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En taxi por Buenos Aires
Reportaje de Joan Biosca y Mercè Criado

Buenos Aires tiene el alma inquieta, se reinventa cada día. A veces a pesar de los porteños, pero casi siempre con esa mirada indiferente que sólo los bonaerenses son capaces de simular. Como si nada fuese con ellos, como si esos grupos de turistas que la caminan cada día no estuviesen allá.

Es fácil sentirse como en casa en Buenos Aires. No hay más que montarse en uno de los miles de taxis que la recorren y darle al taxista una dirección al azar. Da igual hacia donde nos dirijamos, la aventura, el conocimiento de la ciudad aguarda en el interior del taxi. ¿Cuál es el tema del día? ¿Política internacional? ¿La crisis económica? ¿Corrupción en las altas esferas del poder local o internacional? ¿Leo Messi no marca con la selección argentina? ¿El Barça ganará de nuevo la liga? ¿El Boca se hará con la copa? ¿El Banco Mundial? ¿El origen semántico de las palabras?... La mejor forma de pasar el rato en Buenos Aires es encerrarse en el exiguo habitáculo de un taxi y dejar fluir la conversación, eso sí, teniendo siempre en cuenta que esta versará sobre aquello que el taxista quiera, y sin olvidar que lo único que en Buenos Aires sigue teniendo una tarifa apta para todos los bolsillos es el taxímetro.

Ya comprendo que en Europa anden preocupados con la crisis económica. Argentina se suicida económicamente cada diez años, o sea que ya pueden imaginarse lo acostumbrados que estamos a estos quilombos.

Buenos Aires es la ciudad perfecta para aquellos a quienes no les apetece pasar unos días en una ciudad. Baires, como la llaman los porteños, no quiere ser recorrida, ni reconocida. Sus barrios y sus rincones no precisan de mapa alguno. Sus tesoros se esconden en esquinas anónimas, en mentiras a voces, en bullicios catastróficos, en susurros robados. En el interior de cafés que guardan ecos de tertulias imaginadas, en mercados de imposibles, en épicos caos circulatorios y manifestaciones ciudadanas que reclaman esto, o aquello, o lo de más allá. Esta es una ciudad para deambular sin orden. Mirando, como hacen los porteños, hacia otro lado si lo que nos aplasta la mirada no interesa y escapar en el interior de un taxi hacia sueños que nunca se harán realidad. Cambiar de barrio, sin orden ni concierto, forma parte del placer de ir destapando la ciudad. Mezclarse con los autóctonos en un centro comercial con precios sólo aptos para nuevos ricos o espiar en los escaparates la moda recién inventada por los nuevos diseñadores argentinos, que han tomado al asalto barrios depauperados y se han mezclado con la decadencia de otros tiempos.

Ande con cuidado por este barrio. Acá a uno le arrancan el brazo con tal de dejarle sin la cámara.

San Telmo parece haberse detenido en el tiempo. Ni siquiera los numerosos turistas que transitan el barrio todos los domingos para disfrutar de la Feria de Antigüedades han conseguido arrancarle nada de su personalidad. Aunque no son los domingos los días ideales para pasear este carismático barrio: tanto turista, tanto carterista, tanta policía y tantos puestos de artesanía, emborronan el alma de este añejo barrio bonaerense.

BailandoTango

Me desperezo en la Plaza Dorrego en mi primera mañana en Buenos Aires, aún con el jet-lag a cuestas, casi oliendo a avión, engullendo el enésimo café de una madrugada que se ha hecho eterna. Poco a poco los oídos van olvidando el machacón run-run del avión y mis piernas van tomando conciencia de sí mismas. 14 horas de avión, por más cómodo que éste sea, representan un martirio que ni siquiera a las aviesas mentes de la Santa Inquisición hubiesen planeado. Cambio el olor de aire acondicionado por el del café que, sobre la mesa, se enfría lentamente. Junto a la taza descansa el plano de Buenos Aires mientras mis ojos, que no tienen intención de divagar entre las cuadrículas del papel, se pierden en los pasos de los peatones que pasan frente a la cristalera del Bar de la Plaza Dorrego. Frente a mí, en la arbolada plaza, un par de camareros montan las mesas en las terrazas. Un hombre va creando, con una parsimonia pasmosa, el puesto en el que intentará vender el género que oculta en unas cajas de cartón. Tardaré un par de horas en descubrir lo que esconde en las cajas. Monta una tabla sobre un caballete, se despista charlando con un amigo; monta otra tabla tras interminables minutos de forcejeo oral con su interlocutor y no pocos sorbos a la bombilla cargada de mate que sostiene en la mano. Aparece otro colega y, como no podía ser de otra manera, la construcción del tenderete se detiene largo tiempo. Más charla, nueva carga de agua a la bombilla, un beso de despedida, otra tabla sobre el caballete. Desde mi privilegiada atalaya, mientras mi café hace rato que se ha enfriado, voy dejando vagar mis ojos por el entorno sin darme cuenta de que estoy tanteando el corazón de uno de los barrios más carismáticos de la ciudad. El camarero del Café se afana de una mesa a otra del vacío local. Apenas somos cuatro clientes pero él se mueve como si la cafetería tuviese overbooking. Mientras, el propietario del lugar lee el periódico parapetado tras la barra, atrincherado junto a la cafetera. Voy perdiendo el tufo a avión y cambiándolo por el aroma de Buenos Aires. Voy olvidando las voces mecánicas de las megafonías y adaptando mi oído al cantarín acento porteño. Voy relegando la sensación de no ser dueño de mi tiempo y tomando posesión de mi reloj y mi calendario. Finalmente, cuando el tercer café se haya enfriado sobre la gastada mesa, saldré a vagar por esas calles empedradas. Comprenderé por qué los numerosos anticuarios de la zona, como ocurre con todos los anticuarios de todas las ciudades, escrutan con ojos desconfiados a quienes penetran en sus bunkers penumbrosos con una cámara colgada del hombro. No es oro todo lo que reluce, ni la procedencia de los objetos tan clara como pretenden… Vamos, lo mismo que en todas partes en las que se comercia con objetos del pasado. San Telmo son calles gastadas, casas con mucha vida a sus espaldas, tiendas de barrio oscuras y polvorientas, gente que parece conocer a todo el mundo, charlas en mitad de estrechas aceras, cafés históricos ajenos a su propia historia. San Telmo tiene un pasado oficial perfectamente documentado en algunas guías turísticas. Pero su pasado no me interesa ahora, me da igual de dónde viene. Me importa un carajo si la epidemia de peste lo vació de clase alta y lo llenó de clase obrera en una diáspora socio-económica. Ahora lo único que quiero es perderme en sus cansadas calles, descubrir sus límites sin esforzarme por saber exactamente donde estoy. Percibir las zonas más canallas de las fronteras del barrio por el aspecto de sus tiendas, por las rejas que protegen las mercancías en algunas farmacias por las miradas inquisidoras de los vigilantes de seguridad privada. Sentir que mi piel está de nuevo viva y darme cuenta de que el barrio muta de una cuadra a otra en direcciones sociales diferentes. Saber cuando tengo que cambiar de rumbo si no quiero perderme en divagaciones sociales, en pobrezas ocultas, ni en miserias morales. Tengo el cuerpo perezoso y el espíritu de vacaciones. Mi alma pide una tregua, otro café, otra silla, otra atalaya desde la que cambiar la perspectiva de este paisanaje hipnótico. Por hoy le doy cuartel. Dejo que mis pasos me guíen al mismo ritmo de quienes me rodean. No sé el tiempo transcurrido hasta que mi olfato ha tomado el mando y mis piernas se han rendido. De nuevo frente a una mesa. De nuevo escuchando el melodioso vosear de un porteño vestido de camarero. Pero esta vez no hay café sobre la mesa. Un suculento bife de chorizo me espera y no dejaré que se enfríe. Una botella de Malbec me aguarda y no tengo intención de dejarla a medio beber. Me doy la bienvenida a Argentina dándome un homenaje gastronómico. Ya me he olvidado del catering del avión, de las voces impersonales de los altavoces de los aeropuertos, de las miradas desconfiadas y agresivas de los controles de seguridad. Ya no soy sospechoso de nada. Ahora sólo soy un tipo dispuesto a pasear una ciudad.

 

Saco las narices por el microcentro y, en apenas 30 minutos, mi interés por pasear este lado de la ciudad me ha abandonado. Cumplo con el protocolo de echarle un vistazo a la Plaza de Mayo, sólo el tiempo justo para constatar que la Casa Rosada luce un color tan horrible en la fachada que ni siquiera las suposiciones -más o menos imaginativas-, que pretenden explicar ese tono pastelero justifican el horror de su visión. Las Madres de Mayo hoy no se reúnen. Unas pintadas advierten que no olvidan -ni perdonan- los horrores de la dictadura militar que sacudió los cimientos de Argentina desde 1976 al 1983. Los turistas se retratan con la Casa Rosada como telón de fondo, hacen colas interminables para visitar los interiores del edificio, siguen haciendo cola para retratarse junto a un soldado vestido con traje de gala que soporta estoicamente su turno de guardia como top model del día. Se le cuelgan del brazo señoras y señoritas mientras el pobre hombre sonríe a la cámara por enésima vez. ¿Esto es así todos los días? No, gracias a Dios sólo los días de puertas abiertas, me confiesa con aburrimiento. Me despido del soldado, le dejo con una señora colgada del brazo y un marido disparando la cámara, y tomo en dirección a otro icono bonaerense, el Obelisco. La afilada piedra tiene la ventaja de que al ser tan grande y estar estratégicamente situada en la confluencia de la Avenida 9 de Julio, puede verse desde varios kilómetros de distancia, con lo que me ahorro la caminata, y cuando el brutal tráfico rodado y el infernal trajín de peatones empiezan a alterar mi norte, levanto el brazo, me meto en un taxi amarillo y negro y le pido al taxista que me abandone en la Plaza Dorrego. En mi oasis, en mi cafetería, donde seguro que me recibirá el camarero del bigote y, como hace cada vez que siento mis reales en el local, me traerá un vaso de agua con gas antes de preguntarme si voy a tomarme un café. Por el camino cruzamos a la sombra del Obelisco, donde la policía antidisturbios ha ahuyentado pocos minutos antes un grupo de manifestantes que clamaba contra el monopolio encubierto de Repsol. Han abandonado, en su estampida, docenas de pancartas, millares de octavillas. El tráfico aún se resiente del caos, o puede que el tráfico en esta zona viva siempre inmerso en el caos.

 ¿Español? ¿Y vive usted en Buenos Aires? No, pero con tal de no pasar 14 horas en el avión de vuelta estoy planteándome pedir la residencia acá.

Buenos Aires juega a los imposibles. Remodela un teatro y lo convierte en una de las bibliotecas más bellas que puedan existir. Repinta un barrio marginal y se inventa un lugar de encuentro para hijos de papá, y aparece la zona de bares y restaurantes más caros de la ciudad. Adorna un contaminado río con un inmaculado puente de Calatrava, le fondea un viejo velero y lo salpica de rascacielos de diseño emergiendo de entre las viejas naves portuarias, y un apestoso barrio amanece como la zona más cool de la capital. Buenos Aires tiene el alma argentina, se reinventa cada día. A veces a pesar de los porteños, pero casi siempre con esa mirada indiferente que sólo los bonaerenses son capaces de simular. Como si nada fuese con ellos, como si esos grupos de turistas que la caminan cada día no estuviesen allá. Como si las obras que se eternizan hubiesen comenzado dos días atrás.

No se preocupe. Ya estamos acostumbrados a que ustedes, los gallegos, confundan coger por agarrar ¿No ve que lo escuchamos todos los días en la TV española por satélite?

Otro taxi, media hora y un millón de palabras más tarde, ya estoy penetrando en el Sancta Sanctorum  de los cafés literarios, el Tortoni, uno de esos lugares en los que el reloj y el calendario se detuvieron hace cien años y nadie ha querido ponerlos en marcha de nuevo. Tras las gruesas cortinas que aíslan la atmósfera añeja y el olor a cera para muebles de este local, del bullicio viario y el emponzoñado aire de la calle, se abre el café de los cafés. Uno tiene la impresión de que en cuanto desaparezca el último turista hortera que mancilla alguna mesa con su conversación trivial, aparecerá Borges del brazo de Carlitos (Gardel) y se entablará una conversación imposible. Los camareros, de riguroso smoking, sirven con placer y pompa un café aquí, un capucchino con pastas allá y, con desgana y malas artes, desparraman sobre la mesa una coca-cola por acullá. Esta es la catedral de los cafés y ni los empleados más jóvenes, ni mucho menos los que ya servían mesas antes de la dictadura militar, acatan de buen grado la petición de según qué bebidas gaseosas ni la presencia de turistas que, armados de cámaras, retratan todo cuanto se les pone a tiro sin previamente rendir pleitesía al más ilustre de los cafés literarios de la capital porteña. En el Tortoni, como en casi todos los cafés históricos de Buenos Aires, todo tiene su ritmo, todo tiene su momento y es de muy mal gusto eso de entrar mirar, fotografiar y marcharse echando leches hacia otro horizonte. Acá uno pide su café, lo saborea, saborea de paso la conversación con el camarero, luego le echa un vistazo al Clarín, se entera de que afuera, en la calle, las cosas están igual de mal que ayer, comenta la situación con el de la mesa vecina, acaba su café, mira el techo, o las grietas de la madera de la mesa durante unos minutos, y se despide, como un cliente que, seguramente, regresará dentro de unas horas para continuar la conversación que apenas nació.

Leo Messi marca con el Barcelona porque allá está acompañado de diez purasangres y en la selección argentina galopa por la cancha en compañía diez mulas.

Uno va cambiando de taxi y de rumbo. Y con cada taxista parece que retoma la conversación donde la dejó. Da igual si su último destino fue el recién inventado Palermo Viejo o el Cementerio de la Recoleta. Da lo mismo si en la retina aún mantiene el brillo de las flores del panteón donde reposan los restos de Evita o su mente todavía intenta imaginar cómo puede un porteño pagar trescientos euros por un par de zapatos cuando el sueldo medio es de 450 mensuales. En un taxi me entero de que Rajoy goleó en las elecciones generales españolas. En otro taxi me informo de que el Barcelona perdió contra el Getafe. En otro me consuelan por el resultado del partido. En otro más me entero de que el origen de la palabra “eufemismo” proviene de los elementos griegos eu (bien, bueno) y phemi (hablar). En otro más, de que nadie en su sano juicio pasea por el barrio de La Boca cuando el sol se va a dormir.

A plazos, acá todo se paga aplazado. En esto de no tener “líquido” los argentinos sabemos más que nadie. Y si no alcanza, siempre está el mate, una bombillita quita el hambre y alimenta.

El Ateneo es un planeta literario. No es necesario darle la dirección al taxista. Acá todo el mundo sabe dónde está el Ateneo. Acá todo el mundo ha comprado la última edición de un recopilatorio de Borges en el Ateneo. Acá todo el mundo pasa, de vez en cuando, unas horas hojeando libros en el Ateneo. Esta librería, que en otros tiempos fue un suntuoso teatro, se ha convertido en lugar de encuentro para los porteños. La platea está inundada de mesas con pilas de libros cuidadosamente colocados por temáticas, por autores, por colecciones… Los palcos del anfiteatro se han convertido en recónditos rincones de lectura, y el lugar que ocupaba el escenario se ha llenado por el decorado de una cafetería penumbrosa, no apta para la lectura pero ideal para las confidencias. Sólo en Buenos Aires podía existir un lugar como este. Las calles de los alrededores no dejan de recordarme Madrid. Parece que al salir de la librería he volado 14.000 Km. y me encuentro paseando por el barrio de Salamanca, pero deja de ser Salamanca cuando encuentro la cafetería que me ha recomendado la camarera del restaurante de moda en el barrio de la Recoleta. Ahora estoy en el eixample barcelonés, viajando en el tiempo por el patio de una librería desaparecida de la calle Consell de Cent, una maravillosa librería que no se parecía en nada al Ateneo, pero que sigo guardando en mi memoria, como seguro que guardaré las horas invertidas paseando la platea y saboreando un expreso en ese almacén de libros del que no he podido evitar salir sin pasar por caja. Al fin he recuperado dos libros que en Barcelona murieron de lo que suelen morir los buenos libros, de préstamo: A la Sombra del Granado y Los Jardines de Luz. Me llevo a casa dos escritores musulmanes. No he querido pecar de obviedad y he dejado en su anaquel las obras completas de Borges.

Ateneo_BuenosAires

¿Qué si se nota acá la crisis? Antes venían docenas de japoneses, todos con su gorrito, todos con su cámara. Iban de acá para allá retratándolo todo y sonriendo a todo. Ahora… fíjese: no hay ni uno! Claro que notamos la crisis, la internacional en que ya no hay japoneses, y en lo local en que la nafta cada día está más cara.

Pasear cementerios no es precisamente una de mis debilidades. Puede que por aquello de que ya habrá tiempo suficiente para morar en uno de ellos. Pero el de La Recoleta es un cementerio un tanto extraño. Los turistas se agolpan a su entrada, donde medra un mercadillo de recuerdos y artesanías de todo pelaje, uno de esos mercadillos con productos a la venta tan obvios que no merece el esfuerzo de mirarlo ni siquiera de lejos. Este cementerio es otra cosa. Miríadas de turistas galopan tras los guías que les van mostrando quien reposa aquí, o descansa allà. Uno no puede evitar ponerse morboso y divagar con el supuesto eterno descanso de ilustres y desconocidos. Nombres célebres de la historia del país comparten calles y parcelas con anónimos paisanos. Mausoleos coronados con grupos escultóricos que podrían estar perfectamente en museos de Arte Clásico. Imitaciones de partenones hay unas cuantas, angelitos los hay a docenas, perdí la cuenta de los soldados bigotudos y héroes de batallas lejanas. En este cementerio uno entra a por tranquilidad y acaba dándose un baño de arquitectura, historia y arte escultórico. La evolución de estilos condensada en unos centenares de calles. Mausoleos de inspiración egipcia, Art Decó, minimalista, vanguardista…; mausoleos cuajados de placas advirtiendo de quienes son sus moradores; mausoleos relucientes, cuidados como un apartamento de lujo como inversión de futuro; otros desnudos de toda información tan demacrados y sucios que ya se han quedado sin memoria. La mente se me pone morbosa y no puedo evitar divagar sobre lo tranquilos que se deben quedar los difuntos cuando llega la hora del cierre y al fin pueden hablar de sus cosas y echarles en cara a los cadáveres famosos el bullicio del, en otros tiempo, su tranquilo barrio residencial.

Los yacientes moradores de los alrededores del Mausoleo de la Familia Duarte, donde está enterrada Eva Perón, no deben descansar ni de día ni de noche, tal es el trajín de grupos retratando las cristaleras relucientes, las rejas de las que siempre cuelgan ramilletes de flores frescas y las relucientes placas que advierten de nombres y fechas. A ratos se consigue percibir la paz y el silencio sepulcral y, a ratos, uno tiene la imperiosa necesidad de salir corriendo y buscar un poco de sosiego y tranquilidad en el sombreado parque del otro extremo de la Plaza Francia. Un guía le vocea a su grupo acerca de las semejanzas entre la evolución del Barroco y el Art Decó. Mezcla siglos, estilos y muertos como un barman mezclaría destilados para crear un cóctel. Los turistas se comportan como es habitual, sólo un par le escucha atentamente mientras que otros quince buscan la sombra de un mausoleo para protegerse del mortal calor que aplasta vivos y difuntos en ese medio día de principios de verano.

El taxista que me acercó hasta La Recoleta no me advirtió sobre los atracos en el barrio. No había peligro de que nadie, ni vivo ni muerto intentase arrancarme el brazo para quedarse con mi cámara. Eso sí, se explayó narrándome la miserable vida que llevaban algunos héroes del fútbol argentino antes de convertirse en estrellas de la galaxia futbolera europea. No dejó títere con cabeza.

Maradona… así terminó. Como nació. Rodeado de drogas y mala gente. Sí, ya sé que aún no se ha muerto, pero nadie lo diría ¿no le parece?

El taxista que me acerca por la mañana temprano hasta el barrio de La Boca es agradablemente taciturno. Va a lo suyo y no pierde el tiempo advirtiéndome acerca del cuidado que debo tener con mi brazo y la cámara. Y se lo agradezco. Un taxista silencioso es, en Buenos Aires, un ejemplar exótico.
La Boca es un escaparate de apenas dos cuadras. Unas docenas de casas pintadas de colorines, unas docenas de restaurantes para turistas, unas docenas de tiendas de recuerdos, unas docenas de estatuas vivas acosando turistas para hacerse fotos simulando bailar un tango, unas docenas de puestos de artesanía y unos centenares de turistas que apenas alcanzan para hacer fluir un poco de dinero en un entorno que, a un par de cuadras del decorado colorista, se me antoja deprimente, triste, abandonado, sucio, agobiante,… miserable. En estas calles sí que realmente uno siente que puede perder el brazo en cualquier momento. Qué gran sabiduría la del taxista que me ha traído hasta aquí. No se ha molestado en advertirme de lo que a simple vista es de una obviedad apabullante.

El barrio se ha ido despertando poco a poco. Han aparecido los primeros vendedores de “arte” de inspiración tanguera. Creaciones esperpénticas en hojalata, en fotografía, en acuarela, en estampación, en óleo, en de todo. Cualquier material es bueno para ser reciclado y convertido en recuerdo que acumule polvo a 14.000 Km. de distancia. Los primeros voceadores de cursos de tango han empezado a pasear las cuatro calles de ese telón impertinentemente naif. Algunos restaurantes aún tenían mesas y sillas amordazadas con cadenas cuando otros ya lucían manteles y cubiertos sobre las mesas. Una “tanguera” de salvaje mirada, figura vertiginosa y raja de la falda imposible, reprimía bostezos mientras intentaba captar la atención de los caballeros para tomarse provocativas fotos en estudiadas poses de tango arrabalero. Cuando ha aparecido el primer autocar abarrotado de turistas he cambiado de barrio. He regresado unas cuantas horas más tarde, al anochecer, por aquello de que me apetecía ver el principio y el final de la obra.

¿Está seguro que quiere pasear por La Boca a esta hora?

Apenas he vislumbrado el ambiente he estado seguro de que no quería continuar la excursión. Los restaurantes ya estaban cerrados, las tangueras habían desaparecido, los turistas, por supuesto que también, incluso los colores de las casas habían dejado de ser brillantes. La auténtica alma del barrio de La Boca recuperaba su espacio y el aliento a degradación marginal se hacía sólido. Me he marchado en el mismo taxi.

Hace bien. A esta hora acá le pueden arrancar el brazo para…. (¿robarme la cámara?). No señor, ¡acá le levantan la bolsa entera! 

Palermo Viejo es un barrio en plena transformación. Pero al contrario de lo que ha ocurrido en Puerto Madero, sigue conservando el espíritu canalla de otros tiempos marcado en las cicatrices de los viejos almacenes reconvertidos en tiendas que proclaman las últimas tendencias de la moda porteña. En este barrio no hay día en el que no abra escaparate una nueva tienda o no se instale una diseñadora vanguardista. Los precios, como cabría esperar, no son los del prêt-à-porter made in China. Aquí, como en todas partes, la calidad y la exclusividad se pagan. A remolque de la moda han abierto cafeterías, restaurantes, bares de diseño y chill outs que se mezclan con los que ya existían en el barrio. Lo mismo ocurre con la ciudadanía. En el centro neurálgico de Palermo Viejo se agolpan -en media docena de ruidosas y desvencijadas tabernas-, los oriundos del barrio, la clase obrera que lo ha habitado desde que se fundó como centro de almacenaje y distribución de todo tipo de mercaderías. Más al sur, a tan sólo un par de cuadras, el ambiente se transforma y es la gente “guapa” de Baires quienes toman posesión de bares recién diseñados. En Palermo Viejo casi se puede escuchar el crujido de sus edificios al mutar de habitantes y conversaciones, de aspiraciones y preocupaciones. En un extremo el barrio muere lentamente, sin disimulo, en un acto involuntario de dejadez y abandono de la vitalidad de tiempos que se fueron para no volver. En el otro extremo se puede experimentar la eclosión de otra nueva vida que ha llegado para quedarse, que está naciendo con otros proyectos. Palermo Viejo es el Ave Fénix de Buenos Aires, un barrio para sentirse simultáneamente en media docena de ciudades y para vivir una decena de impactos en cada esquina. Aturden las vaharadas de ambientador con que cada tienda pretende marcar hasta en el último detalle su personalidad. Los perfumes se mezclan con las músicas que, discretamente unas veces y con agresividad otras, invaden las aceras pretendiendo tomar parte de la calle y de los numerosos peatones que las caminan por la tarde, a última hora, cuando el cierre no acaba de producirse porque es la hora en que la gente más a la última de Buenos Aires, los que viven de la inflación y no a pesar de ella, se asoman a Palermo Viejo para esa cervecita, ese encuentro y esa compra caprichosa que le hará desenbolsar un buen fajo a cambio de unos zapatos de tacones imposibles o esa ropa interior estampada a mano. Palermo Viejo vive entre dos mundos desde hace poco tiempo. En apenas dos años ha visto transformarse su personalidad, que no su fisonomía. Puede que en un par de años más, si la crisis internacional no lo impide, del viejo barrio ya sólo queden los recuerdos en forma de fotos de mediados del siglo pasado que adornan las paredes de algún viejo almacén que ya no trajina con cajas de madera recién desembarcadas de un paquebote en Puerto Madero.

Lo han llenado de tiendas de ropa relindas. Hace dos años no se podía andar por allá, ni la policía entraba. Ahora todo son tiendas de ropa cara. Todo muy bonito. Pero ándese con cuidado, ahí le arrancan a uno el brazo…
(Sí ya sé, para robarle la cámara).

PuertoMadero_BuenosAires

Claro que en Puerto Madero ya no desembarcan mercancías de ultramar. Puerto Madero dejó de oler a puerto y ambiente canalla hace una buena temporada. Ahora ya no atracan barcos, ahora quienes atracan son los restaurantes que han ocupado los bajos de los viejos almacenes portuarios. Los pisos superiores han quedado reservados para que una pujante clase media alta se instale en apartamentos de altos techos y grandes cristaleras volcadas sobre el río. Un puente de Calatrava pretende ser el estandarte de modernidad y nuevos aires del barrio. Un puente que es un quiero y no puedo, y que intenta competir con otros puentes con nombres menos ampulosos y con menos pedigrí.

Puerto Madero es un invento que ha querido revitalizar una zona deprimida, muy deprimida, de Buenos Aires. En este sentido el éxito, al menos aparentemente, es evidente. Todo reluce como recién estrenado. Ni siquiera los viejos almacenes de ladrillo rojo parecen tener los años que tienen. Todo resplandece tanto que ha perdido la pátina de autenticidad. Al contrario de lo que ha ocurrido por iniciativa de los emprendedores de Palermo Viejo, en Puerto Madero el empuje ha venido de la mano de inversiones multimillonarias y el resultado es una zona desangelada, y carente de la vitalidad que cabría esperar. Como recuerdo de lo que fue, las viejas grúas portuarias dan fe de qué era el entorno hace unos años, son un monumento a los viejos tiempos que, cuando se pasea un poco por las orillas del río, parecen fuera de contexto. A Puerto Madero le han arrancado la piel, el alma y la personalidad. Sí, es Buenos Aires, pero sólo porque uno está seguro de encontrarse en Buenos Aires.

Acá hay buenos restaurantes si a usted le sobra el dinero. Si quiere un consejo… dese un paseo y observe de lo que es capaz la especulación, pero cuando tenga hambre váyase a otro lado.

Ni en Palermo Viejo, ni en San Telmo, ni en ningún otro lugar de la ciudad, nadie intentó arrancarme el brazo. Si acaso fue la inflación galopante sobre la que viaja Argentina la que me arrancó más pesos de la cartera de los previstos. En este sentido, mis anfitriones, los taxistas, fueros especialmente gráficos cuando les preguntaba cómo lo hacía un bonaerense de clase trabajadora para sobrevivir en el día a día con esa inflación, esos precios, esos sueldos,…

Inventando, señor, inventando como hacen los cubanos. Y luchando duro para no acabar como esas familias que revuelven las basuras por todo Buenos Aires, antes de que el camión las retire y las lleve a los vertederos de las afueras, donde más familias las siguen escarbando para sobrevivir un día más


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Guía utilizada
en este reportaje

Editorial: Anaya Touring
Colección: Trotamundos
Autor: Gloaguen, Philippe

 
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