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Isla Mauricio, una isla irreal

Reportaje de Joan Biosca y Mercè Criado

Luna llena en la playa de Belle Mare

Las islas del sureste africano se la pasan jugando a los equívocos geográficos y también culturales... Al menos esta era mi engañosa conclusión cuando me desperté, la quinta semana de mi viaje, entre las amorosas sábanas de mi cama en el hotel The Residence Mauritius. Había pasado cuatro semanas paseando por Madagascar, un país relativamente cercano si tenemos en cuenta las dimensiones del llamado continente negro. Y si en Madagascar, a sólo 1.000 kilómetros de distancia de Mauricio, los malgaches se habían agotado de indicarme que no se sentían africanos en ningún sentido, ahora, en Mauricio, quien no se sentía en África era yo. La realidad de Madagascar me había dejado perplejo, sin embargo el escenario de Mauricio me dejaba absolutamente desubicado y ayudaba, aún un poco más, al desconcierto que siempre había sentido hacia aquel rincón del planeta, hacia aquellas costas del Índico que no estaban -fuera del ámbito geográfico- ni en África ni en Asia, quien sabe si en lugar alguno. La geografía es una cosa pero, a todas luces al menos en aquellas costas, la cultura es la que marca las fronteras, o mejor dicho, las Culturas.

Montañas y océano se funden en la costa este de Mauricio

Me había despedido de mis pocos amigos diciéndoles que me marchaba unas semanas a África y cuando mi viaje estaba a punto de terminar tomaba consciencia de que les había mentido. En Madagascar no me dejaron sentirme en África, como si la gran isla que flota a escasa distancia de Mozambique estuviese anclada a la vista de un continente imaginario. Y ahora, en Mauricio, me sentía más cerca de la lejana India que de la cercana África.

Me sentía tentado de buscar un atlas en la nutrida biblioteca del hotel, pero sabía que escudriñar los mapas no me sacaría de la perplejidad acumulada durante semanas. Me encontraba en la región oceánica de las Mascareñas. Un conjunto de islas que geográfica y náuticamente hablando se encuentran en el océano Índico, frente a las costas africanas. África era, por más que le pesase a quién le pesase, mi norte, aunque ese norte se encontrase al oeste. Sí, ya sé que sonaba surrealista. Pero no menos surrealista que el descubrimiento de que, en un país conocido con el estúpido apodo de “la playa de África”, además de playas, y por encima de ellas, ¡tenía habitantes! Había ido a aquel extremo del mundo a ver todas esas playas de las que hablan los reportajes de prensa turística y me las encontraba llenas de humanidad, y lo que era más extraño, de una humanidad que según mis referencias antropológicas debería haber estado mucho más hacia el este, tanto como a 4.000 km. en las lejanas costas del sur del subcontinente indio, en las tierras de las etnias tamiles y del complejo organigrama religioso hindú. Estaba aún confuso por lo vivido en las costas malgaches, y para acabar de rematar mis equívocas neuronas aterrizaba en una isla que no quería situarse en continente alguno. Intuía que, de alguna forma, empezaba por fin a vislumbrar mi ansiado lugar bajo el sol.

Pescador en barca tradicional
Embarcadero en la isla de los ciervos

Los cataclismos geográficos del planeta eran mi referente más sólido y eso, para alguien que paga sus facturas gracias a las fronteras y los visados, era mucho más de lo que en aquel momento estaba dispuesto a aceptar. Continentes que se separaban, explosiones apocalípticas que, surgidas de las entrañas de la tierra creaban islas y archipiélagos. Sólido lo era, desde luego. Sólido y científico, sin duda. Pero chocaba de frente con la cada vez más sustancial sensación de irrealidad que me llegaba de una cultura geográfica heredada gracias a los esfuerzos de cartógrafos europeos que, en siglos pasados, se lanzaron a dibujar líneas y escribir nombres en los mapas empujados por la ansiedad colonialista de potencias de épocas extintas. Navegantes portugueses del siglo XVI habían anotado su nombre como descubridores del archipiélago, omitiendo que aquellas costas habían sido navegadas siglos antes por barcos árabes, y muy probablemente por flotas comerciales chinas que tenían el océano Índico como el lago de su Imperio. Isla Mauricio, como tantos territorios del área geográfica en la que se encuentra, ha cambiado de nombre y de manos muchas veces. De la Dina Robin de los navegantes árabes, a la Ilha do Cirne (Isla del Cisne) de los portugueses, la Isla Mauricio de los holandeses, o la Île de France con que los franceses la rebautizaron cuando la isla fue abandonada por los holandeses tras una epidemia de peste que diezmó la población. Hasta que finalmente, el Imperio Británico tomó posesión del territorio y le devolvió el nombre de Mauricio con el que hoy la conocemos.

Cada una de las potencias europeas que la ocuparon importó esclavos como mano de obra gratuita desde las costas africanas, además de mano de mano de obra barata -muchas veces además de forzosa-, de las colonias que cada potencia tenía en otras partes del planeta. El resultado es que hoy, Isla Mauricio, es uno de los países del mundo con una mayor diversidad cultural y étnica. En 1835, con la abolición de la esclavitud bajo la colonia británica, la inmigración procedente de India empezó a llegar a Mauricio de forma masiva. Son los descendientes de aquellos inmigrantes los que hoy conforman la mayoría étnica del país y le confieren el carácter y la personalidad, que se ha amalgamado sin ningún problema con las herencias culturales de todos aquellos que en algún momento lo poblaron. En muchos sentidos, cuando se viaja por Isla Mauricio uno tiene la perenne sensación de estar moviéndose por las costas de la lejana Kerala. Los templos, los mercados, el colorido de los saris, el color de la piel de los habitantes y la personalidad de los mismos no dejan de hacerte sentir que te encuentras lejos, muy lejos de África.

Cuando cuatro años atrás había escrito el editorial que presentaba FronterasDePapel.com e intentaba, no sé si con éxito, explicar el juego de palabras que era el nombre de mi revista, no tenía ni idea que mucho después me encontraría paseando por el ejemplo práctico más evidente. Efectivamente, la noche de mi llegada a Mauricio me sentí, literalmente, con la confusión de quien ha volado durante 15 horas para cambiar de continente. La salvedad era que tan sólo 50 minutos me separaban del punto de partida. Había dejado Antananarivo con la férrea convicción de abandonar un lugar puramente africano, por más que les pesase a los malgaches. Un lugar cuajado de inconexiones culturales y étnicas, de diferencias sociales abismales, de ocultos y mal asimilados racismos, de una corrupción institucionalizada y despiadadamente asentada y aceptada, de una pobreza que golpeaba el alma y, sin mediar más de 50 minutos, aterrizaba en otro país con la sensación de que, en realidad, había cambiado de planeta.

Jardín Botánico de las Pamplemousses

Nenúfares gigantes en el Jardín Botánico de las Pamplemousses

El primer contraste de muchos, tal vez demasiados, fue el aeropuerto. Un salto del caos y la suciedad a la pulcritud y la organización al más puro estilo aséptico de Singapur. Un brinco desde los rostros taciturnos y las miradas resabiadas de los funcionarios de Antananarivo a la mirada especulativa y técnica de los agentes de fronteras de Mauricio. Esperaba, en mi ignorancia, seguir viajando por África y de pronto me encontraba en lo que en aquel momento, con un alarde de ignorancia, definí como “tierra de nadie”. Incluso mi reloj biológico me traicionó haciéndome creer que la diferencia horaria era mucho más grande que la real. Me di cuenta de que nada de lo que había leído sobre Isla Mauricio tenía que ver con la realidad de la isla en la que acababa de aterrizar. A partir de aquel momento no perdí oportunidad de, estúpidamente, comparar las dos islas a la menor oportunidad. Mi culo aún se encontraba resentido por las horas pasadas en el interior de autobuses públicos en Madagascar cuando lo sorprendí sentado en el cómodo asiento del BMW que el Residence Mauritius había puesto a mi disposición. La hora escasa que separaba el aeropuerto del hotel transcurrió como si la cosa apenas fuese conmigo. Carreteras perfectamente asfaltadas, ni una sola chabola a la vista, profusión de saris multicolores en las calles de los pueblos que cruzábamos, ni un policía cobrando el “derecho de paso”. Por contraste empecé a sospechar que había llegado a un país escaparate. Uno de esos lugares que parecen haber sido inventados por un mayorista de viajes y en los que, a poco que uno escarba, acaba topando con una realidad escondida en la trastienda del hotel de lujo en el que se cobija. No sabía hasta qué punto me equivocaba.

El Residence Mauritius está ubicado en la costa este, más o menos a medio camino de todas partes, sobre la larga playa de Belle Mare, una de las más bonitas del litoral mauriciano, que no es decir poco. La ley de costas de Mauricio no permite el aprovechamiento exclusivo de las playas por parte de particulares o empresas turísticas. Lo que a priori podría parecer un hándicap para aquellos que buscan disfrutar en exclusiva de un paisaje, en este lugar se convierte en uno de los placeres añadidos. La cercanía del hotel con el tranquilo pueblo de Belle Mare, convierten la playa en lugar de paseo de los habitantes de la población que se aventuran a caminar sobre las blancas arenas de este litoral y, si bien son pocos los mauricianos que caminan lo suficiente como para pasar frente a las instalaciones hoteleras, el frondoso bosque que sombrea la playa a menos de quinientos metros del hotel se convierte en punto de encuentro y lugar de ocio dominguero para muchas familias locales que aprovechan los festivos para disfrutar de un entorno natural único. Este contacto con la población local fue el primero de los muchos regalos que la isla me ofreció.

Apenas tomé posesión de mi habitación, salí disparado hacia la playa. El cuerpo me pedía una tregua de sensaciones y la arena blanca que veía desde mi terraza ejerció un potente influjo que me hizo galopar hasta meter los pies en el agua del Índico. Frente a mí, a lo lejos, el mar espumeaba al romper contra la barrera coralina que protege casi la totalidad del litoral mauriciano. A mi derecha, las hamacas y los parasoles de un hotel cercano descansaban vacíos sobre la arena. Un arenal se extendía penetrando en el mar, salpicado de grandes y negras rocas volcánicas que se dejaban lamer por las suaves olas que marcaban la marea vespertina. Finalmente, a mi izquierda, la playa de Belle Mare se estiraba a lo largo de más de 2 Km. hasta morir en un promontorio rocoso que se me antojó demasiado lejano para alcanzarlo dando un paseo.

Era, en definitiva, un paisaje anhelado y previsible. Un paisaje que, aunque desconocido, me era familiar a fuerza de haber visto otras playas paradisíacas, igual o más bonitas. Lo que no esperaba encontrar en ese paisaje arquetípico eran las docenas de personas que deambulaban por uno de los extremos de la playa, en la zona más cercana a un bosque tupido que nacía casi a orillas del mar. Incluso en la lejanía la cosa tenía cierto aire festivo que, igual que unos minutos antes había hecho la arena de la playa, me atrapó como un poderoso imán. Como me ocurre con frecuencia, mis pies tomaron el mando y, sin atender a razones de índole práctica, empezaron a dar zancadas en dirección al bullicio. No tardé demasiado en averiguar que el azar me había llevado al lugar adecuado en el momento preciso.

La Ganga Asnan, es un festival en honor del río sagrado Ganges que se celebra cada año hacia principios del otoño europeo. La festividad no está regida por el calendario gregoriano, si no por el más natural de todos los calendarios, el lunar. Este ritual de purificación se alarga todo el día hasta bien entrada la noche cuando, al borde del mar, llega a su punto culminante. Los practicantes rezan breves oraciones, apenas murmuradas mientras hacen ofrendas de flores, incienso, candelas y fruta que, depositadas sobre la arena, al filo de las mansas olas, el mar engulle y arrastra hacia el horizonte, hacia el fulgor hipnótico de la luna. Centenares de personas se habían reunido para, en familia, celebrar uno de los festivales religiosos más coloristas de Mauricio. Bajo los árboles telas multicolores parcelaban espacios en los que se confinaban familias buscando un poco de intimidad a través de la transparencia de las telas que les rodeaban. Allí calentaban la comida traída desde su casa, se amodorraban, charlaban o jugaban con los niños sin el peligro de verse engullidos por la marea humana que, cerca de la carretera, en el otro extremo del bosque, deambulaba por entre los puestos de venta de comida, ropa, recuerdos y mil y un cachivache de colores imposibles, y utilidad desconocida, que se amontonaban bajo los toldos de las improvisadas tiendas. Un sarpullido de policías uniformados se aburrían por falta de trabajo, y un no menos impresionante número de ociosos se distraían explicándome el significado de la fiesta o invitándome a comer algo en la tranquilidad de su parcela familiar. Decliné la invitación a no sé cuantas tazas de té, a no sé cuantos platos de curry, a no sé cuantos refrescos, y continué vagando por la zona hasta que la oscuridad irreal de la noche más luminosa del año me sorprendió hipnotizado por el plateado fulgor de la luna que quería llenar toda la bóveda celeste. Como un licántropo me perdí en la marea humana que oraba al borde del mar.

La capital administrativa de Isla Mauricio, Port Louis, es una de estas ciudades adormiladas en el clima tropical que las abraza. Amodorrada y lánguida, se estira dentro de un estrecho valle encajonada entre colinas y el océano. En el centro, adosada al puerto, bulle la vida comercial y lúdica de la ciudad. Junto a una pequeña maraña de rascacielos, que es donde hace chup chup el centro de negocios de la capital, los bancos y grandes corporaciones se agolpan en un simulacro de micro Manhattan. Edificios acristalados que podrían estar ubicados en cualquier rincón del planeta y que vienen a dar fe que el dinero no tiene patria ni bandera, y que para florecer sólo necesita un mercado en expansión y aparatos de aire acondicionado con los que disimular el entorno en el que trabaja.

Artesanos trabajando en la confección de maquetas de barcos

No demasiado lejos, en el corazón del que fue el centro antiguo de Port Louis, rodeado de casas desconchadas -en las que bajo docenas de capas de pintura reaparece indómita la piedra volcánica de la que están hechas-, se encuentra el mercado. Después de la fugaz y abstracta visión del Centro Económico, pasear por entre los puestos de comida del mercado es una más que gratificante sensación de realidad. Verdura, fruta, pescado, carne, especias… todo perfectamente apilado, escrupulosamente limpio, sombreado por los altos techos de un mercado casi tan viejo como la misma ciudad, con los mismos productos que se han vendido toda la vida en este y otros mercados de la isla. Es allí donde, de nuevo, el sabor de India nos asalta y casi confunde. El curioso contraste entre la profusión de mujeres vestidas con saris multicolores y los productos expuestos en las tiendas es casi aturdidor. Tiene uno la sensación de estar paseando por dos continentes simultáneamente, verduras y frutas típicamente africanas ambientadas con el color de las pieles y el vestuario de India. Lo más chocante, en cuanto uno apenas ha tomado consciencia de la dualidad de sensaciones que le asaltan, es que el eco del ruido ambiental no pertenece ni a África ni a India, es el sonido propio de Mauricio, más calmado, más sosegado, sin las urgencias asiáticas ni el visceral bullicio africano. Casi se podría pensar que en este sentido el mercado pertenece a Europa, con lo que la confusión se acrecienta y la mente se extravía. Cóctel perfecto para disfrutar de la agradable sensación de sentirse desubicado y continuar el paseo por la isla, ya fuera de toda influencia, sintiendo a flor de piel que, al fin, hemos encontrado el equilibrio necesario para perdernos en los amplios horizontes de las montañas y bosques tropicales del interior de una isla que, hasta aquel momento, sólo tenía mar.

Mercado de Port Louis
Campos de caña de azúcar

Isla Mauricio está profusamente sembrada de caña de azúcar. Ésta es la principal riqueza de la isla, aunque en el ranking económico el turismo esté a punto de desplazar a la agricultura y a las factorías de azúcar y ron. Al viajar por las tierras del interior de la isla se constata la importancia histórica que las plantaciones de caña tienen para la economía local. La Eureka Colonial House es uno de los ejemplos arquitectónicos de la época colonial que perduran en el país, Construida a finales del siglo XVIII, en la época de los grandes latifundios, de los esclavos traídos desde las costas orientales de África y de los ricos plantadores blancos saboreando su poder en una tierra de la que eran amos y señores. La Eureka Colonial House es una casona de madera de dos plantas, ubicada en medio de un gran y tranquilo jardín. Se han conservado el mobiliario y los útiles de la vida habitual de la época, de los tiempos en que los plantadores de caña eran todopoderosos y la esclavitud formaba parte de la vida cotidiana. Cuando se penetra en la frescura de sus estancias uno tiene la sensación de estar entrando en un santuario en el que el tiempo se ha detenido, y la atmósfera parece transpirar con susurros del pasado y valores felizmente anacrónicos. El gran salón con la mesa puesta, luciendo la vajilla de porcelana, como si estuviesen esperando a una docena de ricos comensales dispuestos a dar cuenta de un gran festín. El salón del piano, la biblioteca -con los anaqueles abarrotados de libros encuadernados en piel-, el despacho del propietario de la plantación, con sus libros de cuentas abiertos sobre el escritorio y las amplias vistas sobre sus posesiones, las camas con dosel, la rústica bañera o la vetusta cocina, todo no hace más que trasladarte en espíritu a las raíces de la expansión colonial europea.

Uno de los lugares más visitados de Isla Mauricio son las Cascadas Chamarel. Se esconde cerca de la costa sur occidental, en medio de un suave horizonte de colinas sembradas de piña y caña de azúcar. Allí el paisaje se rompe con profundas gargantas creadas por la erosión de ríos que se desploman vertiginosamente en cascadas. Pocos lugares de Mauricio acaparan la atención y admiración de sus visitantes con tanta unanimidad. Aquí los turistas son tropel y no es fácil abstraerse al rumor de gallinero enloquecido que pueden organizar 50 italianos recién salidos de un autocar. No obstante merece la pena tener paciencia y aguardar a que las hordas abandonen los puntos de mayor interés, para ocupar un buen lugar desde el que disfrutar del brutal espectáculo de las cascadas que rompen el paisaje y se desploman, garganta abajo, estallando contra las rocas volcánicas para desaparecer en espumeantes torrenteras que se pierden en la fronda del bosque tropical. Entonces, cuando el rumor del agua llega con claridad sin ser alterado por la cacofonía de las manadas de turistas con urgencia, es posible disfrutar de la visión única de esta tierra salvaje, y dejar que la mente viaje a la época en que la isla aún no había sido colonizada, y en la que por sus bosques trotaba torpemente el Dodo, ese pájaro rechoncho de aspecto bonachón que hoy es el símbolo del país y que fue cazado por los primeros pobladores de Mauricio hasta provocar su extinción.

Muy cerca de las Cascadas Chamarel, escondida entre bosques, se encuentra una de las mayores atracciones turísticas de la isla: Los Siete Colores de la Tierra. Conforman un paisaje irreal creado por la combinación de los elementos. El polvo de origen volcánico, la oxidación de diversos minerales y la erosión causada por la lluvia han creado un lugar que, a pesar de la turbamulta turística, reclama -como las Cascadas Chamarel- tiempo y silencio para ser disfrutado. Ahí también se hace imprescindible la paciencia, tomar el pulso tropical del entorno, relajarse y, a la fresca sombra de un frondoso árbol, esperar a que el entorno se serene. Un sendero balizado serpentea por las suaves colinas de dunas petrificadas que crean el peculiar paisaje de Los siete Colores de la Tierra. El surrealista entorno invita a enmarcar imaginariamente cada metro cuadrado de un paisaje en el que los tonos ocres, amarillos, azules, rojizos, verdes, blancos o violetas han ido formando con el paso del tiempo una paleta pictórica en relieve. Los colores se funden unos con otros, se mezclan para crear un cromatismo imposible y, ayudados por la luz solar, crean un entorno abstracto y cambiante. Los colores se intensifican o suavizan con el paso de las horas y el tránsito solar en el cielo. Una nube cargada de lluvia puede alterar los tonos, el despiadado sol de medio día los hace estallar, la suave luz del amanecer o el atardecer los hacen dulces, románticos y más irreales si cabe.

Cuando se lleva unos minutos circulando por la carretera que cruza el Parque Natural de Black River Gorges, y aún suena en tus oídos el estruendo de sus cataratas y el silencio de los bosques que se estiran hasta llegar al mar, tropiezas con una amplia zona que -presidida por una descomunal y esperpéntica estatua del Dios Shiva- avisa de la cercanía del Gran Lago Sagrado. Este es el centro espiritual de Isla Mauricio, un lugar al que hay que acercarse con respeto y el aliento preparado para, una vez más, saltar de continente. Desde el aparcamiento no puede verse a qué nos enfrentaremos en cuanto iniciemos el descenso por las escalinatas que llevan al Lago Sagrado y al pequeño templo que se erige a sus orillas. Sólo cuando llegas hasta el borde del agua mansa y turbia del lago empiezas a darte cuenta de que, según bajabas los peldaños, tus pasos te encaminaban hacia el oeste, a 4.000 kilómetros de distancia, a la lejana India o Sri Lanka. De nuevo saris de colores imposibles, de nuevo oraciones susurradas en tamil, de nuevo el incienso empalagando el aire, de nuevo la estatua de Shiva, de Ganesha, de Vishnú, de Brahma, de Krishna, de Hanuman, de Kali, de Indra... de nuevo las ofrendas en forma de flores y cocos, el aceite untando los símbolos pétreos del lingam y el yoni. De nuevo sintiéndote fuera del mapa y de la geografía, de nuevo la humanidad haciendo un requiebro y situando su alma allí donde se encuentra la vitalidad.


Parque Natural de Black River Gorges

Que me encontraba en una isla de origen volcánico no me cabía ninguna duda. Tan sólo tenía que mirar el material utilizado para la construcción de las casas de los pueblos, o dar un paseo por los jardines del hotel para ver roca volcánica por todas partes, formando muros, decorando jardines, senderos o apilada en montañas junto a los campos de caña de azúcar que ocupan el 90% de los cultivos de la del país. Los volcanes dieron origen a esta isla, como otros volcanes lo hicieron con otras islas del archipiélago de las Mascareñas, pero no es hasta que alcanzas la cima de uno de ellos y caminas por el sendero que lo circunvala que te das cuenta de lo colosal de la formación primigenia de Mauricio. El volcán se derrama monte abajo, hacia los amplios valles que lo circundan y se cierran de nuevo por otras montañas de origen volcánico que, a su vez, se vierten hasta llegar al mar formando bahías como La gran Baie, recoleta en su inmensidad, abrazada a su vez por la gran barrera coralina que rodea casi la totalidad de la isla. Fue allí, en mi último día de viaje, con la isla extendiéndose hasta perderse de vista en las brumas costeras del horizonte cuando tomé consciencia de que reconocía el entorno y era capaz de colocarlo en un lugar concreto, si no del mapa si de mi corazón. Unas horas más tarde, mientras mi avión de regreso a la vieja Europa rodaba por la pista cogiendo velocidad, supe que no me marchaba definitivamente de Mauricio y que no había motivo para despedirme de ella, bastaba con un hasta la vista y la secreta esperanza de encontrar en el futuro otros lugares que albergasen tanta serenidad, diversidad y buena convivencia. Seguramente por eso no me sentí triste cuando al fin el avión tomó altura y no tuve necesidad de mirar por la ventanilla para ver cómo mi rincón bajo el sol se hacía cada vez más pequeño y lejano.



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