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Mi mapa de África
Historias de los Tuareg y del Sáhara

Por Sergi Formentin - Fotos Joan Biosca

“El sol nos sorprendía siempre, todas las mañanas, a primera hora, justo después del alba. Resbalaba antiguo entre las laderas de las dunas, patinaba acostumbrado por los vértices mutantes, se dejaba mecer altivo en su olimpo, suaves sus rayos antes del desayuno. Pero era otro engaño del desierto: pronto ese mismo sol justiciero se volvía implacable, dando latigazos de fuego; era ya y para todo el día, el sol inclemente del Sáhara.”


Era aquel un Sáhara despedazado, un yermo paisaje en el que se alternaban las grandes extensiones de arena con las áridas llanuras esteparias que recordaban demasiadas veces a otros parajes más fríos.

Aquel desierto africano se debatía constantemente entre la dureza extrema y la intensidad de sus imágenes, y el viajero aprendía sin quererlo todos los saberes enterrados tras siglos y siglos de arena, viento y olvido. Parecía que aquel Sáhara no existía: era tan sólo un lugar impreciso en los viejos mapas de África y apenas nadie reparaba en él.

Una gran mancha gris en mitad de África, un simple punto en la nebulosa del planeta, un gran vacío habitado. Allí, por pocas que fuesen y ocultas que estuviesen, había gentes de distintos orígenes, había ciudades caravaneras y había oasis de vegetación lujuriosa. Había más vida enterrada entre aquellas arenas que en muchos países del norte de Europa.

Aquel Sáhara mío era un desierto perverso, venenoso, de medias verdades y mentiras aceptadas, de sorpresas y misterios. Era un lugar herido de muerte, un espacio multiforme con apariencia de pesadilla. Pero el viajero regresaba siempre a sus entrañas despiadadas, aunque muchas veces no supiera cómo ni mucho menos por qué. Nunca hacía falta un motivo para el regreso: lo importante era el viaje.

Aquel desierto no engañaba. Hablaba a media voz, y hablaba de arenales perdidos entre la nada, de soledad infinita y de montañas que se alzan desesperadas huyendo del abrasador calor sahariano y buscando desesperadamente el cielo. Pero hablaba también, y a menudo, de las personas. Y hablaba en silencio tan sólo para aquellos que querían y podían escucharle.

Pero aquel desierto tenía también su lado triste. Se desvanecía indolente entre los nuevos tiempos, engullido como toda la aldea global por el avance implacable de las sociedades de consumo que amenazaban con destruir para siempre y de una vez por todas el planeta azul. Ya estaban logrando convertirlo en el planeta gris, cuando lograsen que fuese el planeta rojo o el planeta negro, desaparecería tal y como fue creado, por inercia, por causalidad, porque la evolución no es más que eso: regresar al principio de todo. Por eso tal vez los viajeros venían a menudo a desollarse vivos en este Sáhara ardiente, aquel desierto mutante que recuerdo aún, los aceptaba impertérrito, aunque en el fondo supiera, que su entrada masiva, lo estaba hiriendo de muerte. 

• Al principio…

Antes de haberlo visto el Sáhara me atraía. Desde lejos, el desierto se me antojaba siempre como un lugar intangible, un espacio metafísico en el cual no había nada, un submundo entre tinieblas, un infierno desnudado en el que habitaban personajes ingrávidos desde el principio de los tiempos; almas en pena en aquel purgatorio inmutable, voluntades distraídas que amenazan con desaparecer como por arte de magia entre las brumas ficticias de la canícula, como un espejismo más de un universo tal vez imaginado, posiblemente inexistente.

El Sáhara era, desde lejos o desde cerca, ahora y antes, pero sobre todo ahora, el mejor lugar en el que perderse: desaparecer del todo.

Por un encargo ficticio buscaba en aquella época a mi Kurtz particular porque me habían hablado de él en algún sitio, y porque yo era entonces mi propio Marlow. Cosas de locos quizás, pero lo cierto es que huía y buscaba a la vez, obsesionado como estaba por hallar una paz perdurable en el desierto más grande del mundo, por escapar de un fracaso anunciado, y luchar contra aquella enfermedad mental que amenazaba con destruirme lentamente.

Hay trabajos en la vida que un hombre a veces no puede rechazar. Aquel fue uno de estos casos.

“Váyase al Sáhara hombre, encuentre a Kurtz, y luego regrese para contarlo”, esas creo fueron las palabras del loco sabio, por aquel entonces editor de una revista y que me estaba proponiendo que me perdiese en las entrañas de la Argelia más salvaje para encontrar a alguien que supuestamente llevaba perdido más de 50 años en el vientre de esa ballena de nombre África. Así  que sin ni siquiera pensarlo, eché mano de mi viejo mapa de África y me puse en camino.

El viaje había sido desde siempre mi vida y no iba ahora a rechazar la oportunidad única de recorrer las polvorientas pistas saharianas buscando a un supuesto personaje de leyenda, un mito perdido en medio de las arenas, tal vez más abajo, más al sur, más en lo hondo de África.

Fue entonces cuando recordé mi mapa de África y recuperé mis viejos recuerdos, reviví antiguos sueños de huída, y me decidí  a vivir el tercer tiempo de mi vida.

Había mirado aquel mapa de manera obsesiva cientos de veces, durante años, tardes enteras perdiendo mi mente en esos viajes imposibles, en esos mundos que se abren y se cierran ante nosotros, que están ahí, esperando, tan sólo necesitan que alguien valeroso, o suficientemente loco, les vaya al encuentro. Hay otros mundos, y no están en este, hay que saberlos buscar más allá de las aguas, más allá de las dunas del Gran Erg, atravesando las grandes formaciones montañosas del Hoggar, más allá de los Tassili, cuando terminan los oasis del Aïr y empieza el imbatible Teneré. Estaba todo bien marcado desde hacía siglos, en aquel mapa de África que ahora era mío. Pero la vida insulsa me había hecho olvidar incluso el mapa, hasta que un loco sabio me habló de Kurtz, y me habló de Argelia, me habló del Sáhara, me habló de mí sin entonces saberlo: me habló nuevamente de África.

Mi mapa de África era siempre un mapa antiguo, viejo, apergaminado; se podían leer en él los nombres evocadores de los oasis legendarios en el desierto del Sáhara, y las decadentes ciudades-mercado, y las olvidadas rutas caravaneras. Era un mapa sencillo y complejo a la vez este mapa de África mío: sin duda era un mapa ambiguo. Creo que de alguna forma, resumía los últimos cinco siglos de historia en África, aunque si uno sabía observar más allá, leyendo entre líneas los nombres prohibidos, podía incluso llegar mucho más lejos: milenios de hechos silenciosos y silenciados, desde que nació la especie, desde que se asentaron las primeras civilizaciones humanas, desde que a aquel mono loco le dio por alzarse sobre sus patas traseras y andar erguido y destruir una vieja civilización al tiempo que ayudaba a construir una de nueva; estos hechos últimos también sucedieron en algún rincón de África.

Así por casualidad, en una biblioteca cualquiera de mi infancia, había encontrado yo el mapa de África. Y allí conocí también un libro extraño que narraba las desventuras de un aventurero acanallado, ambiguo, anti-héroe muchas veces, sin rostro, sin pasado, sin presente, sin futuro siquiera. Según Joseph Conrad, su nombre era Kurtz y en su historia de blancos en un mundo de negros había otro anti-héroe de nombre Marlow que le buscaba de manera obsesiva por el vientre de esa África desangrada y misteriosa. Las historias de ambos, que no era en el fondo más que una misma, me llamaron poderosamente la atención, me atrajeron y cautivaron desde el comienzo. Así descubrí el corazón de las tinieblas, y así aprendí a releer mil veces a Conrad. Y a reseguir con mi dedo los contornos en relieve de aquel viejo mapa de África. Allí aprendí también a reinventar mi propia historia.  

• Las arenas del Gran Erg

El sol caía ahora vertical sobre el viejo autobús desvencijado como estaba, herrumbroso, a punto de desaparecer también entre la nada, derretido como se derrite todo en el Sáhara, incluso las voluntades, las ideas, los seres. Los rayos ultravioletas, ultraviolados, implacables, y la arena; las arenas móviles que lo engullen todo, las dunas cambiantes del desierto, masas traidoras capaces de ocultar una ciudad, un país, qué harían con poco menos que un hombre. Y luego está el viento, o los vientos: jamzin, chasir, siroco, harmattan … Varios nombres para un mismo demonio.

Recapitulé en mi demencia y pude ver mi realidad: yo era un Marlow fraudulento, al igual que mi Kurtz era un personaje inventado del que me habló un loco sabio en Europa, todos en cualquier caso, individuos que huían de fracasos, de inadaptaciones, de una vida que amenazaba con engullirnos. De la locura. O huía de ella o avanzaba hacia ella, ya nunca lo sabría. Entraba en el tercer tiempo de mi vida: era tragicómico verme en el pasado consumido en Europa, descolgándome ahora hacia las entrañas de lo desconocido, para buscar al final a un supuesto Kurtz y suplantarle, para desaparecer de este modo para siempre en el corazón de las tinieblas, renovadas, adaptadas al nuevo milenio. Que juegue otro a ser Marlow si quiere: horror, horror, mi figura invisible en el Sáhara. 


Los últimos nómadas

Los tuareg no aman el Sáhara. Viven en él porque no conocen otra cosa, porque la vida y la Historia de África les ha empujado hasta este rincón hermosamente desolado. Los tuareg adoran el agua, las montañas y todo lo que supone pasto para sus rebaños de camellos y cabras. Ni les gustan las dunas ni los arenales, mucho menos las llanuras abrasadas por el inclemente sol sahariano. Un viejo amigo tuareg repetía una y otra vez ante las absurdas objeciones de un turista que no entendía por qué no vivían entre las dunas: “Dile que somos tuareg, pero que no somos tontos”.

Los tuareg odiaban desde siempre que se les llamase así. Ellos se denominaban a sí mismos imohagg, los hombres libres. Y algo de razón llevaban. Jamás conocí a un pueblo más voluptuoso en su forma de vida, un sin vivir de viajes de un lado a otro, la libertad absoluta de surcar los mares de arena sin asentarse nunca en ellos, las montañas sin llegar jamás a escalarlas, los secarrales de las hamadas sin ni siquiera admirarlos y las infinitas extensiones de tierra virgen como quién navega un mar imposible en el que sabe que tarde o temprano va a naufragar. Un pueblo alegre y sufriente, que habita el infierno sin ser demonios. Un pueblo de nómadas que también se pierde a veces en su propio desierto, un pueblo que llora y que ríe, que roba y que mata, que ama y que siente; un pueblo como los otros, aunque más rudo, más brutal, más intenso, más primitivo y más evolucionado a la vez; un pueblo que ha visto destruir una civilización para construir otra sin tomar partido en el proceso. Un pueblo así, tarde o temprano, tenía que ser el mío.

Nos entendimos desde el principio y allí me sentí parte de algo. Con el tiempo aprendí su lengua, sus costumbres, su forma de vida. Me vestí como ellos, me comporté como ellos, sufrí con ellos, recé y reí con ellos, más tarde sangré con ellos, lloré a veces a escondidas y viví naturalmente con ellos. Y me fui olvidando de mi viejo encargo, de mis obsesiones, de la búsqueda de ese extraño Kurtz que otro loco sabio me había mandado encontrar bastantes años atrás. “Váyase usted al Sáhara hombre, y encuentre a Kurtz, y luego regrese para contarlo”.

Todo quedaba lejos, qué poco sentido tenían ahora aquellas palabras que cada vez eran menos perdurables en mi desmemoria.

La zozobra acompañaba mis recuerdos y Kurtz era ahora una sombra alargada cada vez más difusa en las arenas del desierto. Marlow iba dejando también de existir, y en su lugar aparecía un nómada más, un tuareg pálido y algo distinto del resto de la tribu al que los otros imohaggi llamaban “el pequeño hermano de los tuareg”. 

Las montañas de Dios

Pasó  el tiempo en Tamanrasset y me fui iniciando en el negocio de pasear fotógrafos, petroleros, turistas  y otros extranjeros por las polvorientas pistas saharianas. No sé si me gustaba aquel trabajo pero me servía de excusa para convivir con los tuareg, para seguir teniendo un motivo para buscar en silencio a ese Kurtz imposible. Hasta que un día, los caminos de África me arrastraron hacia el sur.

Dejé Tamanrasset en silencio, como la había encontrado. Las ciudades no son importantes en el desierto, aunque sí las gentes que viven en ellas.

Ahora empezaba la verdadera búsqueda de Marlow. Reseguiría la ruta de los locos de arriba a bajo, completamente, y lo haría, era inevitable, acompañado por otros locos distintos. Y así fue como algunos dementes abandonamos Tamanrasset aquella mañana de calor furioso, dirigiéndonos por la pista balizada del sur hacia el puesto fronterizo de In Guezzam, al final del mapa de Argelia, donde empieza Níger, allí donde ese África Negra plagada de horrores continúa, más al sur, donde empieza la fronda y termina el Sáhara.

Me sentía cada día más cercano al pueblo tuareg. Me gustaba su compañía, sus saberes antiguos sobre el desierto, su modo de vida, su habilidad para la mecánica, su sentido del humor… En cierta forma, a mi manera tenía también alma de nómada, posiblemente en otra vida me hubiese gustado ser un tuareg del Sáhara. Pero en el fondo, padecía la misma enfermedad de siempre; sufría el síndrome de África, una versión libre y actualizada del mítico síndrome de Estocolmo. A muchos viajeros les había sucedido lo mismo durante siglos: se sentían atrapados por el continente negro, por sus desiertos, por sus selvas, por sus poblados de chozas de barro, por sus ciudades caravaneras, por sus playas de arenas blancas, por sus ríos navegables, por sus montañas misteriosas, por sus mercados, por sus habitantes. Se sentían también atrapados por la realidad africana, por ese dolor intenso y esa miseria endémica, por esa crudeza descarnada, por esas miradas límpidas y esos atardeceres, pero sobre todo por su fuerza. África es y era un continente con fuerza, profundo, intenso: llena de valor a los cobardes y de energía a los débiles, y secuestra las voluntades de los aventureros de siempre.  

Y ahora me podéis llamar Kurtz

Yo puedo decir que conozco el Sáhara. Lo he explorado de norte a sur, de este a oeste, de arriba a abajo si nos guiásemos por un hipotético mapa de África. He cruzado el erg mauritano transportando sal y armas viejas en una caravana de dromedarios blancos, me he bañado en las playas de Tarfaya y he descansado en las ciudades santas de Wallata y Tidjija, y en el oasis de Chingueti. Yo he madrugado con el sol que amenaza tras las dunas altivas de Touggourt y he dormido en el interminable palmeral de Ouargla, en la pentápolis de Ghardaia y en los olorosos oasis de El Goléa, Timimoun, Taghit y Benni Abbés; he navegado por los grandes mares de dunas de arena argelinos y he atravesado varias veces el Teneré y el Tanezrouf; he salido con vida de la Hamada del Draa y he ascendido y descendido por las montañas del Hoggar, los Tassilis, el Akakus, el Aïr y el Adrar des Iforhas.

Yo he explorado en camello los paisajes de otro mundo que se encuentran al sureste del oasis de Djanet y que los nómadas conocen como El Tadrart; yo he comprado y vendido mercancías en los mercados de Gorom Gorom, Zinder, Djenné y Kano; he seguido varias primaveras la ruta de Azalai y me he refrescado en la guelta de Archei. Yo he atravesado varias veces el gran erg de Bilma y he hecho contrabando entre el erg Chech y el erg Atouila; yo he llegado con vida hasta los lejanos oasis de Kufra, Siwa y Ghat, hasta las tierras altas del Tibesti y el Ennedi, hasta el insondable desierto de Nubia. Yo puedo decir que he explorado las llanuras desérticas de Sudán y he recorrido la ciudad sumergida de Wadi Halfa y he acampado junto a las ruinas faraónicas de Dongola. Yo he vivido en jaimas, zeribas, ikláns, hakits, con los nómadas y sin ellos, siendo al final como ellos, siendo uno más de ellos.

Yo he rezado en las mezquitas sagradas de Agadez y Tumbuctú, y he atravesado el desierto hasta Egipto, y he cruzado el Mar Rojo desde Djibouti hasta las costas del Yemen. Y desde allí he atravesado otros desiertos para peregrinar a La Meca y a Medina, convirtiéndome en un venerable “hadj”.

Yo he regresado con vida a mi desierto después de mi viaje religioso, cruzando el místico Sinaí, bordeando Egipto y Libia por la costa hasta probar los sabrosos dátiles en el oasis tunecino de Tozeur. Y a mi manera, aunque no haya participado posiblemente en ello; he visto también morir a una civilización, y nacer a otra. He sido varios hombres y he tenido varias vidas, pero jamás, escuchadme bien, jamás, he vivido por vivir. Siempre hubo un objetivo, una inquietud, una aventura, un mapa de África  dibujado en mi mente: un sueño que perseguir.

Llegada mi hora prefiero hacer las paces conmigo mismo; que las cosas sucedan como estaban escritas. Morir por morir que sea en el Sáhara.  

Mi demencia y el mapa de África me habían llevado hasta los confines del desierto y allí en lo más hondo de una hakit tuareg, por causalidad que no casualidad, había encontrado a mi Kurtz y había desvelado mi propia historia a través de la de aquel extraño hombre. No le reconocía ahora, no parecía siquiera europeo, pero miré sus manos y vi las mías, sus brazos, sus piernas inmóviles, su rostro y sus cabellos, sus ojos achinados, diminutos. Estaba todo escrito desde siempre en mi mapa de África. Él era yo y yo era también él, aunque más allá de los años, más allá de las épocas: distintas generaciones pero un mismo Kurtz y un mismo Marlow.

Con la llegada del turismo no nos sorprendió la presencia de tantos locos viniendo al desierto a comenzar de cero, a crear algo, a enterrar para siempre una civilización que habíamos contribuido a destruir, para asistir al nacimiento de otra que íbamos a contribuir a crear; a vivir dónde y según está marcado en mi mapa de África. Nos miramos todos y nos reconocimos a través de los siglos, dementes en el manicomio más grande del mundo, lejos de la orilla de enfrente, sin saber qué sucedía en la otra acera, en la calle de al lado, sin saber siquiera adónde íbamos ni por qué, huyendo para siempre del final de una civilización y contribuyendo al final de otra, viajando tan sólo hacia la cordura, indolentes, inoloros, inodoros, insípidos, inhumanos. Hasta que atravesamos un cordón de dunas suaves de arena rojiza y desaparecimos por detrás de ellas, lentamente, sin saber cuánto tiempo pasaría hasta que otros locos nos buscasen, y entre todos matásemos de una vez por todas a Marlow: que nos deje ser Kurtz en paz, que no venga nadie más a buscarnos. Vivir por vivir que sea en el Sáhara. 

Entonces miré el mapa: mi mapa de África que ahora veía distinto; tal vez no había ninguna ruta marcada, ni el nombre de ningún pozo, oasis ni ciudad caravanera. Mi mapa de África volvía a ser un mapa mudo, como lo fue siempre antes de que enloqueciera. Tal vez por eso memoricé de nuevo los contornos de aquella isla en mitad del índico al final de mi mapa de África, y luego procedí a enterrarlo profundamente y para siempre en las arenas del Sáhara, para que nadie conociese la historia, para que nadie repitiese la historia y nos buscase un día por medio continente. En el fondo, me convencí de ello mientras lo enterraba: aquel mapa de África estaba escrito tan sólo en los gestos, en las voces y en las miradas; la vida era un mapa de África inmenso y cada cual debía trazar en él sus propias rutas, y escribir luego los nombres de los pozos, de los oasis y de las ciudades caravaneras. Y ese momento de destruir el propio mapa de África sería el definitivo encuentro con ese diablo de nombre Kurtz: el último viaje al corazón de las tinieblas.

Con el mapa enterré también mi historia personal en el desierto. La vida me ha llevado lejos de aquellas arenas mágicas. No he regresado más veces a mí Sáhara. Tampoco he vuelto a surcar los vastos arenales dónde se esconden todavía otros, pero todas las mañanas del mundo siento implacable sobre mí la dureza del sol antiguo del más antiguo de los desiertos. Y a veces, incluso escucho a lo lejos las voces de aquellos tuareg, que posiblemente nunca fueran míos. Y recuerdo entre tinieblas la sombra alargada de aquel Kurtz que jamás encontré, en aquel tiempo que creí ser el Marlow que jamás he sido.

* Sergi Formentin es periodista. Durante años vivió con los tuareg en el corazón del desierto del Sáhara organizando expediciones a través de los desiertos africanos.



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