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La Pedrera, la gran paradoja de Gaudí

Mercè Criado


A finales del siglo XIX Barcelona era un hervidero de proyectos y propósitos que nacían de la mano de una burguesía cada vez más adinerada y poderosa. ‘La Ciudad de los Prodigios' -como se la llamó en los folletos turísticos de la época-, estaba en plena efervescencia. Se demolían barrios, se edificaban palacios, se ajusticiaban anarquistas y se perpetraban atentados. Barcelona aspiraba a ser una ciudad moderna en el más amplio sentido de la palabra y se zambulló en una fiebre constructora que dio a la ciudad un sarpullido de palacetes, parques, almacenes, fábricas, talleres y viviendas que parecían competir entre sí por tener las líneas mas atrevidas y vanguardistas. Dentro de este caldo de cultivo, una de las obras que más polémica creó en su momento fue la singular Casa Milà de Antoni Gaudí (1852–1926).

La Casa Milà en 1911, a la finalización de las obras
Archivo:Gaudí (1878).jpg Retrato de Antoni Gaudí en 1878

La construcción de la Casa Milà –que en 1984 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO-, convirtió Barcelona en un auténtico campo de batalla. Aún humeaban los rescoldos de la guerra intelectual que provocó el anterior trabajo de Gaudí en la cercana casa Batlló, cuando el arquitecto se inventó una nueva pirueta arquitectónica. Los detractores de la obra no la rebautizaron con el sobrenombre de La Pedrera (o La Cantera ) de forma gratuita. En su día fue objeto de gran polémica y burla por los diarios barceloneses. La gente de bien no podía aguantar más afrentas al buen gusto; nunca los censores de Gaudí fueron tan activos ni estuvieron tan cabreados. Los impulsores del proyecto, el matrimonio Milà, sufrió las consecuencias del rechazo de la población de este emblemático edificio. La gente de bien ignoraba la presencia de los Milà, en los palcos del Liceo eran la comidilla de una alta sociedad escandalizada por la espantosa casa que se construía en el señorial paseo. Clemenceau, a la sazón presidente de la república francesa, también se sintió indignado por el edificio de Gaudí, tanto, que a la vista de La Pedrera suspendió su viaje oficial por la Ciudad Condal, y agitado por lo que a él le pareció un insulto a la belleza, regresó inmediatamente a París, donde en rueda de prensa afirmó que: “Barcelona era un lugar horrible en el que edificaban casas para los dinosaurios y los dragones”. El debate traspasaba fronteras y quitaba el sueño a los altos dignatarios.

El verdadero destino de la casa del Sr. Milà y Pi. Versión jocosa de La Pedrera publicada en "L'esquella de la Torratxa" el 4 de enero de 1912 (Foto Cátedra Gaudí)

Si aquellos intelectuales que rechazaban la obra gaudiniana pudiesen hacer un viaje a través del tiempo hasta nuestros días, sí que se escandalizarían, y esta vez con razón, ante el enjambre inagotable de turistas que han recorrido miles de kilómetros para admirar este edificio, día tras día y a cualquier hora.

El edificio modernista de La Pedrera fue para Gaudí mucho más que un proyecto envuelto en una gran polémica -una más que añadir a las anteriores-. El arquitecto de Reus aceptó el encargo de los Milà en su etapa creativa final. Fue el último edificio civil que construyó, simultaneando las obras con la que fuera su postrera creación: el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia –encargo que aceptó en 1883, continuando las obras iniciadas algunos años antes por el arquitecto Francesc de Paula del Villar-.

La Pedrera bebe del gran misticismo que envolvió a Gaudí en la etapa final su vida. El encargo inicial de los Sres. Milà -la construcción de un edificio destinado a viviendas de alquiler-, se transformó en una gran paradoja: un edificio civil impregnado de la religiosidad impuesta por su creador. Esta dicotomía ha marcado este edificio desde que Gaudí trazara las primeras líneas de su diseño en su mesa de trabajo, mucho antes de colocar la primera piedra de sus cimientos, confiriéndole, quizás por este motivo, un carácter único.

La cornisa superior de la fachada, con su forma ondulada, nos marca el punto de separación entre lo terreno y lo celestial. Encontramos pequeñas esculturas de rosas con las inscripciones latinas del Ave María: Ave Maria gratia plena, Dominus tecum . La elección de las rosas como motivo ornamental no fue gratuita –nada quedaba al azar-. Gaudí quiso, en honor a la esposa de su comitente, dedicar el edificio a la Virgen del Rosario. En efecto, proyectó –y así lo atestiguan los dibujos encontrados-, un gran grupo escultórico que remataría la fachada principal, a la altura de la cornisa. Donde hoy podemos ver la gran rosa debía instalarse una imagen de la Virgen del Rosario de 4,5 metros de altura fundida en bronce, con el niño en brazos y flanqueada por los arcángeles San Miguel y San Gabriel. Esta obra fue encargada al escultor Carles Mani, pero las figuras nunca llegaron a realizarse. No se sabe a ciencia cierta el motivo. Bien porque el modelo realizado en yeso por Carles Mani no convenció a los señores Milà –que por aquel entonces ya tenían grandes discrepancias con los diseños del arquitecto-, o bien porque los graves sucesos de la Semana Trágica de Barcelona de julio del 1909 hicieron que los propietarios, por prudencia, descartasen el grupo escultórico, no fuera que, dada la evidencia religiosa, quemaran el edificio como se estaba ocurriendo con las iglesias.

Pero sin duda, el espacio de este edificio que mejor ejemplifica el misticismo de Gaudí es la azotea, coronada por extrañas formas, entendidas como esculturas por muchos estudiosos de Gaudí, y que únicamente son explicables a través de la conexión religiosa del arquitecto con su obra. Chimeneas, respiraderos y salidas de escaleras. Y entre ellas zigzagueando los Pasos de Ronda –hoy prudentemente vallados, para evitar que los turistas, absortos por la belleza de las formas gaudinianas, acaben decorando el fondo del patio de luces, unos cuantos metros más abajo-. Queda patente en estos peligrosos espacios la intención de Gaudí por evidenciar la insignificancia del hombre frente a Dios.

Las 6 grandes salidas de escalera se agrupan como hermanas gemelas, en tres parejas. Dos de ellas están coronadas por la cruz que se repite cuatro veces -la cruz gaudiniana que también encontramos en la Sagrada Familia-, rematando sus grandes cuerpos helicoidales. La mayoría de expertos coinciden en creer que estas formas simbolizaban las nubes –hábilmente recreadas gracias al recubrimiento de fragmentos de cerámica blanca-, que rodearían la escultura de la Virgen de Rosario, acompañada por su corte celestial: los guerreros impertérritos, más conocidos como las chimeneas. Quizás Gaudí se dejó llevar de la mano de Don Quijote, y allí dónde sólo había chimeneas y columnas de humo elevándose, él veía formas celestiales.

Desde el terrado de La Pedrera , Gaudí podía contemplar la obra que verdaderamente se convirtió en su reto: El Templo Expiatorio. Quizás por eso elevo el edificio a una altura mayor que la permitida en aquel entonces por el Ayuntamiento -lo que casi le costó el derribo del edificio y una gran multa para los Sres. Milà-. La azotea de La Pedrera es el mejor lugar de Barcelona para disfrutar de la caída de la tarde y, quien sabe, dejarse llevar por algo de aquel misticismo que marcó la vida y la obra de este genial creador.

Casa Milà – La Pedrera (1906-1910)
Passeig de Gràcia, 92
Barcelona (España)
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