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Castillos del Loira, el valle de los reyes
(primera parte)

Reportaje de Joan Biosca y Mercè Criado

La carretera zigzagueaba siguiendo el curso de las aguas del Loira. En el mapa, a los flancos del río que había forjado la personalidad y buena parte de la historia de Francia, se punteaban los nombres de los castillos que habían colocado la región en el objetivo del turismo internacional. Castillos de nombre evocador cuando no de memoria siniestra o de pasado tan añejo que casi había sido olvidado hasta por los libros de historia. Piedras que se resistían al paso de los años, de los siglos y de los hombres que las habían erigido, derruido, vuelto a levantar y a devastar. Torres y murallas, bastiones amados por unos, odiados y sitiados por otros. Castillos defendidos de ataques militares o mudo testimonio de intrigas palaciegas dignas de novelas de caballería de digestión imposible. Piedras que guardaban, en la porosidad de su silenciosa memoria, los secretos de los tiempos en que la realeza de media Europa seguía los modismos y los dictados de los amanerados reyes de Francia.

 

El río Loira atesora a lo largo de su extenso recorrido un importante inventario de estilos arquitectónicos y referencias históricas que nos hablan de su trascendencia como motor político, económico y cultural de Francia. En este valle, arropados por un clima suave, una gastronomía curtida en las mejores mesas de la Francia central y una no menos importante riqueza etnológica, se erige una de las mayores concentraciones de castillos de Europa. Recorriendo el patrimonio arquitectónico que suponen los castillos del Valle del Loira, nos adentramos en la historia de los últimos 500 años de nuestro vecino del norte, cuando el rey Luís XI hizo de Tours la capital de su corte en 1421. A partir de entonces los paisajes y la mágica luz que arropa la región fueron escenario del genio creador del hombre, que ha llegado hasta nuestros días envuelto en el glamour de palacios renacentistas, almenas medievales e historias para aderezar todos los sueños y pasiones.  Los castillos, fortalezas o abadías edificados a lo largo de los márgenes del río son silenciosos testimonios de la pasional historia de esta región que, como un imán, atrajo a lo largo de cinco siglos a las clases más cultas, adineradas e influyentes de la Francia del Medioevo y el Renacimiento.




 

Montsoreau

El château de Montsoreau, en el límite de las regiones del Loira Atlántico y Loira Central, me pilló por sorpresa. Desde la extraña perspectiva que me daba la estrecha carretera, la mole de piedras parecía surgir directamente desde el lecho del río para acabar rematando la visión con un perfil de torres cuadradas y almenas de aspecto medieval. Este castillo, edificado sobre los cimientos de una antigua fortaleza militar del siglo XI, es un ejemplo perfecto de la evolución arquitectónica que supone el paso de fortaleza feudal de la Edad Media hacia el palacio residencial renacentista.

El jardín-cafetería de un hotel cercano me permitió saborear simultáneamente una cerveza fría y la visión cálida del château, asomándose al imponente Loira por un lado y a la ciudad medieval por el otro.

El interior del castillo, exquisitamente rehabilitado, guarda una interesante exposición en la que, de una forma muy didáctica y amena, el visitante es introducido en la vida social del Renacimiento. Vestuarios, música, fiestas y personajes se suceden a medida que se avanza por las diferentes salas, siempre con la dama de Montsoreau como anfitriona virtual del encuentro entre visitantes y los espíritus que habitan en el ambiente de este castillo. Todo es muy romántico, a no ser que la memoria histórica interfiera en la narración y se nos cuele a traición el nombre de uno de los señores del castillo; Jean de Chambes, delegado del rey para ejecutar en la región la matanza del día de San Bartolomé, cuando millares de calvinistas de toda Francia fueron masacrados al inicio de la Guerra de las Religiones. Parece que al caballero le apasionó la cosa de los asesinatos y años más tarde se llevó por delante a Bussy D´Amboise, amante de su esposa, historia que inspiró a Alejandro Dumas para escribir “La Dama de Montserau”.

Continuando el paseo hacia los sótanos del castillo, uno no puede dejar de estremecerse al imaginar lo que pudo acontecer entre los muros que, en aquellas épocas, encerraban las mazmorras. Pero hoy, afortunadamente, en este espacio encontramos otra parte de la exposición permanente, en la que se muestran los elementos que han conformado -desde la prehistoria hasta el presente- la personalidad económica y social de las poblaciones bañadas por el Loira. Al finalizar el paseo el instinto dicta la escalada hacia lo alto de las almenas, donde la fresca brisa procedente del Loira, y la amplitud del paisaje que se contempla desde las atalayas, nos hacen olvidar definitivamente la triste memoria de algunos de los residentes de este magnífico castillo.

 

 

Chinon  

El château de Chinon es quizá, de los castillos del Loira, el que tiene la más dilatada historia. Exteriormente tiene el aspecto de una fortaleza curtida en cien batallas y su interior -afirman quienes lo han visto- que es puramente renacentista. Por desgracia cuando realizamos este reportaje el castillo se hallaba bajo un complejo e intensivo trabajo de rehabilitación y, por ello, cerrado al público en su mayor parte.  Situado en la cumbre de un promontorio estratégico, la existencia del château de Chinon se prueba a partir del siglo V, y se precia de haber tenido entre sus huéspedes a Ricardo Corazón de León y a Juana de Arco, heroína de la batalla de Poiters en la Guerra de los Cien años. Eso es, al menos, lo que describía la guía. Tuve que contentarme con la mágica visión de Chinon desde lo alto del promontorio en el que se asienta el castillo e imaginar cómo debían ser las salas en las que vivieron tan ilustres personajes.

 

 

De Ussé

Si hay un castillo en esta región que invite a penetrar en los cuentos infantiles y retozar en los recuerdos de príncipes altaneros y princesas encerradas en torreones, este es el castillo de Ussé. Un castillo de cuento de hadas que sirvió de modelo e inspiración a Charles Perrault, el creador de La Bella Durmiente. Tiene también este romántico palacio renacentista cierto aire de similitud con el pastiche que se sacó de la manga Walt Disney en la meca del kitch: Disneylandia.

El tiempo parece retroceder a medida que se penetra en sus estrechos pasillos y se va ascendiendo por empinadas escaleras hacia las altas torres que coronan el conjunto. Allí, entre luces y sombras, encerrados en románticos decorados, vamos descubriendo a la pobre Bella Durmiente postrada en un catre, con el atribulado príncipe a sus pies. Otra estancia esconde a la vieja aya con su rueca; naturalmente la bruja también tiene su rincón. Así, entre paredes que rezuman historias reales, deambulamos por el pasado y el mundo de las fantasías, entre la realidad y la ficción, hasta que, al alcanzar la más alta de las torres, vislumbramos por los ventanucos el impresionante paisaje que se nos ofrece unas docenas de metros más abajo, con el río Indre marcando el límite de los jardines. Para entonces ya no sabemos a ciencia cierta si hemos ingresado definitivamente en un cuento infantil o en una extraña poesía hecha de piedra. La mezcla de estilos arquitectónicos y decorativos ayudan sobremanera a la confusión. Así vamos saltando por salas habitadas por muñecos de cera que recrean ambientes de siglos pasados, escenas que parecen salidas de épocas en las que los relojes sólo eran adornos que colgaban de las paredes y los pianos artefactos que sabían tocar las señoritas de buena familia. Pasamos del Renacimiento clásico, al Gótico pomposo y luego al Medieval riguroso. La transición entre estilos y personajes acaban por embotar los sentidos y uno se siente trasladado a un mundo intemporal que sólo la visita a la hermosa y sobria capilla gótica, anclada en el otro extremo de los jardines, ayuda a calmar.

 

Castillos del Loira, el valle de los reyes (segunda parte)
Próxima entrega:
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