inicio
sumario
viajes
galeria
miradas
flash-news
info práctica
diarios de viaje
links

México
Michoacán, donde duermen las mariposas monarca

Joan Biosca

Encendí un cigarrillo más y en la húmeda noche mediterránea de Barcelona, busqué en la memoria migas de un lejano viaje a Michoacán. Afloraron sin orden la historia contada por un indio tarasco en las faldas del Volcán Paricutín; el aleteo de las redes de pesca en un amanecer brumoso mientras flotaba en el lago Patzcuaro y el aire liviano que apenas se dejaba respirar en las montañas de Angangueo, la residencia de verano de las mariposas Monarca. Brotó, sin pedírselo, el aroma de café de puchero sorbido en la madrugada de un mercado y el sabor a maíz de las enchiladas en un comedor popular de Morelia y, abruptamente surgió desde el fondo de mi garganta, el ardor del tequila apurado de un trago en una cantina de nombre desconocido, tan llena de humo como de risotadas etílicas.

 

.

Una cosa llevaba a la otra, una imagen me trasmitía el sopor de medio día en Patzcuaro y la siguiente me llevaba al brumoso amanecer en las orillas de un lago de idéntico nombre. El aire parecía detenido y pude distinguir el chapoteo de redes cayendo sobre las opacas aguas desde las minúsculas embarcaciones, mientras las voces de los pescadores -chachareando mientras trajinaban peces del lago a las barcas- daban dimensión real a la fantasmagórica escena.  A Janitzio,  -el hogar de los pescadores del lago Patzcuaro- la llaman isla, pero en realidad es un peñón al que trepa trabajosamente un pueblo medio adormencido. Las redes puestas a secar sobre las paredes encaladas, los portones y contraventanas pintadas de azul, las terrazas tupidas de macetas y las barcas amarradas en el embarcadero, creaban la ilusoria sensación de estar en un rincón mediterráneo. A Janitzio sin embargo, le faltaba el olor a mar. Los destellos hipnóticos de las imágenes proyectadas en la pared me llevaron de paseo y, sin tener control de lo que ocurría, aquella noche la imaginación se activó y afloraron recuerdos archivados en los rincones felices de la memoria. Volé con las mariposas Monarca por las laderas de los montes más románticos de México, donde la naturaleza juega al escondite con la capacidad de comprensión de los urbanitas y los insectos se enseñorean del paisaje y el aire. Román, un enjuto anciano montañés de aspecto bonachón y andares de cabra montés, cuidaba de que no me extraviase en El Llano del Toro. Era un hombre ascético en los gestos y las palabras, sus manos apenas aleteaban para señalar alguna mariposa que revoloteaba estúpidamente a nuestro alrededor. Avanzaba la mañana a medida que ascendíamos por el sendero, entre los bosques de pinos que crecen a tres mil metros de altura. El aire se hacía liviano y las mariposas aprovechan el sol y las corrientes térmicas para volar formando nubes de color anaranjado entre los claros de los bosques. Goteaban exhaustas desde las ramas de los árboles en que se arraciman por millares, hacia el suelo, como hojas secas. El cuerpo de Román, como el mío, pronto se convirtió en un campo de aterrizaje tan bueno como cualquier otro y para cuando llegamos a la zona más próxima al núcleo de la colonia, estábamos mimetizados con el entorno. Todo, incluido nosotros, estaba cubierto por una densa masa anaranjada. Las Mariposas Monarca daban fin a su fiesta anual apareándose hasta el agotamiento para crear una nueva generación que continuase la ancestral y arcana tradición migratoria que se repite cada año, cuando antes de la llegada del frío invernal más de 20 millones de mariposas viajan desde Canadá hasta México, volando a lo largo de 5.000 kilómetros hacia el sur para veranear y procrear en las mismas montañas que lo hicieron sus antepasados. Una ambulancia con prisas aulló en un cruce cercano. Mientras el viejo proyector llenaba la pared de brillos mexicanos, las imágenes pasaban con un chasquido mecánico y la ventana abierta a Michoacán me llevó de los ojos cansados de la anónima mujer que lavaba ropa en un arroyo, a la pose marcial de un borrachín al que pillé in fraganti en una vacía taberna: el sombrero calado hasta las cejas y la sonrisa hipada de aguardiente. Miradas, manos, calles silenciosas, recuerdos cargados de historias cotidianas, tal vez vulgares y por eso mismo especiales, imágenes que despertaban el recuerdo, y la añoranza.

 

como ir        más info

www.fronterasdepapel.com

fronterasdepapel@gmail.com