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Rías Baixas

Fotos Joan Biosca

 

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JUNTO A LAS RÍAS BAJAS DE GALICIA (en ANDANZAS Y VISIONES ESPAÑOLAS)

Miguel de Unamuno

Desde que hace ocho años visité una parte de Galicia –Orense y Coruña- ansiaba conocer el resto, y sobre todo la encantadora comarca de las rías bajas, de que se hacen lenguas cuantos la visitan. Y allá he tenido ocasión de ir en romería este verano.

Fue atravesando mi bien conocido Portugal, por las orillas del Duero asceta que corre en lecho de rocas y yendo a buscar luego las del Miño manso, que como una caricia lenta baja al mar, restregándose en la verdura de sus vegas.

La tierra toda del Miño, de un lado y otro de la ría, por España y por Portugal, se abre a los ojos como una visión de ensueño que nos ata a la tierra. La he visto entre llovizna, recibiendo resignada el juego fecundante de las nubes, y es como mejor sentimos su significación íntima toda. Es un paisaje carnal y crepuscular a la vez, y, si me es permitido decirlo, más musical que pictórico. Los montes del horizonte languidecen entre neblinas. Por dondequiera el verdor vela al esqueleto rocoso de la tierra, que acá, en esta ósea Castilla, asoma por dondequiera sus juanetes.

Recordaba aquella magnífica descripción de la tierra y el hombre del Miño que Oliveira Martins nos dejó en la descripción de Portugal con que su Historia de Portugal se abre.

Allí nos habla de esa tierra donde pulula el hombre, donde el cultivo es más hortícola que agrícola, de aquellos <<campos pequeñitos, circundados por pequeñitos valles, orlado de robles pigmeos, recortados, de donde cuelgan los racimos de las uvas verdes>>. Y añade: <<Bajo un cielo nublado casi siempre, pisando un suelo casi siempre encharcado, encerrado en un valle repleto de maíz, dominado en torno por florestas de pinos sombríos, sin aire vivificante, ni abundante luz, ni largos horizontes, el hormiguero de los miñotos, no pudiendo despegarse de la tierra, como que se confunde con ella, y con sus bueyes, sus arados y sus azadas, forma un todo de donde no se yergue una voz de independencia moral, aunque a menudo se levante el grito de la resistencia utilitaria>>.

Pero esto que dice Oliveira Martins se aplica al Miño portugués mucho mejor que al gallego. Porque un poco más arriba de él se abren las rías. Y vista la campiña desde Tuy mismo, desde la torre de su catedral-fortaleza, que es un espléndido balcón abierto a un paraíso terrenal, no puede decirse que el valle sea pequeño ni que falten largos horizontes, aunque no, ¡claro está!, los de Castilla. Los canónigos de Tuy, atravesando el paseo de acacias, se van a sentar en unos bancos que dan a la vega, y mientras reposan la vista, no sé si fatigada de leer salmos, en el verdor de la campiña, comentarán chismes de cabildo o murmurarán del obispo, como es la regla.

Dejando a los buenos tudenses en su nido y recordando a un fantástico hijo de esa ciudad que me amenizó no pocas horas con sus ocurrencias y murió de cónsul de España en Casablanca, empecé a cruzar la provincia, camino a su capital. La provincia de Pontevedra es, en rigor, la de mayor densidad de población de toda España, pues si Vizcaya le supera en las estadísticas, de debe a su capital, Bilbao, y a los pueblos fabriles de ambas márgenes del Nervión. Pero el campo en ninguna parte está más poblado que en esta provincia de Pontevedra, marítima y agrícola.

Viven como las ranas, casi encharcados, respirando humedad. Y cuando quieren secarse los huesos –condición para que el gallego haga carrera en el mundo- o suben a secárselos ala meseta castellana, o cruzan el mar en busca de fortuna en América. En un caso suele llegar a ministro y cacique máximo, en el otro a millonario.

Pero lo característico, lo casi privativo de esta provincia de Pontevedra, lo que le ha dado la fama de hermosa de que goza, son sus rías bajas.

Son las rías bajas brazos, o más bien lenguas de mar, que formando repliegues y meandros se meten por la tierra, entre colinas de verdor, y brazos o lenguas de tierra que avanzan a refrescarse en el mar. Tierra y océano se abrazan estrechamente y como que se mezclan, a lo que concurre la frecuente lluvia.

Dan las rías bajas la impresión de lagos sembrados de islas. Una faja de tierra cubre por todas partes el horizonte de estos tranquilos remansos del océano. Los innumerables pueblecitos de sus márgenes se reflejan en el agua y en días claros es como si las colinas y montañas revestidas de verdura estuviesen suspendidas en el cielo mismo, que en el seno del agua se reproduce. Duerme el mar, y acaso sueña, en brazos de la tierra.

Los hijos del país comparan las bellezas de estas rías bajas, de estos verdaderos lagos, entre sí, y establecen parangones entre la de Vigo, la de Marín o Pontevedra, la de Arosa… (Aún hay otras). Yo las encuentro muy hermanas. La de Marín, la más recogida, la más íntima; la de Arosa, que es la mayor, la más solemne. Por sus revueltas y golfos interiores recuerda el lago de  los Cuatro Cantones, aunque no esté flanqueada por tan bravos montes. Y todas ellas invitan a dejarse en su seno mecer a merced de las aguas, y no digo de las olas porque el oleaje del mar libre se rompe y amansa en ellas.      

Pero yo, que aunque nacido y criado muy cerca del mar y en pueblo adonde llegan la marea y el agua salada, gusto más que de él de la montaña y del campo, gocé de las horas más gratas internándome rías de Pontevedra arriba, donde deja ya de ser ría para ser río, en las aguas que vienen de las cimas, no en las que vienen del mar con la marea, fue río Lérez arriba.

Un río para soñar en él lejos de la batalla de la vida. A una piedra que hay en su orilla, en un lugar que con el Tempe de Tesalia, descrito por Herodoto, comparaba aquel copioso benedictino padre Sarmiento, erudito que no dio paz a la mano, a esa piedra bajaba a descanar el buen fraile. Y allí, encima del Lérez, está el monasterio de benedictinos donde el infatigable Feijóo hizo sus estudios. Lugar de descanso; lugar de estudio por lo mismo.

Bajan los árboles hasta las aguas mismas del Lérez para formarle el abrigo de verdes cortinas y enverdecer sus aguas. Y el río, enamorado de la verdura, va enroscándose por ella, formando meandros que llaman allí salones, y fingen pequeños lagos, como en recuerdo de los grandes lagos aparentes de las rías bajas. Y hace suspirar suspiro de liberación al espíritu el verse uno encerrado en un recinto de follaje sobre la tranquilidad de las aguas límpidas. ¡Aguas límpidas! He aquí algo que vamos perdiendo en mi Vizcaya, que van perdiendo en Asturias. El Nervión, el río de Bilbao, tan hermoso tierra adentro, antes que empiecen las fábricas y antes, sobre todo, que los pretiles lo aprisionen, se ve sucio del rojo de la vena del hierro, y el Nalón, hermoso río asturiano, llega negro de hulla al mar. Pero este Lérez virginal, no manchado aún por las deyecciones de la industria, convida al idilio, al amor y al recogimiento, al estudio.

Fue cerca de él, a su vista, en un repliegue de las colinas, donde una tarde oí subir de la verdura del campo las notas verdes y quejumbrosas de la gaita gallega. Tocábala don Perfecto Feijóo, un perfecto gallego, farmacéutico en Pontevedra, y que administra a su nativa terriña la medicina confortativa de los aires musicales de la tierra. Formó un coro –el coro <<Aires de terra>>-, y con él restaura la música popular, impidiendo que se pierda, o lo que es peor, degenere al contagio de las tonadas de la zarzuela de moda. Con los trajes de la tierra se me aparecieron don Perfecto y sus compañeros, entonando <<hálalas>>, <<muiñeiras>>, todos esos cantos que templan la morriña céltica. Las notas, verdes como el campo, parecen surgir de su verdura y se alargan en ondulaciones suaves como las colinas, como las lenguas del mar que acaricia a la tierra.

El gaitero ha dado ocasión a toda una literatura. Ventura Ruiz Aguilera, el poeta salmantino mucho menos leído y gustado hoy de lo que merece serlo, escribió en 1860 aquel <<eco nacional>>  titulado La gaita gallega, que empieza: <<Cuando la gaita gallega / el pobre gaitero toca, / no sé lo que me sucede / que el llanto a mis ojos brota. / Ver me figuro a Galicia / bella, pensativa y sola, / como amada sin su amado, / como reina sin corona… / A mi alma revela tantas / desdichas, penas tan hondas, /  que no sé deciros / si canta o si llora>>. Esos lagos no pueden ser sino las rías bajas. A la poesía de Ventura Ruiz Aguilera, el salmantino, respondió en gallego la dulce Rosalía de Castro y su estribillo fue: <<qu’eu podo decirche / non canta, que chora>>. En esta poesía es donde se encuentran unos versos muy sentidos, sí, pero deplorables por su injusticia, unos versos que brotaron de la irreductible suspicacia galaica, de la manía que los buenos, honrados y laboriosos hijos de esa tierra abrigan de ver en todo desdenes y burlas y desprecios. Una susceptibilidad femenina, casi morbosa, les hace fantasear yo no sé qué intenciones en el modo seco y algo rudo del castellano, que no nació para prodigar mimos y caricias.

Pero hay en las poesías de Rosalía, en sus Cantares gallegos, un poema, aquel que empieza: <<Un repoludo gaitero / de paño sedán vestido / com’un príncipe cumplido, / cariñoso e falangueiro…>>, que es un primor. De esta bella poesía son aquellos versos: <<sempre pó la vila entraba / con aquel de señorío>> que sirvieron de lema a Curros Enríquez para su famosa poesía O gueiteiro, en cuyo principio recuerda al Lérez y al Miño. La poesía de Curros, tendenciosa como casi todas las suyas, empieza descriptiva, animada, alegre, como la segunda de las citadas de Rosalía, y acaba con esos tópicos de quejumbrosidad hablándonos de Galicia como de un Prometeo amarrado a una roca y nada menos que con un puñal clavado al seno: <<crabad’un puñal n’o seo>>. ¡Lamentable, verdaderamente lamentable! Y nada que no sea verdad puede ser de veras poético.

Sólo esa suspicacia, esa susceptibilidad de que os decía, y de que padece el gallego lo mismo que el portugués –me dicen que el irlandés en esto es lo mismo- explica esas quejas. Ni de la humedad del cielo, ni de la pobreza de la tierra, ni de su apartamiento geográfico, tiene la culpa el resto de España, o si se quiere Castilla, y en cuanto a protección del Estado, pocas regiones españolas se aprovechan más de ella. El dinero de la nación se vierte en obras públicas de todo género, unas indispensables y otras no, y algunas de puro lujo, en Galicia, y no puede decirse que sea por su parte esta región, donde siempre se está el paisano quejando de las contribuciones, la que mejor las paga, pues en esto, en puntualidad en contribuir a la hacienda común, lo mismo que en no quejarse aunque se la desatienda, la palma se lleva Castilla.

Pero hay que quejarse; Galicia, donde el cielo llora sin cesar, invita a la queja. A la queja y a la zumba. Apenas si su literatura regional tiene otras notas que la elegíaca y la satírica; le falta el largo huelgo épico, el recio ímpetu dramático. De la verdura misma de su campiña, riente y halagüeña a primera intención, parece que se desprende, como acorde de acompañamiento, una resignada queja. Estas extremas tierras occidentales de Europa, habitadas por esos pueblos a que se llama célticos, mirando siempre al mar donde acaso se les perdió algo -¿la Atlántida tal vez?-, estas tierras de Irlanda, Bretaña, Galicia, se están siempre quejando, con gaita o sin ella.

Ese mar mismo, que se refugia allí, en las rías bajas de Galicia, entre los verdes brazos de la tierra, ¿no es que busca en ellos algo que ha perdido o acaso el olvido de sus tormentos? Allí, al arrimo de su eterna esposa, duerme y tal vez sueña. Y acaso ansía volver a ser río, río humilde, río recogido; acaso sueña con su infancia. ¡Quién sabe! Tal vez la vasta ría de Arosa está soñando en el Ulla que le rinde sus aguas, en el pobre Sar a que cantó la pobre Rosalía. Y es todo ello una sed –el mar tiene sed, sed del agua dulce de los ríos que bajan de las cimas-, una sed inextinguible, aquella sed que le hizo decir a Rosalía: <<¡oh, tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella! / viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella / del Sar cabe la orilla, / al acabarme siento la sed devoradora / y jamás apagada que ahoga el sentimiento, / y el hambre de justicia que abate y que anonada / cuando nuestros clamores los arrebata el viento / de tempestad airada>>.

En el verde rincón en que oí la gaita, sobre el Lérez ensoñador, a la vista de la ría de Marín, que venía a buscar olvido en brazos de la verdura, en una aldehuela se recogía un camposanto. ¡Un camposanto de aldea! Recordamos –éramos literatos ¡Dios mío! Los que nos juntamos allí- la elegía de Gray- y recordamos también, ¿cómo no?, aquello de Rosalía: <<De Galicia os cimiterios / c’os seus alcipreses altos, / c’os seus olivos escuros / y os seus humildes osarios / todos de frores cobertor, / frescos com’os nosos campos, / polas mañans meancónicos / y nas tardes solitarios, / cand’o sol poniente os baña / c’o seu resplandor dourado, / cheos d’un gran desosego / parés que nos din: ¡durmamos!>>. Y así es; estos dulces cementerios parecen decir: ¡durmamos! Son otros los que dicen: ¡soñemos!, y son otros, muy otros, los que dicen: ¡resucitemos! Fluye allí por todas partes la invitación al dulce sueño sin ensueños, a dormir en el seno de la tierra, sin más acaso que la oscura sensación de recibir sobre la yerba que cubra nuestros huesos la lluvia que baja desde el cielo a consolarnos. Y esa lluvia calará hasta los huesos mismos.

Y de todo ello se desprende un cierto vaho que languidece a la voluntad, que la enerva, que convierte sus impulsos en quejas o en zumbas, en llantos o en risas, en mimos y en recelos. Es un panteísmo de absorción.

Y los hijos de esa tierra veneran a las benditas ánimas el Purgatorio, creen en fantasmas, agüeros y brujerías, se acuerdan de sus muertos que vagan por las selvas y veneran a los árboles. El paganismo, que en ninguna parte murió, sino que se hizo bautizar cristianándose más o menos, late aquí más vivo que en otras regiones españolas, tal vez porque el antepasado gallego, un celta, tenía una mitología naturalista de que carecía el beduino, abuelo del castellano, el ibero recio. Todo el fondo pagano del pueblo gallego levantó cabeza en el gnosticismo de Prisciliano, el hereje galaico –el único gran hereje español de los primeros siglos cristianos-, gnosticismo que duró unos tres siglos, si es que del todo ha muerto. Este Prisciliano, cuyas obras se encontraron no ha mucho, ha de darnos con el tiempo la clave de no pocos problemas que suscita el estudio del alma galaica. Y de Prisciliano decirse que aún no ha muerto, y quién sabe si su sepultura, disfrazada de la ortodoxia, no sigue siendo lugar de atracción de peregrinos.

Salamanca, octubre de 1912.                  

 

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