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Varsovia, el ave Fénix del este
Reportaje de Joan Biosca

Calle Nowy Swiat

Los pronósticos del tiempo para aquel domingo eran un tanto equívocos; según Yahoo debía llover, según la lesión en la rodilla del taxista que me acompañó desde el aeropuerto al hotel la tarde anterior, haría sol. Ganó la rodilla del taxista y a las cuatro de la mañana el sol entraba a raudales por el ventanal de mi habitación, de la que había olvidado echar las cortinas. A las siete ya había engullido un par de tés y un surtido de arenques que fueron a hacerles compañía a los de la noche anterior. Enfilé por la calle Nowy Swiat con dirección al Casco Antiguo de Varsovia intentando desperezarme, tomarle un poco el pulso a la ciudad y, de paso, conseguir algunos zlotys en cualquier cajero automático, paso imprescindible antes de que el próximo enero del 2013 Polonia entre en la zona euro. En mi ignorancia pensaba que, como ocurre en muchas capitales europeas, encontrar un cajero automático no resultaría tarea fácil. Gran error, apenas a cien metros del hotel tropecé con un banco, y junto a éste otro, y otro más a unos pocos metros, y otro en la acera de enfrente. Polonia, como España, ha sido tomada al asalto por las entidades bancarias. Pero esta no fue la única similitud que encontré con nuestro país en aquellas primeras horas, en aquel primer paseo. En la esquina con Al. Jerozolimskie, tras entretenerme unos minutos frente al escaparate de Ferrari admirando modelos refulgentes que no sabía que existían, tropecé con una maraña de líneas de metro; el semáforo en rojo me permitió unos minutos de calma en tierra de nadie y, al levantar la vista al cielo para controlar de cerca los nubarrones que pugnaban por quitarle la razón al taxista y dársela a Yahoo, descubrí la segunda escena que me recordó España. Una miríada de grúas y esqueletos de edificios en construcción amenazaban con metamorfosearle el skiline a Varsovia. Como a aquellas horas el único peligro para los peatones lo representaban los tranvías, ya que los coches aún no habían hecho acto de presencia, seguí mi paseo mirando hacia arriba, y ahí empecé a comprender un poco la fisonomía de esta ciudad.


Antiguo edificio de apartamentos de arquitectura realista junto al nuevo proyecto que se edificará

Brutal, salvaje y sistemáticamente arrasada en un 90% por el ejército nazi durante la 2ª Guerra Mundial, Varsovia fue reconstruida bajo el yugo pro soviético a partir del 1945. La muestra eran esos edificios anodinos, grises y mediocres que emborronaban el paisaje con su fealdad y contundencia. Junto a ellos se alzaban hermosos y brillantes rascacielos de cristal, modernos centros comerciales de diseño vanguardista y esqueletos y más esqueletos de edificios que, dentro de muy poco, acabarán por sustituir esa argamasa de hormigón barato con que el comunismo quiso edificar el paraíso proletario a fuerza de castrar las aspiraciones democráticas de un pueblo que, a unos centenares de metros de donde me encontraba, me daría el ejemplo del tesón y la obsesión de los polacos por recuperar la identidad que les usurparon entre dos de los mal nacidos más importantes del siglo XX: Hitler y Stalin.

Placa en la casa de Madame Curie
 

Muralla y fortaleza en la entrada de la Ciudad Antigua,
declarada Patrimonio de la Humanidad en 1980 por la Unesco

Acabada la guerra, con casi toda Varsovia convertida en un solar, hacían falta millares de viviendas. La tarea de levantar una ciudad completamente arrasada fue más complicada de lo normal por culpa del Ejército Soviético que controlaba el latir de los corazones de los polacos, y por culpa del Partido Comunista Polaco, que parece que sentía tanta vergüenza de la denominación “comunista” que ni siquiera tuvo el valor de incorporarlo a su nombre oficial y utilizó el eufemismo de Partido Obrero Unificado Polaco.
El país no podía contar con ayuda exterior para su reconstrucción, por aquello de que a Stalin eso de codearse con el capitalismo del otro lado del océano le producía el malestar que nunca le causó  ejecutar a cuanto disidente se le puso a tiro. Varsovia pues, creció y se reconstruyó a fuerza de rublos y mala leche por un lado y tenacidad por el otro. Por obra y gracia de Hitler, la ciudad pasó de ser una de las capitales más bellas de Europa a un erial y, a la sombra de Stalin, dejó de ser un erial para alcanzar el dudoso honor de ser una de las ciudades más grises y anodinas del planeta. Sólo el tesón obsesivo de los varsovianos por reconstruir su hogar logró que, a fuerza de voluntariado, algunas colaboraciones de organizaciones extrajeras y, especialmente, a las aportaciones económicas que realizaron los millares de polacos que habían escapado de los horrores de la guerra, Varsovia recobrase parte del esplendor de su pasado en tan sólo 8 años. Gracias al impresionante trabajo de arquitectos, artesanos, artistas y miles de ciudadanos que pusieron la mano de obra voluntaria y gratuitamente, el Caso Antiguo de la capital polaca recuperó el esplendor y la pátina histórica y cultural que jamás debió perder. La UNESCO declaró el Casco Antiguo de Varsovia como Patrimonio de la Humanidad en 1980.


Restaurantes en la Plaza del Mercado

Desde el centro de la plaza Real, la estatua del Rey Segismundo III, encaramado en la alta columna que preside el centro de la gran explanada, parece contemplar a vista de pájaro el ir y venir de la ciudadanía que pasea por una de las zonas más bellas y románticas de Varsovia. El Camino Real, atiborrado de tiendas, restaurantes y cafeterías, conduce hasta el Castillo Real, que presume con merecido orgullo de ser el lugar en el que se proclamó la primera constitución europea en el año 1791. No muy lejos encontramos la pintoresca y animada Plaza del Mercado y los estrechos callejones que la arropan, que fueron copiados de imágenes antiguas, de planos que habían viajado a Berlín expoliados por el ejercito nazi y que se consiguieron recuperar y, sobre todo, por la impenitente afición que este pueblo siente por la historia, que les hizo esconder toneladas de documentación en lugar seguro. Poco a poco y a lo largo de 8 años, el centro histórico recobró su aspecto.


Ciudad Antigua de Varsovia, Patrimonio de la Humanidad en 1980

En esta zona de la ciudad uno siente cierto desasosiego cada vez que se embelesa con un edificio del siglo XVI construido a mediados del siglo XX y, en toda Varsovia, uno se desconcierta cada vez que se entera de que algunas casas se salvaron porque en la desbandada final, los oficiales alemanes -que ocupaban las mejores residencias del mejor barrio-, olvidaron dinamitar “sus” domicilios ante la presión del Ejército Rojo que no regateaba esfuerzos por acabar la faena destructora de los alemanes, tanto que aún hoy hay quien duda sobre si la artillería del Ejército Rojo disparaba sobre las tropas alemanas en retirada o hacía puntería sobre los pocos edificios que estos habían olvidado volar. Hoy el gueto de Varsovia, en el que fueron encerrados en condiciones infrahumanas hasta 400.000 judíos, es una zona ciertamente desangelada y triste. Parece como si el sufrimiento de aquellos millares de infelices hubiese impregnado hasta el aire de esta área de la capital de Polonia a lo largo de los años. Ojalá que el nuevo museo del Pueblo Hebreo que se está edificando sea la primera piedra que convierta este barrio, de nuevo, en un lugar en el que los ecos de las miserias humanas acaben por desaparecer a fuera de recordarlas.


Columna del Rey Segismundo III


Palacio Real

Murallas en la entrada de la Ciudad Antigua
Organillero en la plaza del Mercado

La sirena, el símbolo de Varsovia

Varsovia es, ciertamente, una ciudad ecléctica en la que el drama de su historia contemporánea ha sido la mano ejecutora de sus cimientos. Edificios neoclásicos, renacentistas, representativos de la arquitectura realista y vanguardista, comparten calles y plazas. Uno puede cruzarse con un tranvía que parece surgir directamente de una escena de El tercer hombre y viajar en otro fabricado apenas dos meses atrás siguiendo las últimas técnicas de ingeniería; desde las brillantes cristaleras de edificios realizados por arquitectos de fama mundial se reflejan anónimas y sórdidas construcciones que, tal vez, la ciudad haría bien en preservar aunque sea sólo por el placer de mostrar a las futuras generaciones algunos esbozos de lo que el siglo XX representó para la capital polaca.

Varsovia, y Polonia entera, tiene prisa por continuar el camino durante tantos años bloqueado, pero lo que llama más la atención en sus ciudadanos es que, a pesar de los horrores de la historia que les ha conformado, no miren con odio, ni siquiera con aprensión, a los vecinos que les causaron tanto dolor y, por encima de esta voluntad de enfrentarse al futuro, sigan sin ninguna acritud manteniendo vivo ese pasado hostil. Prueba de ello es el maravilloso Museo de la Insurrección, en el que el visitante queda abrumado por el recorrido y la síntesis que de aquellos horribles años se ha hecho en su interior. Es imposible recorrer este espacio, que más que un museo es un centro didáctico y dinámico de interpretación, y no hacerse más preguntas de las que el centro desvela, que no son pocas. Realmente salí del museo desconcertado, no porque en él me contasen nada que ya no supiese, más bien porque después de pasear por los callejones adoquinados y cuidadosamente iluminados de sus galerías se me hizo un desagradable nudo en el estómago cuando caí en la cuenta de que en mi país aún hay quien se resiste a mirar a la historia a los ojos -sin temor ni vergüenza-, y se empeña en mantener la mierda bajo las alfombras en lugar de airearla para que deje de apestar en la memoria colectiva.

Tal vez por culpa del museo, cuando alcancé a ver el estadio de fútbol que se ha edificado con motivo de la celebración de la Eurocopa, el edificio me recordó un donuts gigante vestido de colores y nada más. Varsovia ha puesto la directa los últimos meses, se levantan pavimentos, se construyen nuevas líneas de metro, se aderezan edificios, se remodelan avenidas. El entorno me recordaba, y mucho, el vivido en Barcelona los meses previos a los Juegos Olímpicos del 92. Un caos portentoso que sólo puede desencadenar un éxito rotundo. La Eurocopa es un buen escaparate gracias al cual posicionar Varsovia en el plano turístico internacional, pero estoy seguro de que, como ocurrió con Barcelona tras los juegos del 92, Varsovia alcanzará el estatus que merece dentro de la oferta turística europea y que cuando suene el silbato que inicie el la Eurocopa, el pitido será mucho más que el mero comienzo de un partido de fútbol.


Niños jugando a fútbol en la presentación de la Eurocopa


Estadio de fútbol de Varsovia, desde la Plaza Real

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