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Camboya, cruzando el país de la eterna sonrisa
(quinta parte)

Por Albeiro Rodas

 

Viaje al centro de la aldea  

"La aldea es la casa", me dijo.

Para quienes viven en las ciudades de hoy, el concepto de aldea puede ser algo extraño: como un lejano mundo rural, tradicionalista y que se mira de paso. Olvidamos en cambio que la aldea es la primera célula de la ciudad moderna. Es el paso entre el mundo nómada y sedentario. La aldea guarda en sí la historia, la cultura y el alma de cada pueblo.

 

Punlong me invitó a participar en la fiesta de memoria a los difuntos de su familia. Había una lista de ellos en la tarjeta blanca de bordes dorados y letras grandes en jemer, entre los que estaba escrito el nombre de varios de sus abuelos y tíos abuelos, muchos de los cuales, según él, habían muerto durante la guerra o en los tiempos del régimen de Pol Pot.

Punlong es un estudiante de automecánica en Sihanoukville, tiene 20 años, pero por su aspecto parece mucho más joven, como de 15. Profundamente respetuoso, la voz suave y siempre sonriente, como muchos en Camboya. Vino a Sihanoukville hace medio año y era la primera vez que dejaba su aldea, un aspecto que le causó una gran crisis emocional por el hecho de dejar a los suyos, aunque estuviera a tan sólo tres horas en coche de Kompung Trey. "La aldea es la casa", me dijo.

Para él era un gran honor que fuera allí a participar de la tradicional ceremonia de honor para los difuntos. "No hay una fecha especial para hacer dicha ceremonia. Los miembros de la familia se reúnen cuando crean conveniente y tengan dinero y la realizan", me explicó uno de los jóvenes de la aldea.

Ahora que la economía de Camboya ha tenido un mayor aumento y muchas familias tienen mayor capacidad económica, las celebraciones a los difuntos se multiplican y especialmente por aquellos parientes que murieron durante la guerra o los años de los jemeres rojos. Sin embargo entre el 10 y 12 de octubre se contempla el Chumbang, que es la fiesta nacional para honorar a todos los ancestros.

 

 

La aldea de Punlong queda en un sitio privilegiado: Kompung Trach, situada a unos 45 kilómetros al nororiente de Kompot, una de las provincias más pintorescas de la Camboya suroriental que bordea el mar. Una cadena de colinas rocosas atraen a los visitantes que se deleitan con las numerosas cuevas que conservan no sólo los rastros del budismo y las creencias populares, sino de la historia. Las cuevas fueron labradas por corrientes subterráneas y en muchas de ellas se puede nadar. Una de las cuevas fue depósito macabro de los cadáveres que allí dejaban los jemeres rojos entre 1975 y 1979, y sorprendentemente algunos de los restos permanecen allí a la luz pública, aunque el gobierno ordenó recogerlos todos. Otra cueva conserva las huellas en inscripciones vietnamitas del ejército de ese país en sus luchas nacionalistas por la independencia. Los lugareños dicen incluso que en aquellos lugares estuvo refugiado el mismo Ho Chi Min.

 

La boca del dragón

La pagoda Kiriseilá (la pagoda en la roca), es una de las más atractivas de la región. En realidad cuando se llega a sus predios no se ve nada en especial más que algunas edificaciones al lado de una gran colina lítica. Pero una puerta que se adentra en la roca cambia pronto la perspectiva. La puerta es llamada la "boca del dragón". No olvidar llevar una linterna, porque en realidad se entra en una boca y, como estamos en un país tropical, es bueno refrescarse antes, porque las cavernas son frías y el contraste de temperaturas puede ser perjudicial para la salud. El suelo de la caverna es en realidad una loza formada por una gran piedra marmolítica y cientos de estalactitas adornan el techo cuyas formas son nominadas por los lugareños, quienes ven en ellas los símbolos de la cosmogonía hinduista, budista y animista tradicional camboyana. Hacia la mitad un inusual Buda vigila la boca: representa la etapa ascética de Siddarta Gautama con un aspecto cadavérico.

 

 

Al seguir la gruta se llega pronto a un sitio cuya descripción es sorprendente: se sale al otro lado de la colina rocosa, pero se encuentra uno en un cañón, dentro de la colina, completamente rodeado por una muralla blanca de mármol. El lugar se encuentra estupendamente cuidado con jardines, bancos y monumentos budistas y hay un altar principal al Buda durmiente que venera la muerte del Iluminado. La estatua, lógicamente recostada, con la mano derecha en la mejilla, como si el Buda durmiera, tiene unos tres metros de largo, de manera que sería un gigante si se pusiera de pie. Otras figuras de Buda están ubicadas a las entradas de cada caverna, y en una de ellas se conservan imágenes suyas destruidas por los jemeres rojos y que son veneradas en un espíritu de paz para el país.

Las colinas rocosas estuvieron en la antigüedad habitadas por tigres y elefantes que desaparecieron por completo durante la guerra. El cuidado de las mismas está a manos de los aldeanos, por lo que no existe todavía un turismo comercializado, lo que hace la visita más emocionante. Otros senderos conducen hacia el exterior del pequeño cañón.

 

La aldea de Punlong

Alrededor de las colinas rocosas se encuentran numerosas aldeas dedicadas a la agricultura y la ganadería. Numerosas cabras tienen en las colinas su hábitat natural, y desde éstas se puede ver una llanura verde y fértil. Algunas de las colinas han sido convertidas en canteras y los lugareños dicen que existen yacimientos de oro y diamantes, lo que es posible, pero aún sin ser explotado. Un viejo ferrocarril pasa por el lugar que viene desde Phnom Penh hasta Kompot y Sihanoukville. Una gran riqueza hídrica mantiene el verdor del campo en fuentes de agua subterránea que brotan por doquier.

La vida cotidiana es sencilla y lejana de los afanes urbanos. La región es en general limpia, y la gente bastante tradicional. Llama la atención la buena cantidad de ancianos de aspecto fuerte y saludable que golpean las matas de arroz contra las carretas, y niños que brotan con la alegría bulliciosa de las fuentes de agua. El lugar enamora, no sólo por la maravilla natural e histórica de las cavernas, sino por el ambiente a campo con casas de madera, alzadas para evitar inundaciones y cuyos tejares terminan en cuatro aristas chinescas que representan las fuerzas del bien.

 

 

Todos se conocen en la aldea y todos tienen alguna relación de parentesco. Todos los viejos conocen a los niños por sus ojos, que se asemejan a la gente que vivió hace tiempo y cuyo polvo está esparcido en la campiña. En medio de un campo se alza una carpa en donde hay música permanente: unos ancianos interpretan la música ritual seguidos por algunos adolescentes aprendices, mientras los monjes budistas cantan los himnos de los muertos sobre un altar dispuesto para ellos. Al lado los retratos de los difuntos, fotografías en blanco y negro y frente a éstos varas de incienso y platos de comida.

 

 

Fuera de la carpa, en una mesa, un grupo de personas vestidas de blanco, recogen ofertas en dinero que la gente da y por ello reciben una bendición que recita un hombre con un megáfono. En una casa grande, cuyo segundo nivel tiene ventanas francesas, las mesas están dispuestas como en un restaurante y, en efecto, la comida es servida a los participantes. Adolescentes de ambos sexos atienden las mesas con comidas, bebidas y hielo. Detrás de la casa un gran número de personas se dedican a la preparación permanente de las comidas al aire libre en fogones de leña: aquí las frutas, allá ensaladas de verduras con plantas picantes, plantas dulces, aromatizantes, carne de cerdo y res; una gran olla para hervir té, muchachos que pican hielo sobre un tapete de plástico que después ponen en vasijas para que otros lo pongan en las bebidas de los asistentes. Un gran generador de energía ruge sobre una carreta de bueyes y la música tradicional es repartida al firmamento al mismo tiempo que los cantos budistas de los monjes.

 

 

De la Camboya turística a la Camboya ancestral

El turismo se está convirtiendo en uno de los primeros renglones de la economía de un país que despierta de su largo letargo de guerras. Phnom Penh, Sihanoukville, Siem Riep, Kep y Battambang, se preparan con una gran red de servicios para el turismo, hoteles de lujo, restaurantes de comida internacional, agencias de viaje pululan por doquier, guías en diferentes idiomas, se renuevan los viejos monumentos, se promueve la inversión extranjera y cada vez más el país se olvida de los traumas pasados para abrir sus puertas al turismo.

Sin embargo, aquella vía del turismo se aleja cada vez más del campo camboyano, aún olvidado del progreso. Si bien las pocas ciudades camboyanas tienen prácticamente cubiertos los suministros de energía y agua potable, el campo permanece aún en el atraso. La aldea de Punlong, cuya hermosura no puede olvidarse, aún no tiene energía eléctrica, pocas carreteras y escasos servicios. La escuela, que queda en el distrito de Kompung Trach, está lejos para los niños de las aldeas que rodean las colinas rocosas. Un buen lugar para visitar y viajar al centro de la aldea, al centro de la Camboya real, la de la cultura milenaria que fascina.

 

 

Web del autor:

Albeiro Rodas www.pasaportecolombiano.blogspot.com

 

www.fronterasdepapel.com

fronterasdepapel@gmail.com