Notas de un paseo por Vietnam
(última parte)

Joan Biosca

 

Las Tierras del Sur: delta del Mekong

 

Ciudad Ho Chi Minh: Good Morning Vietnam.

El tiempo en el “Mogambo bar” se detuvo el día en que los americanos dejaron precipitadamente su embajada en Saigón.  La capital se llama ahora Ciudad Ho Chi Minh, pero en la barra del Mogambo se la sigue llamando por su nombre de siempre. La camarera que hace 30 años servía cervezas a la prensa internacional, ejerce de propietaria; y los corresponsales de hoy ya no ultiman sus crónicas en la barra con la urgencia de los cercanos cañonazos, aunque siguen tomando copas arropados por  la guitarra de Jimmy Hendrix.

Los clientes de Mogambo, que siguen el Channel Sport con un manhattan en la mano, saben que la Zona Desmilitarizada es ahora un bar de moda en la inexpugnable Hué, y Apocalipse Now otro garito de copas cerca del cual venden obuses para aplastar papeles. Los clientes del Mogambo cuando abandonan la ciudad rumbo al Delta del Mekong ya no llevan consigo el chaleco blindado.

Delta de Mekong (9 dragones - Cuu Long)

El Mekong es un río cansado cuando llega a su Delta. Sus aguas, sobrecargadas del limo recogido en los 4.000 Km. de recorrido desde sus fuentes, en las frías mesetas tibetanas, apenas se mueven al cruzar las poblaciones del sur de Vietnam.

A pesar de su lasitud, el Mekong es el principio que da vida a este territorio de pescadores y barqueros, el que alimenta con sus aguas la tierra -cubierta de arrozales- y soporta los enjambres de pueblos y mercados flotantes. Los franceses rentabilizaron la colonia transformando los pantanos en uno de los mayores graneros del Sureste asiático y Hollywood se encargó de difundir su nombre maquillando la derrota sufrida por el ejército norteamericano. El Mekong ha sido mas referenciado en los manuales de guerra que en los tratados geográficos.

El eco de Roberta Flack ha quedado colgado en el Delta del Mekong. Hace 25 años su voz llenaba esta jungla escapando de los altavoces de las patrulleras americanas. Hoy, “Suavemente me mata con su canción” acompaña los recuerdos de un veterano de guerra. Leo Tieng tiene la mirada perdida; no debe resultar fácil pasear turistas por los mismos parajes en que, 30 años atrás, le acechaba el vietcong. 

El subconsciente le traiciona por un instante y su lengua comienza a fluir, como la lancha, por los canales del pasado. Rememora con orgullo patriótico la resistencia del bando contrario. Da la impresión de que en el fondo hubiese preferido vestir el pijama negro que uniformaba a los campesinos reciclados en guerrilleros a los que combatió en Cu-Chi. Su teatral forma de detallar lo ingenioso de las trampas cazadoras de infantería me confirma que, o el tipo es sadomasoquista o que aún sufre el síndrome del combatiente; tal vez ambas cosas. Al hombre se le va la mano con los recuerdos y los edulcora con una nueva estrofa de Roberta y un trago de Coca-Cola. Realmente, el Delta del Mekong tiene mucho sabor de Apocalipsy Now.

 

En el bosque de Rung Tram -en el corazón del Delta de Mekong- el agua es omnipresente, frente a nosotros, a nuestra espalda, a derecha e izquierda, en cascadas desde el cielo, en un laberinto de canales sepultados por un techo natural de árboles y lianas…; a ratos la vegetación es tan tupida que apenas permite el paso de la luz. Llega un momento en que todo resulta igual y uno pierde el sentido del norte y el sur. Pero la joven uniformada de negro que rema conoce palmo a palmo Xeo Quit, la antigua guarida vietcong instalada apenas a 2 Km. de la base americana. Qué no hubieran dado aquellos marines por una copia del mapa que hoy, a todo color, señala este recorrido turístico.

 

Los túneles de Cu Chi

Un excombatiente procedente de Michigan ha cambiado el M-16 por una videocámara Sony.  Graba a diestro y siniestro, de la misma forma que los soldados de “La Chaqueta Metálica” disparaban, desde la pantalla, a todas partes y sin dar a blanco alguno. El hombre gasta metros de cinta en un intento por captar al antiguo enemigo mimetizado de jungla y justifica, por enésima vez a juzgar por el gesto de su progenie, la razón por la que su Compañía no daba con “los malos”. Encuadra los maniquíes de dos guerrilleros vietcong en la entrada de un túnel con la emoción de quién ve -por vez primera- una cara conocida. Las sombras parecen cobrar vida y traga saliva antes de sumergirse en las tripas de una ciudad de 250 Km. de corredores, excavados bajo la mayor base norteamericana de la zona, y en los que 16.000 campesinos convertidos en guerrilleros vietcong resistieron durante la guerra. Sólo 6.000 sobrevivieron al armisticio.

Fuera, en la jungla, se camuflan las chimeneas de ventilación de enfermerías, cocinas o dormitorios. Imposible descubrir sin ayuda los pozos que ocultaban francotiradores o mortíferas trampas. Por fin, la familia del soldado de Michigan comprende.

 

Cao Dai, Orden en la orden

Ordenado color en las filas de practicantes y caos colorista en las columnas que sostienen el edificio. Víctor Hugo dictando -desde el más allá- la filosofía de la secta y el ojo controlador de Dios, con su triangular monóculo, bizqueando en la antesala del infierno de interioristas y arquitectos. Si la visión del estallido de una “supernova” de colorines es agradable a los ojos de Dios, no estamos en el mismo bando. Leones, dragones y demás reptiles, garzas y otros volátiles decoran la nave del templo en un doloroso espectáculo cromático. Fauna, mucha fauna. Solo falta el amigo Félix, el de la anaconda, explicando la vida de los dragones que trepan por las columnas, con todo el muestrario de una fábrica de pinturas pegado a los lomos. Las fauces abiertas, las garras recién salidas de la manicura; la lengua obscena, roja, brotando de una boca que no puede echar fuego, ni siquiera humo. La salamandra de Gaudí muerta de envidia ante el despliegue de color de esos asiáticos reptiles.

Juana de Arco -asistida por Pasteur- releva la guardia de la filosofía caodaista con Winston (Churchill) y William (Shakespeare). Desde el más acá, es convocado el más allá, para poner orden en la confusión religiosa internacional. Orden, mucho orden en esa estrambótica orden. Las mujeres a la derecha, los hombres a la izquierda. Perfecta coreografía. Teatral puesta en escena. Los turistas en el palco, los oficiantes en el patio de butacas. Cada uno a lo suyo, o como dice el refrán: cada cual en su casa y Dios en la de todos. Se disparan los primeros flashes, suenan los primeros timbales. El coro, oculto en el lugar en que debería estar el órgano, comienza su trino, demasiado parecido al catártico canto de los monjes tibetanos, un mantra cantado para cautivar el eco de una catedral plastificada. Los feligreses en orden, clasificados por colores. Los turistas en orden, clasificados por Tour Operadores. El vídeo paga, la cámara no. Controladores de turistas, con túnica blanca y brazalete negro, iluminados por destellos de flash despistados o reaccionarios. Se alarga el entreacto. El acólito recoloca los colores de los feligreses: verdes islámicos a un lado, amarillo budista al otro. Los de azul por allí y los de rojo por allá. Los de blanco en los pasillos laterales, enmarcando el efecto.

Se ordena el mundo al dictado de Víctor Hugo, que cansado de escribir se reinventa un cóctel religioso con más grados que una tequila y más confusión de sensaciones que un sorbo de Margarita con mariachis de fondo. Los leones de cemento purpúreo se aburren bostezando en las escalinatas. El ojo de Dios, como el Gran Hermano de Orwell, vigilándolo todo y a todos. Y junto a la entrada principal, que sólo se usa como salida, un mural naif recrea a Víctor Hugo y al poeta vietnamita Nguyen Binh Khiem redactando los principios de la religión.

Bajo un arco se dejan los zapatos. Víctor Hugo dicta, Dios controla la ortografía, y el oficiante enciende y apaga velas y ahuma las alturas con incienso, murmurando hacia el creador palabras dictadas por el francés. Del cielo raso centellean estrellas de purpurina, constelaciones inventadas para imitar un firmamento accesible por escalera. Un escenario cuadriculado como un tablero de ajedrez y varias docenas de practicantes orando a los puntos cardinales en una sincronía vigilada por los responsables del orden interno, con su brazalete negro, como de luto antiguo. El coro, en un rincón huérfano de órgano, se extasía en un perpetuo Ohm, sin más acompañamiento musical que unas disonantes flautas y el cansado timbal. Sin partitura, sin director, pero con acomodador. Orden, que no falte el orden.

 

Vendedoras

El balanceo es hipnótico. Se mueven cimbreando las caderas en una dirección, mientras lanzan los hombros hacia el lado contrario; la cabeza oscila de un lado a otro, con un vaivén similar al de las palomas al caminar. Un sombrero cónico de paja les cubre del sol y, desde mi perspectiva, también les vela el rostro. Debo conformarme con la visión de su andar cansino y el contenido de las dos cestas que acarrean. Estas mujeres desafían las  más elementales leyes de la física y la resistencia. Resoplan bajo el sombrero, resoplan desde hace horas y aún les quedan muchos litros de aire por exhalar. En silencio, siempre en silencio. Pienso si no son ellas los únicos habitantes de Vietnam que no están empeñados en la guerra sin cuartel que todo el país libra contra el silencio.

De vez en cuando plantan los cestos en la calle, se sientan, en esa posición que sólo los asiáticos pueden ostentar sin acabar con calambre en las piernas, y pretenden vender el contenido de los capachos: naranjas, plátanos, pescado, sostenes o trastos inservibles. Venden con poca convicción, con ese aire de pasar de todo, tan atípico en los vendedores vietnamitas.

Con la pátina de sudores atiborrados de sol, artríticos de lluvia, bañados en barro y en rocío, o en espuma de mar y apestando a escamas, sus cestos tienen un aspecto tan cansado como ellas mismas.

 

Notas de un paseo por Vietnam (primera parte)

Notas de un paseo por Vietnam (segunda parte)

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