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Croacia, Patrimonio de la Humanidad
Reportaje: Joan Biosca / Mercè Criado


Dubrovnik

Una fina llovizna me recibió apenas crucé la puerta de Ploce. Las losas que pavimentan Dubrovnik brillaban devolviendo al aire la amarillenta luz de las farolas. A lo largo de la calle Svetog Dominika la calzada, enfajada entre las murallas medievales y el sobrio Monasterio de los Dominicos, descendía describiendo una amplia curva hasta llegar al Palacio Sponza. A mi izquierda se estiraba, implacable, la alta muralla de la ciudad, la que antaño protegió Dubrovnik de las invasiones por mar y que custodia el viejo puerto y los antiguos astilleros, aquellos en los que se fabricaban los apreciados galeones construidos gracias a las plantaciones de cipreses que en tiempos poblaban las colinas cercanas a la ciudad. Bosques de cipreses plantados por los propios ciudadanos a los que la ley de la República de Dubrovnik obligaba a sembrar un mínimo de 50 cipreses a lo largo de su vida. Esos serían los árboles con los que la floreciente industria naviera del siglo XVI se abastecería de materia prima para enriquecer una ciudad envidiada y deseada por las vecinas potencias económicas y militares de la época.


Calle Svetog Dominika
A la derecha el Monasterio Dominico

Escaleras de la muralla desde el acceso cercano
a la puerta Ploce

Puerto de Dubrovnik visto desde la muralla
Al fondo -a la derecha-, los antiguos astilleros, hoy reconvertidos en un restaurante

Tras dejar atrás el pequeño puerto, imaginando la cadena que antiguamente se izaba todas las noches en sus aguas para proteger la dársena de visitantes indeseados, alcancé la calle Stradun. Esta arteria, que en tiempos era un canal navegable que cercenaba la ciudad en dos mitades, dejando en el lado mar a los esclavos y en el lado montaña a los hombres libres, marca la personalidad de Dubrovnik. A la derecha se agrupaban los barrios y casas populares, salvando la fuerte pendiente gracias a empinadas escaleras que se pierden en callejones estrechos y umbríos. A la izquierda los barrios ricos, en los que los acaudalados mercaderes y los nobles construyeron palacios, y en los que la influencia y necesidad de la cristiandad por marcar las diferencias y los límites del cercano Islam del Imperio Turco abarrotaron de iglesias, conventos, ermitas y una catedral barroca que, con sus impresionantes dimensiones, parece fuera de lugar en el exiguo espacio de una ciudad aprisionada por altos muros de piedra caliza, comprimida por las colinas que la limitan y enfajada por un Adriático que fue a su vez fuente de expansión y vía de entrada de invasores.


Plaza Luža. A la derecha la Iglesia de San Blas y frente a ella la Columna de Roldán.
A la izquierda el Ayuntamiento, seguido del Palacio de los Rectores
Turistas en la calle Stradun
Terrazas en la calle Stradun

La calle Stradun, eje comercial de Dubrovnik

El silencio y la quietud que me había acompañado en mis primeros pasos por la ciudad, el engañoso sosiego que sentí cuando inicié mi paseo por la calle Svetog Dominika, desapareció por completo en cuanto crucé el arco que da acceso a la Plaza Luža, junto el antiguo campanil que le da nombre, y a la Iglesia de San Blas, el patrón de la ciudad. Frente a mí se estiraba la calle Stradun que moría, o nacía, en la Puerta de Pile, la principal puerta de entrada; a mi izquierda una corta calle llevaba hasta el soberbio Palacio de los Rectores y, por todos lados, un sarpullido de terrazas repletas de turistas marcaban el final de mi sosegado paseo. La cacofonía de los visitantes que habían tomado la ciudad al anochecer, inundando las terrazas de las cafeterías y los innumerables restaurantes que abarrotan el caso antiguo, hizo mella en el romanticismo con que las empedradas calles me habían empapado hacía unos pocos minutos.

Calle Stradun, vista desde la puerta Pile.
A la izquierda el Monasterio de los Franciscanos.
Al fondo el Campanario de la ciudad
Calle Stradun

Palacio de los Rectores,
también conocido como el Palacio del Gobernador

La Torre del reloj, o Campanario,
vista desde la Iglesia de San Blas
Detalle de un capitel del claustro
del Monasterio de los Dominicos

Pozo del patio del Monasterio de los Dominicos

Claustro gótico del Monasterio de los Dominicos

Callejón del antiguo barrio noble de la ciudad

Bar en las escalinatas
del barrio de los esclavos

Dubrovnik, la ciudad más deseada del Adriático desde tiempos inmemoriales, la que había sucumbido mil veces a invasiones, ocupaciones y destrucciones, la que aún a pesar de su trágico pasado permanecía impasible al desánimo de una historia cuajada de violencia, se mostraba aparentemente derrotada por el éxito de ser una de las ciudades más bellas de este lado del charco Mediterráneo y, también aparentemente, al fin había sucumbido a su destino. Los invasores que llegaban de los cinco continentes no portaban armas en sus cinturones; los barcos que navegaban las aguas al abrigo de las épicas murallas no cañoneaban despiadadamente la ciudad; los hombres no se aprestaban al combate mientras las mujeres y los niños se refugiaban en el interior de iglesias y catedrales. Los invasores lucían sonrisas beatíficas y los habitantes de la ciudad, lejos de correrlos a bastonazos, aceptaban de buen grado la entrada masiva de gentes provenientes de lugares lejanos, con idiomas extraños y usos absolutamente incomprensibles. Lo que no pudieron extintos y belicosos imperios, lo que no lograron ni otomanos, ni genoveses, ni venecianos, lo habían conseguido por la fuerza del amor por la belleza millares de turistas que compartían una única cosa: la embriaguez que produce pasear una ciudad anhelada por todos y conseguida casi por nadie. Dubrovnik, al fin, estaba tomada, aunque no rendida.


Calle Antuninska

Viviendas en la calle Stradun

No pasarían demasiadas horas hasta que los modernos invasores regresasen a sus cuarteles, a los hoteles de la periferia que les alojaban o a los barcos que, anclados en el puerto de la ciudad moderna, al otro lado de la colina, esperaban a las tropas para proporcionarles descanso. Un descanso imprescindible, ya que pasear por esta ciudad requiere grandes dosis de energía. No son, como podría parecer a primera vista, sus empinadas callejuelas ni los millares de escalones que uno tiene que sortear para perderse en los vericuetos de la historia de la ciudad lo que agota a los visitantes. Muy al contrario, es la propia historia de Dubrovnik quien agota los ánimos. Es esta ciudad la que canaliza con un primer impacto lo que el viajero podrá sentir a flor de piel los días que dedique a explorar el litoral dálmata. Una región que, con demasiada frecuencia, los turistas deambulan sólo con el ansia de descubrir playas solitarias, olvidando que los caminos y calles de cualquier ciudad atesoran en el polvo y las grietas retazos de la historia de Europa. Un legado cultural e histórico que Dalmacia ha ido absorbiendo, como una esponja de capacidad infinita, de cuantos se han enseñoreado de ella.


Detalle del lateral superior de la Catedral de Dubrovnik


Detalle del reloj del Campanario de la Ciudad

Detalle de la Columna de Roldán (Orlando), frente a la Iglesia de San Blas, en la Plaza Luža

Calle Stradun por la noche. Al fondo el Campanario de la Ciudad

Dubrovnik era el punto inicial de mi periplo por algunos de los enclaves de Croacia que la UNESCO ha tenido el buen criterio de clasificar como Patrimonio de la Humanidad y preservar para generaciones venideras. Ya era noche cerrada cuando desistí de mi incursión por la vieja Dubrovnik. Me había olvidado de las miríadas de turistas; sólo los más jóvenes permanecían aún en algunos locales nocturnos en los que, probablemente, la noche no acabaría hasta el amanecer. Los enamorados robaban rincones a las sombras. Algún paseante arrobado, como yo mismo, rompía el silencio de la noche con sus pasos. Las farolas seguían estirando las sombras. Dubrovnik, a pesar de todo, seguía siendo la ciudad indómita y orgullosa, la deseada por todos, la alcanzada por casi nadie. Dejé atrás la Puerta de Pile, la Iglesia de San Salvador, el Monasterio Franciscano que alberga la farmacia más antigua de Europa, y la impactante Gran Fuente de Onofrio -la que en tiempos suministró el agua potable a la ciudad-, y deambulando por los ya solitarios callejones del barrio noble de la ciudad hasta llegar, en el extremo contrario de la ciudadela, a la Pequeña Fuente de Onofrio, el faro que marcaba mi recorrido de regreso hacia la puerta sur de la ciudad, la misma que había cruzado unas horas antes. Di la espalda a la estatua de la Columna de Roldán que, a los pies de la Iglesia de San Blas, parecía despedirse de los últimos que abandonábamos las luces que iluminan profusamente la monumentalidad de Dubrovnik para resguardarnos en las sombras que conducen al puerto y, finalmente, a extramuros. No quise mirar atrás cuando crucé el puente levadizo que cerraba antiguamente la ciudad. Ni siquiera cuando llegué a mi hotel quise regalarme una mirada a las murallas desde los ventanales de mi habitación.


La Gran Fuente de Onofrio

La Pequeña Fuente de Onofrio

Calle Svetog Dominika iluminada por las farolas

Yo aún no lo sabía, pero Dubrovnik me había conquistado cuando yo la creía vencida por los turistas de videocámara y shopping compulsivo. No fue hasta el alba que tomé consciencia de mi derrota, cuando apenas había dormido cuatro horas y la ciudad me llamó desde las murallas. Abrí la cortina de mi habitación y allí estaba ella, sonriendo bajo la luz de una tormenta que nunca llegó a estallar, llamándome, invitándome a pasear por sus altas murallas en la soledad que sólo se obtiene en esta ciudad si se aprende a conocerla en silencio, sin demasiados aspavientos y con la piel preparada para escuchar sus susurros al amanecer, o cuando sólo quedan en sus calles algunos borrachos, algunos enamorados y algunos viajeros que no encuentran el norte porque están rodeados de demasiados sures. Muy temprano, cuando apenas habían abierto los accesos a las cumbres de la muralla, circunvalé la ciudad, siempre con la mirada perdida hacia su interior, hacia las rojas tejas de sus tejados y los estrechos callejones que la cuartean, hacia las afiladas torres de los campanarios de las más de 40 iglesias que la salpican y hacia los patios secretos de los palacios. Comprendí entonces que Dubrovnik no tenía razón de ser sin sus murallas. Comprendí que, incluso durante el brutal asedio de 1992, los habitantes del casco antiguo de esta ciudad se negasen a abandonarla por más que fueron cañoneados desde las cercanas colinas. Comprendí la ansiedad que esta ciudad ha procurado a cuantos se han asomado a mirarla, y el deseo incontenible de poseerla o destruirla. Abandoné Dubrovnik cuando el sol empezó a calentar más de lo que mi piel estaba dispuesta a admitir. Lo hice casi al mismo tiempo que los autocares empezaban a vomitar su carga cotidiana de turistas, y enfilé hacia Ston, la siguiente parada de mi recorrido por el Patrimonio UNESCO croata. No pude evitar, ya en lo alto de una colina, detener mi coche y lanzar una última mirada a la ciudad. No lo sentí como una despedida, tan sólo como un: Hasta la vista. Imagino que exactamente igual que todos aquellos que la han paseado en silencio y escuchado los susurros de esta ciudad indomable.


La ciudad histórica de Dubrovnik vista desde la muralla
La fortaleza Lovrijenac, vista desde las murallas, defendía la parte occidental de la ciudad y su antiguo puerto

Apenas a 45 Km. de Dubrovnik en dirección a Split -la siguiente etapa de mi viaje por el Patrimonio de la Humanidad de Croacia-, se encuentra Ston, presumiendo de sus espectaculares murallas y de las salinas en activo más antiguas de Europa. Las murallas, edificadas en el siglo XIV para proteger las salinas de esta pequeña población, enlazan con Mali Ston, su hermana del otro extremo de la costa en la Península de Pelješac. Desde Ston se extienden impertérritas estas majestuosas murallas de más de 5 Km. de longitud. Catalogadas como las segundas más largas del mundo después de la Gran Muralla de la China, trepan monte arriba hasta perderse de la vista en la cumbre para luego descender hacia la costa de Mali Ston, al otro lado de la montaña. Las murallas y Mali Ston fueron construidas simultáneamente. Las primeras protegían las salinas, de vital importancia durante la Baja Edad Media, mientras que desde el pequeño puerto de Mali Ston -una adormilada población costera a orillas del Adriático-, la sal era exportada a los confines del mundo conocido.


Ston visto desde la muralla. Al fondo, a la derecha, las salinas

Las murallas de Ston escalan la colina que separa esta población con la costera ciudad de Mali Ston

Sv. Nikola, en Ston

Isla cerca de Mali Ston

Trepar por la empinada muralla no es tarea fácil cuando aprieta el calor, pero la visión general del conjunto que se obtiene desde la torre de defensa, situada en la cumbre, bien merece el esfuerzo, más si se tiene en cuenta que si bien Mali Ston ha perdido el valor estratégico y comercial que tuvo en sus tiempos de esplendor, es hoy en día un lugar perfecto para disfrutar de la gastronomía local y, en especial, de las formidables ostras que se cultivan en este pequeño retazo del Adriático, tan encalmado y encerrado entre montañas que casi parece un gran lago. El cansancio, el hambre y un buen consejo me hicieron para en el restaurante Vila Koruna, donde di cuenta de una docena de ostras procedentes del vivero del propio establecimiento, y aproveché para cargar unos kilos de flor de sal procedentes de las salinas de Ston, con la esperanza que atavíen mis modestas dotes culinarias con un poco de sabor histórico y romántico.


Ston visto desde las murallas con las salinas al fondo

Split vista desde la torre del campanario de la Catedral de de San Duje (o San Domnius)

Split fue la siguiente parada en mi recorrido por el particular Patrimonio de la Humanidad de Croacia. Allí me esperaba la mezcla de historia y leyenda imprescindible para recargar las pilas después de haber paseado hasta el agotamiento la romántica ciudadela de Dubrovnik e imaginar hasta qué punto la sal -verdadero oro blanco- era de vital importancia para la conservación de los alimentos de nuestros antepasados europeos. Split y la historia del Emperador Diocleciano, el hombre que nacido en el seno de una familia humilde de la Dalmacia interior alcanzó el más alto cargo que nadie podía ostentar en la época del Imperio Romano, me aguardaban en el laberíntico trazado de calles del gran Palacio de Diocleciano. Palacio que se fue transformando en ciudad a lo largo de los siglos, mutando estilos arquitectónicos, cambiando de dioses, idiomas, costumbres y amos, sobre los cimientos de la última morada de un hombre que alcanzó la cumbre del poder desde la nada.

 


Junto a la Puerta de Hierro, torre romana reconvertida en campanario, también conocida como la torre del reloj

Detalle del Peristilo
del Palacio de Diocleciano

Maqueta del casco antiguo
de la ciudad de Spli
t

 


Fachada junto a la Puerta de Bronce
del Palacio de Diocleciano


Ayuntamiento de la ciudad, en la ‘Pjaca'

Representación artística del Palacio de Diocleciano.
Entre sus murallas hoy se extiende la ciudad histórica de Split declarada Patrimonio de la Humanidad

Penetrar en Split cuando la noche se ha apoderado de la ciudad resulta engañoso. Amplias y modernas avenidas reciben a los visitantes. Comercios iluminados, profusión de carteles de dirección y un tráfico bastante denso no hacían más que confundir mis sensaciones y mi sentido de la orientación. Esperaba topar con las altas murallas que antaño protegían el casi sagrado hogar de uno de los emperadores más singulares de Roma y no hacía más que, sin apercibirme de ello, dar vueltas erráticas a la sombra de las legendarias piedras y de la memoria del Emperador que, sin proponérselo, fue el responsable del extenso santoral con que los católicos adornan día a día el calendario. La pasión con que Diocleciano se dedicó al extermino de los cristianos convirtió en mártires a un número inestimable de seguidores de la entonces considerada secta peligrosa. Años después de la muerte de Diocleciano, y con los cambios de orientación política y religiosa que imprimió al Imperio Romano el Emperador Constantino, los cristianos terminaron por acceder a las influyentes esferas cortesanas de Roma y, según algunos historiadores, inflaron las cifras de mártires de la cristiandad hasta cifras irreales elevando a los altares a muchos acólitos que fueron asesinados en los lúgubres sótanos del Palacio del Emperador Diocleciano que, por lo que cuentan, aún en su dorado retiro continuó con la práctica, por otro lado común en la época, de deshacerse de cuanto cristiano que se le ponía a tiro.

Turistas bajo el sol en la plaza Poljana Kraljice Jelene
Busto del Emperador Diocleciano en los sótanos del Palacio
Galería de acceso a la Ciudad Histórica
en el Palacio de Diocleciano

Vista lateral de Narodni trg o ‘Pjaca'

Como ocurre con frecuencia, no es hasta bien entrada la noche cuando la atmósfera de la ciudad antigua recupera su ritmo y su pulso real. Cuando las calles han quedado vacías, los monumentos han apagado los focos que los iluminan, las tiendas han echado el cierre y los turistas han regresado a sus hoteles. Es entonces cuando hay que salir a perderse por las callejuelas del barrio antiguo, tal vez cenar en la terraza de alguna taberna o tomar una última cerveza en algún bar que en sus sótanos aún mantiene muros erigidos por los romanos. Las losas desgastadas por el paso de los años brillan como recién mojadas, como si la lluvia las hubiese acharolado permanentemente. Losas que han sido pulidas desde hace dos mil años por el paso de las sandalias de legionarios y mercaderes; por los pies descalzos de los esclavos que transportaban patricios en baldaquines o acarreaban mercancías desde un extremo de la ciudad al otro; por los finos zapatos de los mercaderes venecianos o genoveses; por las recias botas negras de los soldados de Napoleón o del ejército de Hitler… Estremece pasear por calles enlosadas por las mismas piedras que cubrieron los suelos de las calles de este desaparecido palacio. Deambular absorto desde la Puerta de Oro, la puerta principal del Palacio, hasta la Puerta de Bronce -la que estaba reservada exclusivamente al Emperador y su familia-, junto al embarcadero en el que atracaban las trirremes procedentes de Roma y que descargaban el codiciado vino de Hispania y los finos mármoles de Egipto, o se exportaban las maderas de los frondosos bosques dálmatas y las preciadas piedras de las cercanas canteras. Caminar por las acharoladas losas descubriendo a cada paso retazos de la historia de esta ciudad, vestigios romanos, griegos, egipcios, genoveses o venecianos hasta atolondrarse definitivamente junto a la Puerta de Hierro, al oeste, la puerta más vigilada por la guardia, junto a la Puerta de Bronce, y en cuyos alrededores se mantienen, inexplicablemente, restos de todas las épocas, apuntalados unos junto a otros, arropándose entre sí y declamando la naturaleza de la ciudad de la que forman parte. Es junto a esta puerta donde mejor se pueden admirar los restos de las sólidas murallas romanas, y también el mejor barroco veneciano en la Catedral de de San Duje, adosado a los capiteles corintios que jalonan columnas labradas en el antiguo Egipto. El eclecticismo hecho Arte por obra y gracia del caprichoso azar.


Detalle del Peristilo (patio interior del Palacio), junto al campanario de la Catedral

Diocleciano erigió mucho más que un palacio. Fue una segunda capital del Imperio lo que construyó una vez decidió jubilarse. Los susurros de mil intrigas, misterios y conspiraciones aún retumban en los sótanos del Palacio. Misterios que han perdurado hasta nuestros días. El Emperador levantó su sueño de piedra en las costas de su patria. Tras él, y aún mucho tiempo después de que se extinguiera el Imperio que dirigió, otros reyes y otros reinos se encapricharon de la ciudad y de su estratégica ubicación. Diferentes imperios se fueron apoderando de Split, cambiando su fisonomía y alterando sus límites al derribar las murallas, modificando con sus aportaciones el espíritu primigenio de la ciudad.

Guardia romana de pega y turistas en el Peristilo

Calle junto al Peristilo del Palacio de Diocleciano

Restaurante en un callejón de Split

Fachada veneciana en Split

Cuando Split duerme, la memoria visceral de la ciudad despierta los umbríos palacios renacentistas -apenas iluminados por unas pocas farolas-, que parecen intercambiar secretos con los restos de las colosales rocas que sostuvieron templos dedicados a dioses paganos. Los bloques que aún aguantan el arco de la Puerta de Hierro les guiñan el ojo a los mármoles de la Catedral de San Duje, la que sujeta, o tal vez es sujetada, por las rústicas y primorosamente bien ensambladas piedras que dos mil años atrás sirvieron para proteger el sueño de un emperador jubilado, y que dieron sombra y cobijo al corazón del Imperio Romano.

Calles empedradas de la ciudad histórica de Split.
La mayor parte de las losas pertenecen al periodo romano y formaron parte de las calles del Palacio

Del antiguo Palacio de Diocleciano se conservan en bastante buen estado las ciclópeas murallas exteriores, la Puerta de Bronce -antigua entrada marítima a palacio-, restos de algunos templos y, sobre todo, los inmensos sótanos que fueron utilizados como almacenes y mazmorras. Es imprescindible pasear por la ciudad con una reproducción del Palacio de Diocleciano a la vista. No hay otra forma de no perder el norte en este entramado, y no olvidar que en todo momento nos hayamos callejeando por la que fue residencia del Emperador. Los edificios que conformaron el Palacio desaparecieron hace siglos, las calles privadas de los cortesanos, sus villas y palacios cayeron bajo la piqueta de nuevos amos que construyeron toda suerte de templos y casas señoriales, de barrios para acomodar la creciente población que optaba por vivir bajo la protección de las murallas. Las piedras casi parecen fundirse, casas venecianas que conservan muros romanos, templos dedicados a Apolo en los que más tarde se adoró a un dios crucificado, restos de frisos romanos, trabajos en piedra genoveses y, por todas partes, enormes losas que fueron las mismas que pavimentaron las calles de un espléndido palacio. Rocas sobre las que se adoraron dioses de nombre olvidado ahora guardan sagrarios. Ecos que se perdieron, ahora retornan con inusitada fuerza. La ciudad parece no hacer caso del paso de los tiempos, existe a pesar de todo y de cuantos sobre ella han vivido, luchado o comerciado. La historia de Split es un compendio de la historia de Europa, de una historia que empezó a escribirse cuando el mundo era tan pequeño que empezaba y terminaba en las orillas de ese Mediterráneo tan manso y convulso a un tiempo.


Algún lugar de la costa del Adriático entre Dubrovnik y Split

Muy cerca de Split Croacia me deparaba una nueva sorpresa: Trogir, una pequeña ciudad cuajada de historia y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997. Un par de pequeños puentes han eliminado la insularidad de Trogir, fundada por los griegos en el siglo III a.C.; uno de ellos la une con la Isla de Ciovo, y el otro la ha dejado enlazada al continente, convirtiendo el canal que la separaba de éste en una de las marinas más importantes de Croacia. Trogir cuenta con la fascinante tradición de 23 siglos de urbanismo en la que se mezclan, y en ocasiones casi se funden, trazos arquitectónicos griegos, romanos y venecianos. El legado de quienes vivieron en la ciudad a lo largo de su historia ha perdurado hasta nuestros días en forma de restos de murallas romanas que hoy forman parte de edificios venecianos, de iglesias románicas con añadidos góticos o barrocos, de palacios renacentistas con columnas griegas y de humildes casas edificadas sobre cimientos romanos. Trogir es un ecléctico calidoscopio cultural que posee el complejo románico-gótico mejor conservado de Europa Central. La Catedral de San Lorenzo, datada en el siglo XIII, es prácticamente el epicentro de la pequeña ciudad. Desde la plaza en la que se erige se distribuyen los callejones que, serpenteando por toda la población, nos llevan de paseo por los 2.300 años de historia que atesora Trogir.

Para mí, lo más difícil de realizar en Trogir fue abandonar la portada de la Catedral de San Lorenzo. La tarde de mi llegada coincidió con la celebración de la misa vespertina, con lo que mi alergia a los ritos religiosos me invitó a sentarme en la bancada de piedra, bajo el pórtico, para simplemente saborear la brisa marina que se colaba desde los callejones cercanos al puerto, y disfrutar de la visión, única y maravillosa, de la puerta occidental de acceso a la Catedral. La soberbia representación de Adán y Eva desnudos -creación del maestro local Radovan en 1240-, uno a cada lado de la puerta, es una iconografía única en la Edad Media y constituye por sí sola una obra maestra del arte sacro. Mientras el sol caía y la misa parecía eternizarse, no podía dejar de embriagarme con el conjunto escultórico con el que el sol poniente jugaba remarcando nuevos relieves y detalles a cada minuto. Finalmente tuve que forzarme a abandonar mi butaca para deambular sin rumbo fijo por las sinuosas callejuelas de esta mágica población. El azar y la suerte me llevaron de paseo y de descubierta hasta que la noche cayó sobre la ciudad y las farolas de hierro fundido le confirieron al entorno un halo mágico de imposible descripción. Acabé mi errático vagabundeo en el mismo lugar en el que lo había iniciado, en la Plaza de la Catedral. Tomé posesión de una mesa en la terraza de una cafetería y, al mismo tiempo que el camarero depositaba frente a mí una cerveza fría, las campanas del alto y rotundo campanario de San Lorenzo rompieron estruendosamente el silencio de la población con un concierto enloquecedor de tañidos, haciendo salir de sus nidos a centenares de golondrinas y palomas que revolotearon aterradas en todas direcciones, en un intento inútil por escapar de la algarabía metálica. Me identifiqué inmediatamente con el pavor de las aves y supliqué a todos los dioses el fin del concierto y el retorno de un silencio imprescindible para disfrutar con total plenitud de uno de los lugares más especiales de toda Croacia.

Dejé Trogir y Split a bordo de un ferry en dirección a la Isla de Hvar. Mientras me alejaba, mi mirada seguía fija en las murallas del Palacio de Diocleciano hasta que se desdibujaron en la costa, justo cuando una idílica fantasía se apoderó de mí, imaginando trirremes atracadas en el lugar en que ahora usurpan los autocares que cada día descargan centenares de turistas en la eterna Split. Luego todo cambió. El mar se tornó azul cobalto y, mientras navegábamos bordeando la costa y la miríada de islotes que la conforman, di un respiro a mi imaginación y dejé vagar mi mirada entre la espuma blanca que levantaba el barco, la intensidad del azul profundo del Adriático y el verde de los cipreses que sombrean las rocosas islas de este litoral empachado de historia.


Vista de la ciudad de Hvar desde la fortaleza La española

Antiguo puerto de la ciudad de Hvar

Bolsas de lavanda en un mercadillo de la ciudad de Hvar

Hvar, Monasterio Franciscano

Korcula fue la etapa final en este breve recorrido por una parte del Patrimonio de La Humanidad que alberga Croacia. Quedaron visitas pendientes para mejor ocasión, como la llanura de Stari Grad, en la Isla de Hvar -Patrimonio de la Humanidad en el año 2008, por ser una importante muestra del sistema agrícola griego, conservado hasta nuestro tiempo-. Korcula no sólo era la última parada del viaje, también era un punto final que enlazaba con el inicio del mismo, en Dubrovnik. De las canteras de esta pequeña isla provenía la piedra caliza con la que se construyó Dubrovnik y tras la guerra de 1992, que asoló su casco histórico, los ciudadanos de esta ciudad exigieron que fuese reconstruida utilizando piedras provenientes de las mismas canteras de las que se extrajeron las primeras. Korcula, que espera el momento de verse favorecida por la UNESCO con su merecido título de Patrimonio de la Humanidad, aguarda pacientemente a que las autoridades internacionales la galardonen, pero de alguna manera, al menos moralmente, ya ha obtenido el calificativo aportando la materia prima para construir, por dos veces, una de las ciudades más bellas del Mediterráneo. Korcula es, también, un lugar que reviste cierta magia para aquellos que amamos viajar. En una pequeña casa de tres plantas, de la que apenas se conserva la fachada, nació uno de los más admirados y enigmáticos viajeros de todos los tiempos: Marco Polo.

Vista del casco antiguo de Korcula

Aparte de la casa donde la tradición local dice que nació Marco Polo en 1254, nada queda en la ciudad que pueda ayudarnos a imaginar como fue la vida del ilustre viajero en la pequeña población. Pero el simple hecho de pasear por sus estrechos y adoquinados callejones; penetrar en la oscura calleja que conduce a la humilde casa en la que nació y vivió Polo; entrever el mar a través de los canales que forman las calles que, desde lo alto de una pequeña colina, se desploman hacia el azul del mar transportando el aroma de algas y sal hasta lo alto del campanario de la Catedral de San Marcos; y dejar vagar la mirada por las murallas que encierran la pequeña población junto al recoleto puerto, invita a imaginar al mismo Polo soñando con viajar a los confines del mundo mientras miraba aquellas mismas murallas, aquellas mismas calles, mientras respiraba el mismo aroma a mar y, tal vez, escuchase las mismas campanas que ahora tañen al anochecer despidiendo el día. Tal vez las murallas de Korcula fueron lo último que el gran viajero vio de su patria antes de partir, y puede que este mismo recuerdo le acompañase durante los largos años de sus viajes. Korcula, cuando el sol desaparece y las sombras ocupan las estrechas callejuelas de su casco histórico, huele a recuerdos, a mitos, leyendas y sueños hechos realidad.

Grabado de Korcula en el año 1486

Casa donde vivió Marco Polo
en Korcula

Retrato imaginario de Marco Polo

Cuando se entra en Korcula por la torre Revelin y se cruza el arco de la puerta que cerraba la ciudad en el siglo XV, se tiene la sensación de penetrar en un santuario que ha quedado detenido en el tiempo. Sólo algunas tiendas y un par de cafeterías impiden que la imaginación del viajero no alce el vuelo y se pierda en el aroma de siglos pretéritos, en los tiempos en que el incontestable poder de Venecia dominaba el Adriático y construía ciudades como esta. Sólo ocho imponentes torres de defensa han sobrevivido al paso de los años. Ellas marcan el antiguo perímetro amurallado de esta ciudad de piedra e historia, cuajada de iglesias, ermitas, conventos, palacios venecianos, casonas solariegas y de humildes y sólidas casas que se esparcen en un clásico trazado urbano de “espina de pez” por estrechas calles adoquinadas que miran el mar desde todas las direcciones. Korcula tiene un aire de cautelosa sabiduría que, por más que lo intente en la discreción de su tamaño, no puede disimular.

Convento Franciscano e iglesia en la isla Badija


Iglesia de San Miguel


Catedral de San Marcos

Torre Kanavelic
Vista del caso antiguo de Korcula


Korcula

Como no podía ser de otra manera abandoné la isla navegando, y lo hice con la permanente sensación de que en los pretiles de aquellas murallas, que poco a poco se diluían ante mi vista, aún permanecía la esencia soñadora del joven Polo, del niño que fantaseaba con alcanzar la raya del horizonte y no cejó hasta conseguir su sueño. El barco dejó atrás Korcula y también quedó atrás mi ensueño acerca de Marco Polo. Creo que en aquel momento, cuando la isla quedó tan a popa en la estela del barco que ya no era capaz de situarla en ningún lugar concreto del horizonte, yo también abandoné Croacia. Ya no era capaz de continuar absorbiendo más emociones ni más historias. Me senté en una hamaca sobre cubierta y dejé que el sol del Adriático quemase mi piel.



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