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Italia
Lago di Garda

Texto Mercedes Criado - Fotos Joan Biosca

 

Visto en el mapa de carreteras, el Trentino -esa región del norte italiano tan cercana a las culturas centro europeas- es un laberinto de desfiladeros y ciudades que parecen ancladas entre dos mundos distintos: el de las serenas aguas lacustres y el del recio granito de las estribaciones dolomíticas. Nos encontramos en una región alpina con un marcado carácter meridional y el sello latino lo encontramos en la afabilidad del carácter de sus habitantes, en la rica gastronomía, en el arte y en la tormentosa historia que abraza cada pueblo y cada cumbre de esta agreste región italiana.

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La costa del lago Garda está salpicada de pequeños pueblos en los que la vida transcurre a caballo de la calma propia de los lugares ribereños y de la vorágine cultural y lúdica de las estaciones balnearias. En las riberas y las laderas de las montañas y valles que lo circundan abundan los palacios renacentistas o barrocos, vestigios romanos, castillos y fortalezas medievales y ciudades como Trento, Rovereto o Desenzano en las que se comprende que en estos entornos se escribiese la historia de Europa desde las épocas de los patricios romanos.

Una mirada detallada al mapa de carreteras -punteado de lagunas, desfiladeros, bosques y pueblos ribereños- presagia que este paisaje es un lugar de cambios inesperados. De vez en cuando, rompiendo el horizonte, el blanco de las moles nos recuerda que estamos en el corazón de las Dolomitas, las montañas que fueron definidas por Le Corbusier como “la obra mas bella de la arquitectura”. La carretera avanza sorteando paredes escarpadas en medio del océano verde que pintan los viñedos. Las murallas graníticas de las estribaciones alpinas quedan salpicadas por bosques de abetos y el reflejo de las siempre presentes lagunas y riachuelos que alimentan al Garda rompen, con su azul, la insistencia de verdes de este paisaje cuajado de historia y romanticismo. El mismo panorama que fue elegido por la aristocracia de otros tiempos para erigir las estaciones termales más afamadas de Europa o palacios en medio de paisajes que semejan las ilustraciones de cuentos infantiles de otras épocas.

Trento, alejada algunos kilómetros de las orillas del Garda, es una ciudad de encuentros históricos que, entre callejones adoquinados y palacios renacentistas, guarda un alma humana. La vanidad histórica recuerda que fue esta ciudad y no otra la escogida para la celebración del Concilio de la Reforma Católica. De elegir una virtud que englobe la naturaleza de Trento sería la serenidad, el ritmo sosegado que transcurre por sus callejuelas y la calma que emana de las cafeterías que se arraciman en la plaza del Duomo, donde se congrega la ciudadanía para, al abrigo del rumor de la fuente de Neptuno, saborear un temprano capuccino con que levantar el ánimo por la mañana, o una copa de espumante muy fría para desperezar el espíritu a medio día. Trento tiene alma de ciudad asediada, así lo recitan sus murallas, fortalezas y blasones.  Su espíritu cosmopolita se refleja –como en todas las poblaciones ribereñas del Garda- en el amor por las tertulias en espacios abiertos y en la profusión de plazas y rincones ajardinados tan propios del Mediterráneo y que parecen un poco fuera de contexto en estas latitudes. Pero ya hemos apuntado que el Garda tiene el espíritu mediterráneo, por más que los Dolomitas se enseñoreen del horizonte.

Arrimadas a las aguas del lago Garda surgen poblaciones ribereñas que parecen sacadas de un cuento medieval: Riva de Garda amanece cada día bañada por el aroma de los olivos, limoneros y camelias que trepan por sus faldas escarpadas. Arco, se recorta contra un cielo insolentemente azul perfilado por la estampa de sus palacios renacentistas. Dro, baña su anciana naturaleza en la indómita belleza del río Sarca, presidida por la mole de su castillo medieval. Drena, antiguo cruce de caminos entre el mundo latino y la cultura germana, asemeja una villa tirolesa envuelta en el contraste de los palmerales. Torbole Nago, tal vez la más sugestiva de todas, refleja en las aguas del lago esa estampa de pueblo pescador que tanto conmocionó a Goethe. Desenzano, fundada en la época romana guarda en su atmósfera los recuerdos de haber sido un importante puerto comercial en el siglo V y la sede de uno de los mayores mercados de cereales de la época. Saló, escondida en medio de un encantador golfo y repleta de vestigios romanos. Sirmione, ubicada en una romántica península que se adentra en el lago, y abrazada por la colosal muralla que la defendió a lo largo de su azarosa historia, es hoy uno de los centros termales más afamados de la región. Impulsada durante largo tiempo a mantener el frente durante la Gran Guerra, Rovereto mantiene una profunda vocación por la paz. Una paz que anuncia cada atardecer en su campana forjada en 1925 con el bronce de los cañones de las 19 naciones participantes en la Primera Guerra Mundial.

Pero Garda, no monopoliza el contraste de lo azul en el paisaje. Las brisas que bañan las poblaciones ribereñas del lago de Caldonazzo, que cada atardecer se llenan con el tañido de los campanarios medievales y el olor a leña ardiendo en las chimeneas o el incesante caudal de los torrentes que descienden hacia el Valle di Sole son también parte del alma del Garda. Esta región es una tierra de contrastes donde la sorpresa aguarda en el más insospechado rincón.

 

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