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'La maleta llena' de Sebastián Roca
Lo de viajar, cada día que pasa se pone peor


A fuerza de normalizarse, eso de coger la maleta y partir hacia otros horizontes se ha convertido en una carrera de obstáculos del que, el menor, es el épico paso de los controles de seguridad de los aeropuertos, donde el futuro pasajero es tratado como sospechoso de crímenes aún no escritos. Cualquier cosa es susceptible de ser considerada peligrosa, desde un yogur a una manzana, pasando por un tubo de dentífrico o un cortaúñas… Cada vez que pierdo una hora en la cola de sospechosos de terrorismo, me pregunto cuanto tardaran los cerebros de la lucha antiterrorista en caer en la cuenta que lo más práctico para todos sería que empaquetasen a los viajeros con ese plástico que tan de moda se ha puesto en los aeropuertos para proteger el equipaje y, convenientemente sedados, trasladen al personal a las bodegas del avión correspondiente. En serio, sería un beneficio para todo el mundo. Los gobiernos se ahorrarían una pasta en policía, las compañías aéreas podrían despedir a las azafatas, y los pasajeros, sin duda, seríamos los más beneficiados. No nos enteraríamos de los retrasos en la salida, no tendríamos que cruzar los arcos detectores de malos, no tendríamos que sufrir durante todo el vuelo sentados en unas banquetas que, eufemísticamente, llaman asientos y, no menos importante, no tendríamos la tentación de, por aburrimiento, engullir esa bazofia inmunda que las compañías aéreas llaman comida. La partida económica resultante del ahorro del catering y personal de cabina podría resolverse en abaratamiento de las tarifas. Cuanto más lo pienso más ventajas le veo a mi idea. Sólo me cabe pensar que si no la llevan a la práctica es por puro sadismo. Les gusta vernos sufrir, mordernos las uñas mientras el avión se retrasa, desesperarnos en la cola de control mientras repasamos mentalmente los objetos que llevamos en el equipaje de mano, siempre con la duda de si el cortaúñas se quedó en casa o estamos intentando pasarlo de contrabando, temerosos de que algún nuevo objeto haya pasado a formar parte de la críptica lista de “materias peligrosas” y en nuestra ignorancia enciclopédica, lo estemos transportando de contrabando. Los pasajeros, empaquetados como jamones, seríamos más felices y causaríamos menos problemas.

 

En los EE.UU. han empezado a utilizar un escaner que me parece muy práctico y al que no se le está sacando todo el partido que se le podría sacar. Se trata de un chisme que te radiografía de arriba abajo y, según creo, es capaz de detectar si llevas ropa interior, tetas de silicona, prótesis peneana, dentadura postiza de las baratas y un sinfín de detalles de la mayor importancia para la seguridad internacional. Si a este práctico e insustituible artefacto le adosaran un médico de familia, además de un educado, eficiente, simpático y dichararechero vigilante de seguridad, que ya lo lleva, por el mismo precio y en el mismo tiempo, sabríamos cómo andamos de salud. Si los pulmones reclaman una tregua de alquitrán, si tenemos sospechosas manchas de tisis, si la costilla que nos rompimos en el intento de coger asiento en una de esas low-cost de “todo a 1 euro” ha soldado adecuadamente. En un momento tendríamos la certeza de que no somos terroristas peligrosos o sí, y que la cosa de la salud necesita un repaso… o no.

wikimedia.commons

 

Terroristas y sospechosos de serlo, al margen; lo de viajar implica, a veces, una carga moral que pesa demasiado en la maleta. Con la globalización de todo, incluido el terrorismo, y la demostración de que los tomates tienen la misma ausencia de sabor en España que en Sumatra. Uno acaba por asumir que eso de que le metan una bomba debajo de la cama es más cuestión de suerte que de situación geográfica. De manera que acabas por concluir que da bastante lo mismo donde se corre el riesgo de ser liquidado por el zumbado de turno, simplemente porque no hay frontera libre de esa lacra. En cambio sí hay fronteras que nos plantean otras cuestiones más a nuestro alcance, menos dependientes del azar del terrorismo. Y llegado a este pantanoso terreno en el que la decisión de viajar a tal o cual rincón del planeta no implica razonamientos de temor físico por la propia vida, y el planteamiento se reduce a la ambigua cuestión moral… la cosa se complica. Es fácil decidir que se corre riesgo de muerte en cualquier momento, a fin de cuentas, no hay nada tan peligroso como estar vivo. Pero, ¿Cómo enfocamos la ética en lo referente a viajar? ¿Qué países debemos obviar en función de nuestros planteamientos éticos y morales, caso de que los tengamos? ¿Es posible salir de la cama y marcharse a turistear por estos mundos con la conciencia tranquila?

Mientras en occidente nos llenamos la boca con palabras como democracia o libertad; mientras pasamos once meses al año despotricando de las alarmantes noticias que aparecen día sí y día también en la prensa, o nos rechinan los dientes al leer los informes de Amnistía Internacional, cuando llegan las vacaciones -con demasiada y abrumadora frecuencia-, olvidamos la palabrería que ha quedado vacua a fuerza de repetirse como un mantra que no lleva a ninguna parte. Libertad, Democracia… son palabrejas que quedan olvidadas en el fondo de la maleta y turistear se convierte en la excusa, en el santo y seña que todo lo puede y todo lo abre.

Seguramente es conveniente para la salud mental no leer nada que tenga relación con los derechos humanos como mínimo dos meses antes de salir de viaje, no sea que las vacaciones se nos atraganten y acabemos escondidos debajo de la cama y con la luz apagada. Claro que, mirado desde otro punto de vista, el informe anual de A.I es tan abrumador que uno siente como su densidad se va licuando a medida que pasa las páginas y descubre que no hay nadie libre de culpa. Una vez asumido que el mundo es un queso de bola que caducó hace miles de años, y a fuerza de oler su tufo agrio ya no percibimos su lamentable estado, podemos rescatar el pasaporte del cajón, sacarle el polvo a la maleta y disponernos a salir de viaje con la inocencia de un niño de tres años. Al menos a mí me gustaría hacerlo así, pero el informe de A.I. se me ha atascado y no veo otra forma de resolver mi problema que compartirlo. Ya sabéis lo que dice el libro sapiencial por antonomasia, “El Refranero Español”. Las penas compartidas son menos penas.

No es necesario salir de vacaciones a países en guerra o productores de ella, aunque si este es el capricho de alguno, tendrá verdaderos problemas para decidirse en qué frontera quiere escuchar el sonido de las bombas. En el último informe presentado por La Escola de Cultura de Pau (ECP) de la Universidad Autónoma de Barcelona, señalan que hay 21 conflictos armados en el planeta. Claro que esto era cuando se hizo público el informe hace un par de meses y en el tiempo transcurrido desde entonces la cosa puede haber cambiado. Puede que hoy tengamos 24, ó 25, ó 32… paisajes bélicos entre los que optar para unas vacaciones sanguinarias. Recordaréis que durante la guerra de Bosnia las autoridades italianas tropezaron con unas agencias de viajes on-line que organizaban fines de semana en la zona del conflicto y en las que incluían la experiencia de pasar unas horas jugando a francotirador… De manera que imagino que todo se reduce a buscar en Internet y acabar topando con una página que se llame www.apegartiros.com (No os molestéis en pinchar el enlace, ya lo he comprobado y, en el momento de escribir estas páginas, no existía).

Omitiendo a los que gustan -que los hay- de ir a oler el enervante aroma del napalm y la dinamita, y centrándonos en los que simplemente queremos salir a echar un vistazo para ver que se cuece en otras fronteras y en otras cazuelas, el informe 2008 de Amnistía Internacional es sencillamente descorazonador. Afortunadamente las agencias de viaje tienen el decoro y el buen gusto de omitir el tipo de información que los de A.I. producen con total descaro, sin tener en cuenta nuestra sensibilidad viajera y la ansiedad que se apodera de los aficionados al jet-lag cuando nos acercamos a un aeropuerto y nuestro subconsciente capta las partículas de queroseno que flotan en el aire. Esta falta de sensibilidad para con el turista hace que cada año A.I elabore un informe de la situación internacional en materia de Derechos Humanos y aproveche para publicarlo cuando andamos con la cabeza metida entre las páginas de los folletos de viajes y las ofertas de vuelos de última hora.

En Arabia Saudí -el aliado occidental de los petrodólares y garante de la democracia en oriente-, te meten en la cárcel por practicar la religión equivocada o la sexualidad dudosa, y si eres mujer y sufres una violación te puedes llevar 90 latigazos de multa!. En Brasil, entre samba y carnaval, actúan con absoluta impunidad los escuadrones de la muerte que, amparados por la policía, causan centenares de muertos en barrios marginales, en aquellos donde la garota de Ipanema no puede lucir el tanga porque nunca les da el sol. En Camboya, durante el 2007, miles de personas fueron objeto de desalojos forzosos y perdieron tierras, viviendas y medios de vida a causa de los proyectos urbanísticos apoyados por el gobierno. China se ha preparado a marchas forzadas para perpetrar la inauguración de los JJ.OO. y pavonearse, de paso, con la lectura de la Carta Olímpica , la que guardan en Suiza y que contiene la esencia del espíritu deportivo tan proclamado por el barón de Coubertain. En los preparativos para los Juegos Olímpicos de 2008, Pekín se ha esforzado por limpiar calles y casas de elementos asociales y descarriados. Así se ha intensificado la represión contra activistas de derechos humanos; se incrementa la censura en Internet y en prensa. Amnistía Internacional calculó que hubo al menos 470 personas ejecutadas y 1.860 condenadas a muerte en el 2007, aunque se cree que las cifras reales son muy superiores. Egipto se ha convertido en uno de los líderes internacionales en el patético ranking de mutilación genital femenina. El Fondo de la ONU para la Infancia (UNICEF) calcula que el 75 por ciento de las muchachas musulmanas y cristianas con edades comprendidas entre los 15 y 17 años son sometidas a mutilación genital, y calcula que casi el 70 por ciento de las niñas que contaban menos de tres años serían sometidas a esa práctica antes de cumplir los 18.

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Según estadísticas oficiales egipcias, el 97 por ciento de las mujeres con edades comprendidas entre los 15 y los 49 años habían sido objeto de esta práctica. Los antiguos egipcios asombraron a la humanidad erigiendo las mayores y más hermosos construcciones de la historia y sus coetáneos pasarán a los libros por mutilar a sus mujeres. Unos practicaban la trepanación y los otros la ablación… todo es cirugía!!! La pujante economía India, que nos asombra todos los días por los logros en política medio-ambiental, batiendo record tras record en emponzoñamiento del aire, ha conseguido ser uno de los países del mundo con más millonarios al mismo tiempo que, milagrosamente, ha logrado mantener a 300 millones de sus ciudadanos –en torno a la cuarta parte de la población- por debajo de los límites de la pobreza. En Kuwait, otro de los garantes de la democracia internacional, los trabajadores y las trabajadoras emigrantes, que constituyen una gran parte de la población activa del país, continuaron siendo objeto de una amplia variedad de abusos. Miles de mujeres empleadas en el servicio doméstico, en su mayor parte ciudadanas de países del sur y el sureste de Asia, afirmaban ser objeto de abusos físicos y sexuales por parte de sus empleadores. Nada del otro jueves, lo del derecho de pernada trasladado al plácido paisaje del desierto kuwaití, el mismo que Sadam quiso invadir provocando el delirio de las democracias internacionales ante tamaño atropello.

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Malasia ha desempolvado la Ley de Seguridad Interna, que permite la reclusión sin juicio!!, durante períodos de hasta dos años -renovables de manera indefinida-, para personas consideradas detractoras del gobierno. Malta continuó durante el 2007 aplicando su política de detener automáticamente a los inmigrantes ilegales y solicitantes de asilo que llegaban a su territorio. A finales de junio unas 3.000 personas se encontraban detenidas en Malta por estos motivos. México sigue imparable en su particular lucha contra las mujeres. La “Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares” halló que el 67 por ciento de las mujeres mayores de 15 años afirmaba haber sufrido algún tipo de violencia en el hogar, la comunidad, el lugar de trabajo o la escuela, y que casi 1 de cada 10 declaraba haber sido víctima de violencia sexual. Mongolia sigue siendo el paraíso del hermetismo, de ahí que la aplicación de la pena de muerte se mantenga en secreto. La contaminación del agua potable por el vertido en los ríos de los productos derivados de las actividades mineras y de prospección daña las fuentes de subsistencia de los pastores nómadas tradicionales, que dependen del agua de los ríos para abrevar su ganado. Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el nivel de contaminación en el distrito de Khongur era entre 100 y 125 veces superior al recomendado en el caso del mercurio y 900 veces mayor en el del cianuro sódico. En Myanmar el gobierno sigue haciendo como que no tiene población a la que gobernar, si no estorbos en el camino, por eso en el estado occidental de Rajine se tomaron medidas para la construcción de un gasoducto, y para que la población no estorbase en las obras se desplazaron forzosamente a algunas comunidades étnicas, que fueron obligados, de paso, a realizar trabajos forzosos.

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En Pakistán se detuvo arbitrariamente a millares de profesionales del derecho, periodistas, personas comprometidas con la defensa de los derechos humanos y activistas políticos. Según parece también estorbaban, igual que las 310 personas que fueron condenadas a muerte, aunque las autoridades, en un ejemplo de magnánima bondad, sólo ejecutaron a unos 135. En la República Democrática del Congo la violencia sexual contra las mujeres se practica de una forma absolutamente equitativa, por eso el país es una república democrática, como su nombre indica. Los soldados y la policía se encuentran entre los principales perpetradores de estos actos, así como los miembros de grupos armados, tanto congoleños como extranjeros, aunque se recibieron informes de un número cada vez mayor de violaciones cometidas por civiles. Muchas violaciones, y en particular las cometidas por grupos armados, iban acompañadas de mutilaciones genitales o de otros actos de brutalidad extrema. En Sierra Leona el 94 por ciento de la población femenina es víctima de la ablación del clítoris…

Después de este aperitivo, que Japón esquilme ballenas y delfines para convertirlas en sushi; o Noruega haga lo mismo, y con la excusa de la caza científica amontone toneladas de carne de ballena en sus supermercados, tal vez para que sus ciudadanos puedan realizar en la intimidad de su hogar experimentos con fines humanitarios (que nunca se sabe), parece tener menos importancia, sólo lo parece.

Si tomásemos la lista de ignominias contra la humanidad publicada anualmente por Amnistía Internacional, no nos acercaríamos al turismo sin guantes de látex, ni siquiera a través de los escaparates de las agencias de viajes. Aquí cabe plantearnos si eso de viajar, eso del turismo, tiene que estar necesariamente involucrado en los hechos reales que encorsetan un país.

Al fin, aunque sólo sea para tranquilizar el espíritu, no cabe más que pensar que como viajeros, como turistas, no salimos de casa para arreglar el mundo, a fin de cuentas nuestro pequeño entorno personal ya tiene bastantes problemas como para fijarnos en los que acucian al lugar al que partimos para cambiar de aires y librarnos, de paso, de nuestras propias penurias por unos días. Claro que solemos olvidar que lo primero que uno pone en la maleta cuando sale de viaje es su Yo, y también sus circunstancias, por supuesto. Por eso molesta tanto escuchar el cuchicheo de un turista comparando su país con el que está visitando. Como si en España no hubiese corrupción política o económica, como si la piel de toro fuese el paraíso de las especies protegidas o jamás apareciese en los informes de A.I. Como si nunca hubiésemos participado en aventuras militares vergonzosas. Comparar es odioso, comparar países, culturas o religiones es, simplemente, estúpido. El viajero, el turista, es un espectador y como tal sería sano que viajase. Por supuesto con los ojos y los poros muy abiertos, transpirando, absorbiendo cuanto ve y cuanto siente con la secreta esperanza de que aquel mundo desconocido en el que se sumerge durante unos días tenga alguna posibilidad de penetrar en su Yo. Puede que, a su regreso, tras un par de semanas, ese mundo ignoto de imposible digestión haya impregnado lo suficiente a su Yo como para plantearse que en esta vida, salvo escasísimas excepciones, somos simples espectadores de nosotros mismos y de nuestro entorno y concluir, como insiste “El Refranero Español”: en todas partes cuecen habas . Si no que se lo pregunten a todos los países occidentales que se han apuntado, sin enrojecer de vergüenza, a ese invento de Bush que lleva el terrorífico nombre de “Guerra contra el Terror”…

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El viaje empieza en cuanto cruzamos la puerta de nuestra casa. Con un poco de suerte descubriremos que el mayor impacto del viaje lo vivimos en suelo patrio, cuando nos enfrentemos a las caóticas colas de facturación del aeropuerto y sufrimos el acoso de quien nos sigue en la cola echándonos el aliento, armado con un carro repleto de maletas, golpeándonos una y otra vez los tobillos en un estúpido intento por acercarse unos milímetros más a la anhelada tarjeta de embarque. Luego llegará el control de seguridad. Todos seremos sospechosos… La Libertad Duradera y la Guerra contra los Malos tiene ese precio. Y la, desgraciadamente tan usual, mirada de desprecio de los empleados de seguridad nos hará sentir por unos segundos como apátridas en busca de refugio. Abandonaremos yogures, refrescos, cortaúñas y demás armas de destrucción masiva en las cajas habilitadas al efecto. Si hemos tenido suerte y hemos alcanzado el grado insuficiente de sospechosos, podremos de nuevo ponernos los zapatos, dejaremos de sujetar los pantalones con las manos y, una vez repuesto el cinturón en el lugar que le corresponde, podremos pasear durante unos minutos por las tiendas libres de impuestos, donde descubriremos, ya sin estupor, que es más barata la tienda de delicatessen de El Corte Inglés que esa miríada de zocos que hay en los aeropuertos y en los que sólo se puede comprar, previa muestra de la tarjeta de embarque, unos productos que si bien están libres de impuestos no lo están de abusivos márgenes de beneficios. La aventura no ha hecho más que empezar. Asumiremos el retraso en la salida del vuelo, los cambios de puerta de embarque, los empujones urgentes de los que siguen pensando que la cola es una cosa que sirve para adherir diferentes productos y que cuanto más se apretujan a nuestra espalda mayores posibilidades de subir a bordo tienen. Realmente, llegados a la cola de embarque uno ya podría marcharse de nuevo a su casa. Ahí, en el familiar aeropuerto, uno ya tiene suficiente dosis de elementos comparativos, no necesita para nada irse a un país más o menos lejano para comparar fronteras, ni para afirmar que los ciudadanos de no-sé-dónde son muy maleducados, ni que el gobierno de no-sé-cual no se cuida de sus gobernados, ni para afirmar que las normas de convivencia de tal otro son una barbaridad perteneciente a la edad media. Sin salir de casa ya tenemos todo eso. Por cierto… ¡¡Buen viaje!! Y gracias por ayudarme a digerir el informe 2008 de Amnistía Internacional.


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