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Yakarta, sueños y miserias
Texto y fotos de Rafael Bastante

Indonesia es un desmembrado archipiélago de más de trece mil islas con la cuarta mayor población del planeta. La mitad de esa población (unos ciento diez millones de personas) habita en la Isla de Java, que constituye el centro político, social, cultural y económico de esta joven república. Yakarta, con alrededor de veinte millones de habitantes, constituye la sexta área metropolitana del mundo, el corazón que impulsa los sueños de millones de habitantes del país, que abandonan su vida rural con la esperanza de medrar en la gran megalópolis. Por lo general muchas de esas ilusiones se ven truncadas y muchas de estas familias se ven abocadas a la miseria y al hacinamiento en suburbios, donde sobrevivir al día a día ya es una ardua tarea.

 

Uno de esos barrios se encuentra muy cerca del centro, a él nos dirigimos una tarde, ignorantes de lo que nos espera al final del camino. Creo que nunca se borrará de nuestra memoria aquel atardecer de mediados de mayo en el que la pequeña barca nos mostró el otro mundo, la otra mitad del mundo; casi sin verlo, casi sin olerlo se nos metió en las entrañas y decidimos que teníamos que volver al día siguiente cámara en mano para ver -a través de nuestros propios ojos- lo que ocurría al otro lado .

 

 

Dejamos atrás el antiguo barrio de Kota , centro de Batavia , la pequeña colonia holandesa a partir de la que nació la capital de la nación, y penetramos en el puerto de Sunda Kelapa ; tal y como observamos el día anterior los hombres atareados cargan y descargan las goletas de los bugis , vestigios de tiempos anteriores en los que los Mares del Sur eran surcados por estos piratas originarios de Sulawesi. Entre dos de estas grandes embarcaciones de madera nos montamos en una pequeña y abarrotada barca para cruzar el canal, y alcanzar la barriada que había llamado nuestra atención en la víspera. Un enclenque muelle nos recibe y nos guía hasta la entrada a un bloque de chabolas; tímidamente avanzamos por el pasillo que se prolonga hacia el interior, algunas personas se encuentran en él, unos se dirigen en una u otra dirección, otros intercambian frases en un lengua incomprensible para nuestros oídos; a una corta interrupción en las conversaciones siguen las sonrisas y los saludos en inglés, un recibimiento sin sorpresas ni sobresaltos, de gentes que no es la primera vez que ven a unos extraños con la cámara de fotos colgando y cara de asombro. Ya más cómodos, y tras devolver los saludos, continuamos nuestro camino, curioseando un poco a través de puertas abiertas y gratamente sorprendidos de no haber oído aún la palabra maldita “money, money”. Un breve vistazo nos sirve para ver que las viviendas son completamente precarias, así como las instalaciones comunes, sin electricidad, ni agua corriente, y el mobiliario inexistente.

 

 

Un pasillo perpendicular nos conduce de nuevo al aire libre, hallándonos de pronto rodeados de basura y aguas estancadas, estamos en el patio de la barriada. Escaleras de madera dan acceso desde el piso superior, es en ese momento cuando observamos una de las escenas más impactantes: una niña de unos siete años sale de su casa y desde un escalón realiza sus necesidades mayores en el agua. Aquel lugar no muestra pobreza sino la miseria más absoluta, el mismo patio donde juegan los niños es a la vez basurero, cloaca y letrina, escenario que choca estrepitosamente con los dos rascacielos que se imponen a lo lejos, a apenas un par de kilómetros de distancia.

 

 

No regresamos al interior, la vida, la gente, se encuentran allí, caminamos observando los patios traseros donde realizan sus labores, lavar y tender la ropa, preparar la comida y la higiene personal. Poco a poco nuestra presencia se vuelve más patente y los niños van arremolinándose curiosos alrededor nuestro, uno de ellos, desaliñado como el resto de sus vecinos, termina el desayuno sin quitarnos los ojos de encima, tiene la cara blanquecina, producto de alguna crema que suponemos utilizan para evitar infecciones o como tratamiento de alguna enfermedad de la piel. Perseguidos por la jauría recorremos los siguientes metros intercambiando sonrisas con los que seguramente son sus padres, el barrio comienza a cobrar vida, los vendedores ambulantes empujan o tiran de sus carritos, como el suministrador de bloques de hielo destinado a mantener fresco el pescado. Las construcciones parecen ser más sólidas, aunque los muelles de madera que parten hacia la izquierda nos recuerdan que estamos rodeados de aguas estancadas, nos sorprende de repente no percibir ningún olor, nuestras papilas olfativas se han adaptado al medio, el olor está ahí pero nuestro cerebro ya no lo recoge.

 

 

Nos sentamos un rato a descansar y reflexionamos unos minutos sobre lo que estamos viendo, ¿Qué fuerza incomprensible ha movido a estas familias a abandonar sus pueblos y establecerse en la gran ciudad?, ¿Cómo pueden vivir bajo estas condiciones?, estas preguntas y muchas más son respondidas por un hombre muy amable que habla inglés. Yakarta es el sueño de muchos, simboliza el progreso, la riqueza, el éxito, cada año miles de personas llegan desde todos los rincones del país en busca de un futuro mejor para sus familias, de una vida más digna, unos pocos lo consiguen pero la mayor parte se ve obligada a luchar por sobrevivir. Piensan que en unos pocos meses encontrarán un buen trabajo, que nunca llega, incapacitados para pagar los elevados alquileres y las facturas, no les queda más remedio que unirse a los miles de indonesios que pueblan las barriadas, aquí el gobierno no se mete, aquí cada familia se construye su casa con materiales que recoge en las calles, no han de pagar facturas, ni el agua ni la electricidad, y así pueden seguir adelante. Si un día la suerte cambia y les sonríe podrán salir de allí y alquilar una casa, dar una educación a sus hijos, mientras tanto realizan los peores trabajos, con horarios inhumanos, preguntándose el porqué de sus miserias. ¿Y por qué no regresan a sus pueblos?, eso no, eso nunca, nos responde el hombre orgulloso, hay que intentarlo, por sus hijos, por sus mujeres, tal vez los niños tengan más suerte, tal vez ellos sí consigan una vida mejor, lo que es seguro es que esos niños no volverán, para ellos éste es su sitio, nacieron entre las aguas, con los rascacielos como telón de fondo, Yakarta es su único hogar.

Ensimismados caminamos sin un rumbo claro, los niños nos sonríen, nos miran, nos acompañan, se unen más, no dejan de sonreír, son felices, son sólo niños. De repente los dejamos atrás, hemos llegado a la frontera, el asfalto reaparece y con él los vehículos a motor, el olor del pescado del cercano mercado inunda el ambiente, pero seguimos sin despertar, sin salir del duermevela en el que nos encontramos, hasta que unas palabras nos sacan de él “money, money”…, ya hemos salido de la barriada, el dinero vuelve a marcar la diferencia.

Regresamos sobre nuestros pasos, desandando el camino hasta Kota, en la plaza se levanta el Café Batavia, de indudable ambiente colonial, decidimos entrar y tomarnos un café, ¡qué mejor manera de grabar en nuestras retinas y en nuestra memoria lo que acabamos de vivir!, el contraste es brutal, como si fuésemos millonarios pagamos unos cafés que cuestan más de lo que uno de los hombres que acabamos de conocer gana en una semana, es ridículo, un sinsentido… a pocos metros de allí los niños no dejan de sonreír.

 


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