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Cita con Rembrandt  

Dana Kriffer

 

Pasear por las románticas calles de Amsterdam, deambular sin rumbo fijo por las orillas de sus canales es, desde mis tiempos de estudiante de Historia del Arte, una asignatura pendiente. Descubrí Amsterdam gracias a los mayores artistas que han nacido en Holanda, Johannes Vermeer, Frans Hals, Rubens, Vincent Van Gogh, Rembrandt Harmensz van Rijn,...  Rembrandt y Rubens fueron contemporáneos y rivales; Rembrandt y Vang Gogh, tan lejanos en los estilos, en la época que vivieron y en la forma de entender la vida como cercanos por su genialidad creadora, única en los seres que son realmente especiales, capaces de legar a la humanidad su sensibilidad -su alma- a través de sus obras.  

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Visitar Amsterdam tiene este año un carácter especial: tropezar con la vida y obra de Rembrandt, uno de esos grandes genios de la pintura barroca. A lo largo del 2006 Holanda celebra el 400 aniversario del nacimiento del pintor originario de Leiden, donde también se realizan diversos actos y exposiciones conmemorativos. No se me ocurre un momento mejor para descubrir por primera vez los viejos canales de Amsterdam, perderme por sus barrios, visitar los edificios que aún se conservan de la época del pintor, como son el Palacio Real y algunas tabernas del siglo XVII, brown cofees -como les llaman los amsterdameses- que, sorprendentemente, aún están en pie; acogiendo en su interior nuevas generaciones de parroquianos que, tal vez, no sospechan que alguna vez uno de los grandes maestros del barroco estuvo tomando unas ginebras entre aquellas mismas paredes.

Los que la conocen afirman que Amsterdam es una ciudad acogedora y liberal. Puede que ello se deba al hecho de ser la cuna de la burguesía europea, tan fielmente retratada por el genio holandés y, seguramente, este carácter es el que perdura hoy día. Rembrandt no se explayó demasiado en el paisaje urbano amsterdamés, pero captó como nadie la personalidad de sus habitantes. A través de su mirada podemos viajar por el tiempo, entrar en las casas de sus conciudadanos, captar la esencia de esta burguesía incipiente que iba tomando posiciones frente al poder de la iglesia, en una época en que Holanda era un imperio marítimo y su bandera ondeaba en los cinco continentes. Rembrandt es mucho más que uno de los mayores artistas de la historia, es también un testigo singular del siglo XVII. Abordó casi todo tipo de temáticas en sus óleos y numerosos aguafuertes, desde paisajes a escenas mitológicas, desde escenas costumbristas a escenas religiosas del antiguo y nuevo testamento, excepto escenas del infierno  -curiosamente la temática preferida de su maestro, Jacob van Swanenburgh-. Pero la singularidad de Rembrandt reside, desde mi punto de vista, en la gran capacidad retratística de este genio holandés y, en especial, en sus autorretratos. Gracias a ellos podemos ver la evolución en la vida y en el pensamiento del artista; a través de estos lienzos descubrimos al joven altanero que hace ostentación de su incipiente riqueza, al aposentado artista y marchante de arte y, a través de una de sus obras más famosas, al viejo abatido, arruinado y desencantado, de mirada melancólica y derrotada.  

Rembrandt y Van Gogh han sido los dos artistas que más autorretratos realizaron. Probablemente nunca sabremos si fue porqué no disponían de modelos suficientes para alimentar su vorágine creadora o si únicamente se trataba de egocentrismo. Precisamente es en el Museo Van Gogh donde podemos disfrutar de la exposición -organizada conjuntamente con el Rijksmuseum- Rembrandt versus Caravaggio. Este duelo entre el genio del claroscuro holandés -que sólo tenía cuatro años cuando Caravaggio murió- y el genio del claroscuro de la escuela italiana, será una de las muestras más interesantes de este cuarto centenario del maestro. Para esta comparativa –realmente apasionante- se han confrontado, por primera vez, 25-30 de las pinturas de gran formato más importantes de ambos artistas.

De manera que este año ya no tengo excusa, ha llegado el momento de viajar a la tierra de los canales y respirar la atmósfera que hasta ahora ha quedado relegada a mi imaginación y a los voluminosos libros ilustrados de arte. Estoy segura que Amsterdam no me defraudará, una ciudad que guarda tantos tesoros sólo puede acogerme con simpatía. Por fin Amsterdam, sus canales, sus tabernas y sus museos están en mi horizonte cercano; Holanda dejará de ser, para mí, una frontera de papel. A la vuelta os lo cuento.         

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