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Reflexiones viajeras: el tedio del vuelo

Por kirby en el foro de www.viajerosolidario.com


Realmente, si nos obligasen nos quejaríamos con vehemencia. Una de las peores torturas de nuestros tiempos, a la que nos sometemos con la resignación de lo inevitable y la convicción de su necesidad por conseguir un beneficio posterior, es soportar un vuelo intercontinental.

 

© Joan Biosca

En primer lugar, antes de empezar la tortura, unas absurdas explicaciones sobre seguridad. Es por todos conocido que en caso de accidente las posibilidades de supervivencia son prácticamente nulas. ¿Para qué tantas y tantas horas perdidas en demostraciones inútiles? Nunca he sabido de nadie que muriese por no llevar puesto el cinturón de seguridad en un avión.

“El comandante y su tripulación les dan la bienvenida...” ¿Acaso se presenta el chofer de un autobús? ¿Y el conductor de un tren, que transporta más pasajeros?

Sin duda se trata de una táctica para entretenernos con las casi cómicas actuaciones de las azafatas y los rutinarios discursos de bienvenida y despedida carentes de interés; para reconfortarnos y hacernos creer que todo está controlado. Siempre escuchamos lo que queremos creer. Desviar nuestra atención de la tortura que estamos comenzando a padecer. Un intento de tranquilizar nuestras inquietudes al estado antinatural para nosotros, pobres bípedos terrestres, de sabernos flotando a miles de metros de altura, atados, en un espacio mínimo, sometidos a un ruido constante, con la compañía obligada de un extraño durante horas, un molesto aire acondicionado y los inquietantes movimientos del engendro mecánico que nos transporta al encontrar un poco de viento o atravesar nubes (turbulencias nos dicen, como si la palabra pseudo técnica pudiese tranquilizarnos).

Los viciosos del tabaco tienen prohibido su vicio durante horas. Al igual que en un hospital, dónde el paciente no puede descansar porque las enfermeras lo molestan constantemente con tontas pruebas y controles, existe todo un ritual de actos y supuestas distracciones que pretenden conseguir bloquear nuestra mente. Las azafatas desfilan periódicamente ofreciendo bebida, carritos con artículos inútiles libres de impuestos; nos proporcionan alimentos en unos horarios que acaban de destrozar nuestro ya maltrecho ritmo biológico. Obligatoriamente, si no cerramos los ojos, tenemos que tragarnos detestables películas, algunas censuradas, que en la Tierra nunca hubiésemos escogido (aunque tenemos la posibilidad de no escucharlas o escucharlas en un idioma que no dominamos). Podemos levantarnos para ir a un lavabo de diminutas proporciones, compartido con el resto de extraños que viajan con nosotros. La comida es vomitiva, una burda reproducción de la de la Tierra.

wikimedia.commons

Evidentemente los conocidos presos de Guantánamo disfrutan de mejores condiciones. Es más, cuando hicieron el viaje intercontinental, para ir a una isla tropical en medio del Caribe, no padecieron todas estas torturas. Les taparon los ojos y los oídos, y los drogaron para que no sufriesen tanto. Hay viajeros que también toman fármacos para poder dormir durante el vuelo. Pero tienen que comprarlos en una farmacia o ir a un médico que les extienda la receta e informe de los efectos secundarios nocivos de la ayuda química.

Otras personas, conscientes de la antinaturalidad de la situación, no receptivas al carrusel de tontas distracciones, escépticas de las estadísticas tranquilizadoras sobre seguridad, padecen crueles fobias. Para superarlas -ellas también creen tener derecho a disfrutar del beneficio final de un largo viaje en avión- practican estratagemas psicológicas o también tratan de ayudarse con fármacos.

En otras, la biología se rebela contra toda la ilógica, y simplemente mueren en pleno vuelo. Unos coágulos pequeñitos y rebeldes de sangre son la causa.

Pero la opinión general y todo el enorme aparato mediático siguen tratando de convencernos de lo contrario. En el límite de lo increíble, en muchas películas suceden episodios de sexo en pleno vuelo. Superando todos los inconvenientes descritos, los protagonistas mantienen la líbido elevada y normalmente acaban consumando el acto en el mencionado minúsculo y desmotivador lavabo.

Siempre me he preguntado que se hace de los residuos allí depositados. De pequeño pensaba que eran expulsados directamente al exterior. Conforme iban descendiendo por la ley de la gravedad, se iban diseminando en partículas cada vea más pequeñas, de forma que cuando alcanzasen la superficie terrestre no las diferenciásemos de una mota de polvo que se posa delicadamente sobre nuestros párpados (cuando en realidad es un trocito pequeño de mierda) o de una gota de rocío que acaricia suavemente nuestras mejillas (cuando en realidad es una gotita de pipí). Ahora, estoy firmemente convencido de que se guardan en una cisterna o en un recipiente adecuado. Al llegar a la Tierra se recicla y aprovecha la materia orgánica allí contenida para utilizarla como abono y cultivar bonitas plantas.

El problema se encuentra en caso de accidente aéreo. A la lamentable pérdida de vidas humanas, al coste económico y al impacto medioambiental de los restos del avión, puede sumarse la contaminación por restos fecales que pulverizados por el violento choque, pueden quedar esparcidos por el entorno o, incluso, peor aún, adheridos a los cadáveres de la tragedia.

wikimedia.commons

En un ejercicio de cinismo “el pensamiento dominante” nos consuela con las estadísticas. Afirma que en el caso improbable de un accidente aéreo el sufrimiento es mínimo y la muerte prácticamente instantánea. No estoy tan seguro de ello. Si el avión se parte a 10.000 metros de altitud hasta llegar al suelo en caída libre transcurren unos minutos. A esa altitud el frío es intensísimo. La descompresión brutal. Similar a la de la película “Desafío total”,

dónde Arnold Schwarzenegger está a punto de explotar en Marte, y desparramar por el éter espacial sus músculos inflados con esteroides, trabajados en la playa californiana de Venice a partir de una base genética centroeuropea. El pánico indescriptible. Una caída libre acelerada sin aire que respirar, sin tiempo para ahogarse, eternamente inacabable en la mente humana.

Paradójicamente, en un vuelo se puede reflejar con crudeza la realidad de la sociedad terrícola, especialmente en las diferentes clases de asientos. No somos iguales. La igualdad es una quimera, una falacia de la sociedad occidental y de la democracia. El que más paga tiene mejor asiento, es el primero en subirse y en bajarse, mejor comida, mejores bebidas, menos ruido, más atenciones, más espacio, más alcohol. Políticamente es una dictadura militar con rígidas normas de obligado cumplimiento, con rangos, con capitán, o con comandante, con soldados rasos (las azafatas). El gobierno en pleno de la pequeña dictadura de la nave pasa en fila india, delante nuestro, en la sala del aeropuerto, mientras hacíamos cola para facturar. Se han colado legalmente. El bar del aeropuerto es un pequeño microcosmos, parece una convención de la ONU. Extravagantes y contrastados atuendos, perfumes y peinados. Las salas de embarque simulan copias en miniatura de países. En la 28 todos vestidos de negro, con la tez morena, excepto unos cuantos occidentales. En la 29 con camisas de colores. En la 30 con barba y túnica blanca ellos, ellas con la cabeza cubierta. En la 31 están mejor alimentados, son más voluminosos, hay diversidad de vestimentas. Algunos leen, otros duermen. Los hay que ya hacen cola media hora antes de embarcar, otros escuchan música. Muchos bostezan. Siempre hay alguien se hurga la nariz con el dedo.

Forzosamente, para efectuar desplazamientos muy largos, tenemos que utilizar la aviación comercial. Ciertamente, nuestra sociedad está tecnológicamente muy atrasada.

Por falta de presupuesto en los primeros capítulos de la mítica serie “Star Trek” no pudieron tener una lanzadera espacial para trasladarse desde la nave “Enterprise” a los planetas que visitaban. Los guionistas idearon un sistema de teletransportación. En “Dune” la especie de los gigantescos gusanos del planeta Arrakis controlaba los viajes interplanetarios. En “ La Mosca ” un científico desafortunado inventa una máquina de teletransportación. Desgraciadamente para él, sus moléculas se intercambian con las de una mosca en el viaje de una cabina a otra.

“Moscas vulgares,…amigas viejas, me evocáis todas las cosas” (A. Machado “Las moscas ”).

Efectivamente, la prueba definitiva de lo artificial y antinatural de la aviación comercial sería la ausencia de moscas. No recuerdo haber visto nunca una mosca en el ambiente teóricamente aséptico de un avión. Aunque creo tener indicios de que alguna ha cambiado de país en un avión . En Catalunya puede morderte un mosquito tigre. Como todo el mundo sabe, la explicación dominante es que han llegado desde el Sudeste Asiático alojados como larvas en el caucho de ruedas neumáticas importadas. Una original explicación con base científica y políticamente correcta: “El trueque estaba hecho, la verdad se había convertido en mentira” (J Saramago “Todos los nombres” ). Es obvio que no existe ninguna prueba a favor de esta tesis. Es evidente que lo más factible es que llegasen en un vuelo intercontinental, escondidos en un horrendo regalo decorativo que una recién casada en viaje de novios -maravillada por el lujo oriental- llevó a su mejor amiga, o en el equipaje de mano de un seboso pederasta buscador de sexo fácil, o como larvas bajo la piel mugrienta de un asustado inmigrante ilegal. Llegados a este punto, todos nos habremos dado cuenta de que se trata de otra versión oficial adormecedora de nuestras conciencias. “La más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión” (G. Orwell “ 1984” )

Para desplazarnos con rapidez, saltando de continente en continente, utilizamos aviones. Los ejecutivos, los turistas y las moscas. Nos convencemos a nosotros mismos de la naturalidad de lo artificial, de la normalidad de lo excepcional y de la bondad de la incomodidad. Son: “pequeñas tretas para continuar en la brecha” (Manolo García “Insurrección” ).

El avión está descendiendo. Noto que disminuye la velocidad. Ya estamos llegando. Le daré un rodillazo al gordo del asiento de delante. Que se joda! Toda la noche con el asiento reclinado al máximo y roncando. Se despierta el histérico de al lado del gordo de delante. Tiene un tic en la pierna. La movía constantemente dando pataditas al suelo. La rubia tonta del lado izquierdo, la de la ventanilla, sigue sobando. Se empiezan a ver luces conforme bajamos. Si me acerco demasiado para mirar por la ventanilla puede pensar que disimuladamente la quiero tocar. Ahora ya no se ve nada. Estamos atravesando nubes. El señor de mi derecha comienza a despertarse. Vaya nochecita que me ha hecho pasar el muy gilipollas. Molestándome con la luz de lectura encendida. Me gusta mirar por encima del hombro lo que leen los demás. Debe ser patológico. He llegado a leer un diario que ya había leído antes. En este caso no ha podido ser. Leía un libro de bio-genética en inglés. No entendía nada. Y la letra era muy pequeña. Hay veces que un libro muy duro va muy bien para aislarte del tedio de un viaje en avión. Por el contrario, otras es mejor un libro fácil o una revista. No cuesta tanto concentrarse. Son los dos extremos, complementarios. El uno necesita al otro y el otro es el espejo del uno. Ya estamos muy cerca. Ha sacado las ruedas. Vuelven a verse las luces. Ahora cada luz es una casa. Y cada casa una familia. Y en cada familia, varias personas. Son muchas personas, cientos, miles. Y cada una de ellas, una vida, una historia. Cientos de miles de historias pequeñas. Millones de historias pequeñas. Volamos sobre ellas. Fuera hace un poco de frío. Es de noche. El avión es una curiosa máquina del tiempo rudimentaria, salimos que era de noche y al cabo de muchas horas, llegamos y sigue siendo de noche. La azafata está repasando que todos los respaldos estén en posición vertical. Por fin el capullo del gordo ha recogido el asiento. La azafata se ha pintado los ojos. Es guapa, pero se le nota la cara demacrada, cansada del viaje y del cambio horario. Me duelen los oídos con el cambio de presión. Mascaré un chicle. Espero que las maletas no se hayan perdido…


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