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Ámsterdam, El Día de la Reina en el Jordaan

Joan Biosca / Mercè Criado

La tarde de mi llegada el Jordaan guardaba la misma quietud que recordaba. Las calles empedradas y los canales secundarios vacíos, el silencio acuático llenándolo todo, el agua turbia de los canales empapando el barrio de serenidad. Ámsterdam estaba a punto de perder la compostura y, a sabiendas, disimulaba el delirio que se le venía encima.

Algunas esquinas comenzaban a dar muestras de la que se avecinaba. Con absoluta discreción y naturalidad, la ciudadanía rompía la pulcritud del entorno y, armados con cinta adhesiva y tiza, acotaban espacios en las aceras marcando límites, dibujando fronteras y sacralizando la toma de posesión de unos metros cuadrados del espacio público firmando sobre las baldosas con su nombre. Ámsterdam empezaba a ser invadida por sus ciudadanos. Las calles ya notaban el paso de las horas mientras los canales continuaban como si nada estuviese a punto de ocurrir. Prinsengratch estaba tan adormecido que nadie podía imaginar que este canal fue en algún momento de la historia uno de los principales cauces por los que transitó el poderío económico de la capital holandesa. Los antiguos almacenes -hoy reconvertidos en apartamentos para yuppies-, las pequeñas casas con sus viejas tarjas adornando la fachada, las tiendas de barrio, los comercios mundanos o los restaurantes de diseño parecían bostezar ensimismados.

El Jordaan es un barrio que vive tan cerrado en sí mismo que a veces, sobretodo cuando se pasea al anochecer, se tiene la sensación de que uno no se encuentra en un rincón de una gran ciudad sino en un lugar que no existe, o que sólo existe porque el influjo de su pasado lo han ubicado en un mapa. Nació como barrio obrero, en los límites de las murallas acuáticas que conforman los canales y, cuando se pasea por sus callejones o se cruza de un canal hacia otro sobre los airosos y pequeños puentes que lo ensamblan, nunca te acaba de abandonar la sensación de que la naturaleza de esta zona de la ciudad se expande con disimulo hacia áreas cercanas, hacia otros barrios que se encuentran a medio camino de la beatífica influencia atemporal del Jordaan y la esperpéntica hecatombe turística que traga visitantes y fagocita intimidades. El Jordaan es una isla en el más estricto sentido de la palabra. Rodeado por las aguas del Singelgratch, el Prinsengratch, el Browersgratch y el Bloemgratch, el Jordaan vive encerrado en sí mismo ignorando con circunspección la vorágine turística que se cuece a unos centenares de metros de sus límites. El Jordaan vive a su propio ritmo. Ninguna tienda de recuerdos nos invita a pensar que esta es una de las ciudades en las que el turismo ataca despiadadamente. Ni un solo restaurante de comida rápida y digestión pesada. Ni un solo escaparate repleto de artilugios sexuales. De ningún lugar escapan los aromas del humo de los sueños plácidos.

En esta isla de tierra adentro había decidido pasar las 24 horas más febriles de una de las ciudades más dinámicas de Europa. Tan lejos como me fuese posible de los grandes escenarios musicales y los castillos de fuegos artificiales orquestados por la municipalidad, de las borracheras de todo a cien y de las masas impersonales en busca de juerga a granel. Sentía curiosidad por ver qué clase de mutación haría mi rincón preferido de Ámsterdam cuando el reloj diese la imaginaria campanada que convertiría la capital holandesa en una jaula donde nada es lo que parece y nada parece lo que es. Quería vivir el barrio fundido en su propio ambiente, cocido en su propia salsa. Escaparía de vez en cuando hacia barrios cercanos, sólo para poder comparar como evolucionaban las cosas en la vecindad de mi isla. Contraponer locuras, comportamientos y sentir en piel propia si la personalidad del Jordaan es tan fuerte que se hace cargo de la situación ocurra lo que ocurra en la calle cuando ésta es tomada al asalto por quienes -generalmente- viven en los interiores con las ventanas abiertas de par en par hacia los exteriores.

En las tabernas los murmullos que escapaban de las mesas vecinas le daban al ambiente cierto tono de salón familiar. Cada cual en su mesa o en su rincón de la barra y, fieles a la peculiar filosofía vital de los amsterdameses, los parroquianos ignoraban -o fingían ignorar- cuanto acontecía a su alrededor. Las voces y las miradas centradas en su mundo, en su partida de ajedrez, en la lectura del diario o en la conversación con los amigos, tan discreta que siempre que entro en una de esas tabernas tengo la sensación que penetro en un santuario de confidencias.

Sólo faltaban unas horas para el 30 de abril, fecha en que los holandeses celebran la ascensión al trono de la reina Beatriz. Bueno, en realidad celebran desde el año 1949 el aniversario de otra reina, Juliana. El 30 de abril puede confundirse con un día de exaltación patriótica, con una tradición monárquica, con la celebración popular de un aniversario real, con una fiesta para ejercer la libertad ciudadana. Cada cual puede tomársela como mejor le venga, a fin de cuentas esta es una fiesta que se nutre de la vitalidad y la imaginación de quienes partipan en ella. Cada vez que he tenido oportunidad de vagar por Ámsterdam en esta fecha tengo la sensación de que la ciudad se invade a sí misma para rendirse culto y mirarse sin rubor en su propio reflejo. La capital holandesa coquetea con el mito de Narciso sin complejos, sin ataduras, sin discreción. Ámsterdam se bebe y se come a sí misma, se saborea, se disfruta y se embelesa con arrobado orgullo y sin mesura.

La reina Beatriz en el escaparate, los globos en ventanas, barcos, portales… y el color naranja por todas partes. La ciudad palpitaba a diferentes ritmos. Mientras en algunos puntos de la ciudad la juerga hacía horas que había empezado y los conciertos callejeros expandían la música al aire, en mis rincones preferidos apenas empezaba a puntearse la placidez cromática de las calles con el estridente naranja de las primeras camisetas. Los cotos en las aceras empezaban a llenarse de artículos de todo tipo… ropa superviviente de un fondo de armario, libros que a alguien no le gustaron, restos de un naufragio matrimonial o de una mudanza precipitada. Los secretos de los habitantes del Jordaan empezaban a aflorar, sin demasiados aspavientos, pero con determinación. Me sentía rodeado por docenas de personas expectantes, la mayoría vistiendo ropa naranja, pelucas naranjas, bufandas naranja, gorros de diseños inimaginables más o menos aparatosos también naranja. El ambiente, a aquellas horas de la mañana, era de calmosa expectación. Daba la impresión de que todo el mundo aguardaba una señal para perder el norte y, sin darme cuenta, en algún lugar debió sonar la alarma que lo inició todo.

En el cruce de Herentgrath y Leliegrath una solitaria barca engalanada rompió la quietud e y se inició el embrujo. Los canales habían sido tomados por los invasores. Todo cambió y se precipitó hacia el descontrol. Ámsterdam recuperaba su alma oculta. A partir de aquel momento, cualquier intento de adjetivación estaba condenado al fracaso. La ciudad se metamorfoseó y fue al mismo tiempo muchos lugares diferentes. Fue Ásia en los puestos de comida que algunos vecinos habían instalado para vender lo que salía de la cocina de su casa. También fue el Mediterráneo gracias a los olores de aceite de oliva que desprendían algunas freidoras domésticas instaladas sobre mesas de camping. Y fue Surinam y Jamaica y, por obra y gracia de los turistas que se acercaban a curiosear por las estrechas calles, fue también la torre de Babel.

En los puentes ya no fue ningún lugar conocido del planeta. En ellos, sobre los cruces de los canales, Ámsterdam fue simple y llanamente una locura colectiva. Los puentes se convirtieron en gradas desde las que inmiscuirse en el espectáculo que se desarrollaba sobre las aguas de los canales en los que todo artilugio capaz de flotar navegaba erráticamente llevando la juerga de un lugar a otro. Extraños artefactos que sólo flotaban por misericordia divina y grandes barcazas repletas de gente bailando, compartían risas, embotellamiento acuático, música y chanzas. Lanchones convertidos en plataformas flotantes con orquestas; vetustas barcas de transporte de mercancías trajinando juerga, DJ,s atribulados frente a mesas mezcladoras, corales cantando melodías sincopadas, la estridencia de los gritos, la música y las bocinas de las barcas escapando de la oscuridad de los túneles en los que se habían embotellado y, sobre los puentes, con los pies asomados sobre las aguas, una multitud de peatones que se divertía a costa de quienes festejaban el Día de la Reina flotando canal arriba y canal abajo en un continuo y errático navegar.

Los canales abarrotados, los puentes convertidos en miradores y las aceras atestadas de tenderetes en los que todo se vendía y apenas nada se compraba. Todo confluía para que la ciudad entera se echase a la calle y se riese de sí misma. Los más extraños disfraces, las más variopintas excusas valían para arrancar una sonrisa, a veces de ternura, cuando tropezabas con algún niño frente al portal de su casa ensimismado frente a una partitura de Mozart arrancando chirridos a un violín o con una japonesa que no entendía nada y que, en cualquier esquina, con el mapa de la ciudad desplegado intentaba descubrir el camino hacia vete a saber dónde. El Día de la Reina Ámsterdam no tiene rumbo. De nada vale el mapa ni la brújula, la lógica o las intenciones. Es el espíritu de la ciudad quien te coge de la mano y te lleva de paseo. Si buscas un lugar tranquilo en el que darle un respiro a tus ojos, puede que tropieces con un concierto que no te dejará avanzar durante largos minutos. Si buscas un concierto en el que menear el esqueleto, puede que acabes sentado en una terraza chocantemente vacía con una cerveza en la mano y preguntándote dónde se ha metido todo el mundo.

Frente a alguna taberna se hacía casi imposible caminar y sólo había una forma de desplazarse: dejándose arrastrar por el gentío que deambulaba sin derrotero. Abrevé en algunos oasis aparentemente serenos, que como por ensalmo dejaron de serlo. Disfruté de algunos minutos de calma y éxtasis en la terraza de algún brown cofee que milagrosamente no acogía una muchedumbre en sus alrededores y en el que la cerveza, por algún inexplicable fenómeno de la naturaleza, seguía sirviéndose en los proscritos vasos de cristal en lugar de plástico. Pero fueron espejismos que duraron apenas el tiempo que se tarda en saborearlos. El delirio nadaba por los canales, empapando de euforia todos los rincones, la efervescencia caminaba por los calles, impregnando de frenesí hasta el último adoquín. Ciudadanos e intrusos se agolpan bajo una misma bandera, la juerga, la libertad y… el color naranja. Desde la Estación Central, gente llegada de cualquier rincón de Holanda se desparramaba por la ciudad confundiéndose con millares de turistas. Por un día no había diferentes idiomas ni costumbres. Rostros asiáticos con cara de no entender nada. Altos norteamericanos con cara de no entender nada, jovenzuelos italianos o españoles con cara de no entender nada y holandeses que saben que no hay nada que entender, que sólo hay que dejarse fluir, como el agua mansa de los canales que por un día juega a ser brava.

Al anochecer, mientras el Jordaan se serenaba, y de nuevo se recogía en sí mismo con discreción, otros barrios de la ciudad continuaban viviendo en la inercia, en la resaca de la fiesta que se iba acotando en zonas cada vez más concretas en las que la marea naranja no quería morir. La misma multitud que unas horas antes había desembarcado en la Estación Central, proveniente de toda Holanda, hacía el camino de retorno. Al paso de la muchedumbre en retirada las calles quedaban alfombradas por toneladas de latas de cerveza aplastadas que ponían, al rebotar bajo los pasos del gentío, una curiosa banda sonora que se perdía hacia el ocaso y la luz anaranjada del atardecer que iluminaba la maravillosa fachada de la Estación Central.

Las hordas se retiraban, y tan sólo en algunas calles del Farolillo Rojo continuaban las etílicas escaramuzas de algún grupo solitario que pretendía, sin conseguirlo, estirar unas horas más el único día del año en que la capital de Holanda se deja caer por la pendiente del delirio. Mientras en la plaza Dam la policía intentaba discretamente calmar los ánimos etílicos de los impresentables que siempre acuden a la llamada de la juerga descontrolada, las callejuelas del Jordaan se habían vaciado, la amarillenta luz de las farolas iluminaban cansinamente las cicatrices de la jornada: papeleras cubiertas por montañas de latas de cerveza y vasos de plástico; puestos de venta con los productos abandonados sobre la acera; algún borracho solitario intentando descubrir el camino hacia su casa; globos naranjas y banderolas colgando desmañadamente de las fachadas… Restos de un colosal naufragio sobre las aguas de los canales y barcas que daban un último paseo con la tripulación agotada luciendo vasos de café en las manos y cierta opacidad de añoranza en la mirada por la fiesta recién terminada. Ámsterdam intentaba, perezosamente, recobrar la normalidad.




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