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Los Brown Cofees de Ámsterdam

Joan Biosca

 

Los Brown Cofees (cafés marrones) de Ámsterdam, llamados así por estar ennegrecidos por el humo del tabaco y el paso de los años, no poseen el aire de falsa intelectualidad de los cafés de París, ni infunden ese respeto casi reverente de los cafés de Viena, ni tampoco desprenden el aura de nostálgica decadencia de los salones de té de Venecia. Su temperamento se descubre en la calidez de su atmósfera hogareña y acogedora. Son locales donde uno puede enterrar la nariz durante horas entre las páginas de un diario o disfrutar del placer de una partida de cartas entre amigos y caras conocidas.  

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Los Brown Cofees son espacios en los que el ambiente va mutando a lo largo del día. A primera hora de la mañana se convierten en el punto de encuentro de las madres que acaban de dejar a sus hijos en la escuela, o el lugar en el que, abrazados a una taza de café negro, se despereza algún profesional liberal del barrio mientras ojea entre bostezos el periódico. A mediodía se llenan de una clientela que se lanza ávida hacia los menús sencillos y contundentes. Al caer la tarde son los estudiantes quienes toman posesión de las salas y las partidas de ajedrez se mezclan con las carcajadas, mientras el aroma de la cerveza comienza a inundar el local. Pero, sin duda, la mejor hora para adentrarse en las intimidades de estos cafés es después de la cena, cuando la clientela más tradicional abandona su hogar y se va de tertulia a su local preferido, siempre cercano a casa, en el que se encuentra con los vecinos y los amigos. Entonces, los susurros de complicidad, las sonrisas de reconocimiento y los guiños de familiaridad se adueñan de la atmósfera y transfieren a las paredes la verdadera personalidad de estos cafés, que reflejan en su decoración y en sus ecos el alma de sus parroquianos.

Algunos como t´Gasthuys o Lokaal´t Loosje acusan la influencia del cercano Barrio Rojo en los rostros sin afeitar, los brazos tatuados y las miradas esquivas de sus clientes. Otros como Oosterlig, una antigua destilería afincada en el distrito residencial del sur, y fuera del alcance de las rutas turísticas, conserva el genuino ambiente de taberna de barrio. Unos cuantos pagan el tributo de la fama y, para desgracia de los feligreses de toda la vida, se convierten en lugar de paso de turistas sin consideraciones, como el centenario Hoppe en la plaza de Spui, cuyas velas y suelo alfombrado de serrín, despiertan la melancolía de aquella Edad de Oro del siglo XVIII. Pero siempre es posible descubrir alguna taberna que al abrigo de un discreto callejón alejado de las zonas turísticas ha logrado pasar inadvertida. Este es el caso del In de Wildeman, levantado en el S. XVII, que reúne una carta con más de 100 cervezas diferentes. O el Henn Prouvin, otro superviviente del XVII, con una carta de más de 500 vinos o el T´Smalle  que acoge una clientela devota del jazz; otro recóndito incunable es el Het Hok, cerca de Rembrandtsplein, el lugar adecuado para practicar eternas partidas de backgamon.

Callejear sin rumbo por las calles esperando que la fortuna te regale, con el descubrimiento de otra barra de madera en la que robar -sin disimulo- un retazo de intimidad de esta ciudad, es otra forma de percibir la personalidad de Ámsterdam. Siempre al arrullo de las aguas de los canales, siempre con el olor de las viejas historias que impregnan las paredes de los Browns Coffes, donde se esconde una porción del alma de esta ciudad.

 

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