Cannes y Niza, almas casi gemelas

Reportaje de Joan Biosca

 

La Costa Azul está tan edulcorada por tanta publicación couché que antes de pisarla uno ya siente la tentación de evitarla. El cine, los millonarios anónimos y los famosos de todo tipo y pelaje la han convertido en poco menos que en sinónimo de lugar a evitar. A la vista de los paseos marítimos de Cannes y Niza, se siente la tentación de quedarse en esa superficie acharolada de lujo y pretensiones y, con ello, se corre el riesgo de no pasear estas ciudades por sus estrechos callejones, donde el tráfico rodado se hace imposible y el ronroneo de los Ferraris o Porsches queda absolutamente acallado por el rumor que emana del interior de tabernas de aspecto portuario en calles en que las banderolas de la ropa tendida desde balcones y ventanas de desvencijadas casas, invitan al paseo por un Mediterráneo recóndito con aroma de otros tiempos.

 

A principios del siglo XX Cannes era un remanso de paz. Apenas un pequeño puerto pesquero con olor a escamas y redes secándose al sol. Sobre la arena de su playa se adormecían las pequeñas barcas de pescadores de la flota artesanal. Nada hacía presagiar que, sin previo aviso, aquel oasis intemporal en el que la vida transcurría sin más sobresaltos que los propios de las actividades pesqueras, se viese alterado irremediablemente en los locos años 20. Cannes ni siquiera sospechaba que su destino estaba trazado. Despertó un día y sobre la playa ya no había espacio para barcas y redes. La burguesía de media Europa había invadido pacíficamente, y a fuerza de talonario, aquel litoral. De la invasión apenas se salvó el casco antiguo. Atrincherado por oscuros callejones, protegido por el cercano mar y las colinas que atrapan la ciudad por la retaguardia, el barrio de le Suquet consiguió salir casi indemne de aquella pasión enfermiza por la salud del aire iodado del Mare Nostrum.

 

 

Suquet es el alma de Cannes, un barrio de sinuosas y estrechas callejuelas que se pierden en sus zonas más íntimas, unas veces colina arriba, en empinadas cuestas, y otras con escaleras que ayudan la ascensión hasta la cumbre de alguna de los promontorios que enfajan la ciudad en su parte más alta.  Allí donde aún se conservan los restos de la antigua muralla que protegía la población en los tiempos en que la piratería hacía estragos en el Mediterráneo. Desde lo alto, junto a la Torre Cuadrada, se encuentran los callejones más pintorescos y el latir intemporal de una ciudad que mira con desasosiego la cercana bahía, repleta de barcos de recreo y de dinero fresco. En esta Cannes recóndita no vale la tarjeta de crédito ni la última moda llegada de los talleres de París o Milán. Allí la ropa se tiende al sol, desde balcones de hierro repintado, o cruza de una fachada a otra sobrevolando las calles, colgada de cuerdas. Son como banderas de blancas sábanas o multicolores camisetas que ondean haciendo gala de una forma de vida que va perdiendo espacio, ya que también esta zona de Cannes va siendo, inexorablemente, tomada por nuevas generaciones de  habitantes que prefieren el encanto de los viejos barrios frente a los modernos apartamentos que se derraman monte abajo buscando buenas vistas y sol. Le Suquet, de momento, sigue viviendo su propio ritmo y late en la barbería de barrio, en la tienda de ultramarinos de toda la vida o en el mercado municipal de Forville y en las calles que lo abrazan, repletas de charcuterías, tiendas de vino, pescaderías, panaderías... En esta zona se mezclan sin rubor señoras endomingadas, inmigrantes magrebíes, viejos pescadores y yuppies de fin de semana. Poco a poco el barbero acaba teniendo por vecino al estilista, los ultramarinos a la tienda especializada en sal o a un delicatessen, y a la taberna umbría se le adosa un restaurante con un par de estrellas Michelín. Cannes es ecléctica en su ciudadanía y en su arquitectura, paseando por sus calles -ya sean las del viejo barrio o las que desembocan en el famoso Boulevard de la Croisette-, se palpa en el ambiente la mutante personalidad de la Meca del cine Europeo.

 

 

Las islas de Lérins, a pocos minutos de navegación desde la marina de Cannes, representan una excursión básica para atisbar un poco en el espíritu enfrentado del pasado y el futuro de este litoral. Desde lo alto del romántico Chateau Fort, en  Sainte-Marguerite, se obtiene una vista espléndida del litoral casi virgen de esta costa. Paseando por los senderos que circundan Sainte-Marguerite se puede penetrar en un mundo en el que prima el olor a pino, a eucaliptos y a mar, en el que el silencio, sólo roto por el rumor de las olas o por el chicharreo de los grillos, se hace amo y señor del entorno. Nadie diría que desde la isla de Saint-Honorat, en las noches serenas de verano, los monjes de la abadía de Lérins, fundada por San Honorato en el siglo V, se alteran por la música que, cruzando la bahía desde Cannes, llega hasta la isla para invadir la paz espiritual de una comunidad que intenta vivir anclada en el pasado, como si el calendario se hubiese detenido y la música disco fuese obra del diablo. Los pobres frailes, mientras cultivan los viñedos que han hecho famosa la abadía, no atinan a dar con la fórmula que impida el topless en las cubiertas de los veleros que fondean en las cercanas calas.

 

 

Desde las islas de Lérins, navegando hacia el norte y después de sortear el cabo de Antibes, alcanzamos la bahía de Anges y Niza, encajada en la amplia rada que se cierra al norte en el agreste Cap Ferrat. Si Cannes respira el aire provinciano de una ciudad que en su alma sigue siendo provenzal, Niza nos descubre una capital dinámica y bulliciosa en la que la lucha por una plaza de aparcamiento es tenaz. Los conductores de la zona son famosos por su temeridad y el rugido de los coches deportivos forman una perpetua banda sonora en el paseo marítimo, allí donde los restaurantes más chics de la ciudad se enseñorean del paisaje y la ciudadanía, residente o de paso, aprovecha el entorno para lucir el poderío económico en las terrazas de las cafeterías y soñar con la simbología más chic expuesta en los escaparates de Chanel, Dior, Lacroix… La quinta ciudad de Francia -cuna de Garibaldi-, hace gala de su fama como lugar de residencia de grandes fortunas internacionales, su cercanía a Cannes (30 Km.) Montecarlo (21 Km.), o Saint Tropez (80 Km.), la convierten en verdadera capital administrativa y social de la Costa Azul.

 

 

Aunque fue fundada en el siglo VI, Niza debe su fama como estación balnearia a la burguesía y aristocracia inglesa que a partir de 1800 la convirtió en su lugar de residencia invernal favorita. Tanto fue así que incluso la Reina Victoria residía en la ciudad durante el duro invierno de las islas británicas. La sensación que Niza causó entre la nobleza inglesa hizo que en pocos años hasta 1.000 acaudaladas familias inglesas construyesen ostentosas segundas residencias en la ciudad. Con estos antecedentes no es de extrañar que, pasados dos siglos desde el estallido de Niza como estación balnearia, la ciudad siga oliendo a dinerito fresco y a glamour económico. No sorprende descubrir que el más elegante paseo marítimo de la Costa Azul -que recorre a lo largo de 5 Km. el litoral nicense, y a partir del cual se desgranan las calles que trepan por las colinas- lleve por nombre Paseo de los Ingleses. Es en esta bonita avenida donde se encuentran los más emblemáticos edificios de la ciudad, coronados, sin duda alguna, por el aparatoso hotel Negresco, punto de reunión social imprescindible para quienes amen mirar el presente desde una atalaya con aires de ostentoso pasado y atmósfera de creatividad artística, legada por sus más ilustres huéspedes. En este hotel se han alojado una lista tan larga de personalidades de culto que uno se siente abrumado con la simple visión de su fachada. Hoy el Paseo de los Ingleses está más vivo que nunca. Los palacios se han reconvertido en hoteles de lujo y, entre las palmeras que sombrean la larga avenida, la ciudad nunca duerme. Por la mañana la playa se llena de parasoles multicolores y amantes del bronceado y, al atardecer, el espacio es tomado por paseantes que salen a lucir sus extravagancias, músicos que compiten por una propina, deportistas sudando la camiseta, enamorados que dejan perder su mirada en el intenso azul del mar y algún que otro paparazzi en busca de un trofeo que pueda servir de portada a las revistas del corazón.

 

 

Pero a la elegante y sofisticada Niza le ocurre como a su vecina Cannes. Por más que lo más “in” se muestre a flor de piel, debe convivir con la enraizada tradición secular de la Provenza. Así, la popular petanca comparte paisaje con el vuelo en paracaídas desde una lancha rápida, y las alpargatas de toda la vida con el último modelito de Louis Vuitton. De nuevo el espíritu indomable del Mediterráneo permanece inalterable al paso de los siglos y los modismos. Niza se construyó a fuerza de dinero y de ostentación, pero, al igual que a su hermana Cannes, también en Niza hay que ir a buscar el epicentro de la cultura autóctona en su barrio viejo, el Vieux Nice, el casco antiguo que parece parapetado entre el Paseo de los Ingleses, el puerto y la colina sobre la que se asienta. La ciudad presume de un extraño trofeo: no fue considerada territorio francés hasta 1860. Hasta entonces perteneció a Italia y aún conserva en las raíces el sobrenombre de “la italiana”. Y éste es el aire que respira el barrio viejo. Absolutamente latino, abrumadoramente italiano en los colores con que se visten sus viejos edificios y el sinuoso trazado de sus calles, que a veces le confieren al barrio cierto aire de zoco árabe. De nuevo, la ropa puesta a secar al sol, las tabernas, las pequeñas tiendas de barrio, el bullicio de una ciudadanía que degusta el sol o el frescor de la noche desde las terrazas de sus cafeterías, especialmente en la zona que rodea el mercado municipal, verdadero museo de aromas mediterráneos. Niza es provenzal en su espíritu, y el olor embriagador del hinojo, la albahaca, la menta o el orégano, se desparraman desde las puertas del mercado para extraviarse por los callejones del barrio.

 

 

Cannes y Niza fueron descubiertas por la aristocracia decimonónica y adoptadas por algunos de los mayores genios de la pintura y la literatura. Nietzsche acertó cuando en una ocasión dijo que éste era un paisaje de una belleza insolente. Este rincón de la Costa Azul, en el que conviven estas ciudades vecinas, contiene suficientes razones para una escapada de fin de semana. El clima suave, la embriagadora luz y la perpetua sensación de estar flotando sobre muchos mediterráneos a un tiempo, invitan a conocerla con calma, asumiendo que corremos el riesgo de que, como les sucedió a tantos, podamos quedar atrapados en las artimañas que tejen esas almas casi gemelas.

 

 

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