fan Club, quien previamente había organizado una exposición con una serie de objetos personales que teóricamente habían pertenecido al músico estadounidense. La exposición, evidentemente, tenía poca autenticidad pero mucho humor.

La propuesta de instalar la estatua fue, según palabras del instigador, una manera de poner a prueba la joven democracia lituana. Y funcionó. Se obtuvieron los permisos, se recaudaron fondos y se contrató a un escultor muy reconocido por el anterior régimen debido a sus bustos de Lenin. Ante algunas protestas, que básicamente cuestionaban los motivos de erigir una estatua a un músico de Baltimore que nunca había sido visto por Lituania, la respuesta fue rápida y concisa: “Nunca vimos a Zappa, pero tampoco nadie ha visto nunca a Dios, y la gente sigue yendo a la iglesia”. El día de la inauguración el músico hubiese  disfrutado con la ironía de ver una banda militar versionando algunos de sus temas.

Para finalizar el artículo decir que los lituanos, por su carácter abierto y festivo, son conocidos entre sus vecinos como los españoles del norte. Sin duda, un dato a tener en cuenta. 




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