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Fez, la ciudad recordada
Joan Biosca

 

Recordaba una ciudad asfixiada por sí misma. Aplastada por el brutal calor de un agosto lejano y el acre olor de basuras pudriéndose al sol del verano. Recordaba callejones miserables en los que correteaban ratas y cucarachas, y era necesario saltar continuamente para sortear el estiércol de los burros. Recordaba un sol hiriente y el regocijo de encontrar una sombra en la que guarecerme. Recordaba “guías” pesadísimos y timadores que luchaban sin medida por meterte en una tienda de alfombras. Recordaba callejones sin salida, calles que se retorcían laberínticamente, puertas entornadas en callejas umbrías, casi oscuras a medio día. Recordaba una ciudad inhóspita de la que salí con ansias de horizonte. Recordaba mi propia ansiedad durante un viaje que no era el momento adecuado de realizar. Recordaba, con el tamiz de los 30 años transcurridos desde aquel lejano paseo por Fez, una ciudad que me había ganado la partida. Un lugar que no había sido capaz de desentrañar. Recuerdos, tal vez adulterados por el paso del tiempo y la hostilidad con que intenté conocer la medina más antigua del magreb. Fez se había mantenido en mi memoria, inalterable y altiva. La ciudad que me desafiaba cada vez que retomaba uno de mis libros preferidos, “León el Africano”, aguardaba, con la paciencia que le ha conferido su dramática historia, a que algún día regresase con la madurez imprescindible para pasearla con los poros abiertos y reconocerla, al fin, como una de las ciudades más hipnóticas del mundo.

  

 

Recordaba una ciudad que ya no existía. Tanto ella como yo habíamos cambiado. Mi mirada no era la misma y a ella la había ayudado la UNESCO cuando la nombró “patrimonio de la Humanidad” e inyectó en sus calles suficiente dinero como para arrancarle la capa de ciudad olvidada que la cubría la primera vez que la paseé. 30 años son muchos para un hombre y apenas un instante para una ciudad que guarda en su memoria mil doscientos años de historia. Las mismas calles que aquel lejano agosto bullían de desperdicios y desesperanza lucían con altivez las arrugas de la vejez. Los palacios decrépitos habían recobrado el orgullo de la mano de emprendedores empresarios de la hostelería. La mugre que alfombraba las calles era cosa del pasado. Ni siquiera el sólido tufo que se enseñorea de los alrededores de las curtidurías poseía la agresividad con que lo recordaba mi memoria olfativa. Lo que años atrás me había parecido una ciudad encerrada en sí misma, tras puertas bloqueadas con cerrojos centenarios, se abría con disimulo a los ojos de los visitantes.

  

Fez no había cambiado en su esencia, seguía siendo la patria que acogió a León el Africano, ni había cambiado su madrasa más antigua -Al Karouine-, al igual que no han cambiado las enseñanzas de Avicena, el que fue norte de la sabiduría médica del siglo XI. Pero su carácter dual continuaba presente en todos los rincones y en el aire que se respira en sus retorcidos callejones. Dualidad en el bullicio de sus calles y en los interiores silenciosos; en las miradas desconfiadas de los viejos y en la sonrisa amable de sus mujeres; en el empalagador y refrescante sabor de un ardiente té a la menta y la contundencia de la agridulce pastilla. Dualidad en el trato cordial de un vendedor de olivas y el exabrupto de un artesano del cobre. Dualidad entre el bullicio de callejones eternamente repletos de ciudadanía y el silencio de recovecos que no conducen a ninguna parte. Dualidad entre la agradable tradición en el vestir de las mujeres y el estúpido modismo de los jovenzuelos, copiado de series de TV americanas que llegan a todas las casas gracias a un enjambre de antenas parabólicas. Ridículas gorras de beisbol junto a elegantes jilabas. Dualidad en los cafés, con grotescos turistas en pantalón corto tomando coca-cola y observando la vida desde el visor de la vídeo-cámara, junto a ancianos con la mirada acuosa por demasiadas vivencias y la mano encallecida abrazando un té. 

 

 

Mercados y zocos apenas habían cambiado. Bullicio, empacho de humanidad y olores enfrentados que jugaban con el olfato haciéndole navegar por un oleaje de aromas discordantes. Pescado, flores, perfumes caseros de rosas, cueros mal curados, carne cociéndose al sol, verdura y fruta demasiado madura, salazones. Golosos aromas de pan horneándose, de añeja madera recién aserrada por un artesano carpintero, de sangre de cordero goteando desde los mostradores de las carnicerías. Tufo a gallinero en el mercado de las aves. Fragancia inapreciable de sedas naturales, ácida fetidez de tintes químicos y hedor de lana acabada de esquilar alternándose en callejones apretados. Dulce y embriagador olor de melón maduro, de dátiles azucarados, de empalagosos pasteles inundados de miel y, escapándose de puertas entreabiertas o de las cocinas de los escasos restaurantes que salpican la maraña de callejones de Fez-el-Bali, el perpetuo olor de cuscús con pollo estofado, de tajine de ternera con membrillo, de brochetas a la parrilla y de humo de carbón de leña. Fez, seguía -como años atrás- desafiando el olfato, jugando al escondite con los olores que aparecían en una esquina para desaparecer, sustituidos por otros, unos metros más allá, en otro callejón que en silencio reclamaba una mirada y en su eco de añejo pasado no dejaba de recordarme que estas callejas, que se abrazan y retuercen sobre sí mismas, fueron caminadas por el protagonista de mi libro más querido, de mi autor más admirado y … envidiado.

   

 

Perdido definitivamente el norte en el entramado de esa Fez milenaria de la que no salí durante cuatro días, afloraban a mi mente con punzante claridad los primeros párrafos del libro que me acompañó durante el viaje aún quedándose en mi casa, sobre la mesilla de noche, que es donde reposa desde hace más de 15 años,

“A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamin, a mí Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un Papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesi, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía.

Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de la seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios.

Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano.” Amin Maalouf, León el Africano.

  


 

Embriagado por mi errático pasear por la laberíntica Fez, con los pies pidiéndome una tregua, el olfato abrumado y los ojos agotados, la última noche quise despedirme de esta ciudad reencontrada desde la serenidad de la azotea del riad que me había cobijado aquellos días. No me pasé con el romanticismo y evité el té a la menta. Debo reconocer que la cerveza fría que me acompañaba aquel anochecer, mientras desde las mezquitas los almuédanos llamaban a la oración, era poco ortodoxa con la religión del profeta Mahoma. Pero si alguna ventaja existe, dentro de los muchos menoscabos que tiene ser ateo, es no sentirme en pecado cada vez que disfruto de los placeres que la vida ofrece. Así bebí cerveza, sin temor a Dios, saboreando con cada trago la amarillenta luz del alumbrado que nacía en los callejones de Fez y la oscuridad que, poco a poco, ganaba el espacio. El cielo pasó del azul brumoso de la tarde al cobalto encendido; el humo que producía el fuego en un lejano vertedero emborronaba las colinas que enfajan esta maravillosa ciudad y, para cuando quise darme cuenta, la noche silenciosa se había apoderado de Fez, que por fin dormía, callada, inerte, esperando un nuevo amanecer con el que seguir haciendo historia y cautivando a aquellos que le dan la oportunidad de dejar que les hable al oído, en susurros aún en medio del bullicio.

 

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