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Notas de un paseo por Vietnam
(segunda parte)

Por Joan Biosca

Las Tierras Altas

Tierra adentro, bordeando la frontera con China, se encuentra una zona poblada por minorías étnicas, antiguas tribus nómadas que nada saben de fronteras y pasaportes, y de los que se dice que proceden los gitanos del mar que nomadean en las aguas del golfo de Tonkin. Aunque viendo a unos y a otros, cuesta imaginarlos emparentados, como no sea por las leyendas. En las montañas ha permanecido el ritual del vestuario, que distingue unas tribus de otras y, que los días de mercado, hacen que el estallido cromático sea casi hiriente a los ojos.

Enmarcados por el verde de la vegetación y el rumor de los riachuelos, las tribus montañesas permanecen ajenas al tiempo, ajenas a las idas y venidas de los turistas y a las consignas del partido comunista… Ellos siguen su propio y casi inalterable ritmo. No hace demasiado tiempo que los montañeses, como los denominó la metrópoli francesa, cambiaron el trueque por el papel moneda, una de las escasas concesiones a los nuevos tiempos que llegaron mucho después de acabar la guerra que los vietnamitas libraron contra los americanos y en la que, por cierto, las tribus de las montañas no se implicaron con ninguno de los dos bandos. Ni los camelos de los americanos para contratarlos como guías, ni las presiones de los comunistas para embarcarlos en las huestes del Vietcong, hicieron mella en su peculiar filosofía. A fin de cuentas ellos no son vietnamitas, son mongh, thaï, nung y tantos otros pueblos que no sienten necesidad de banderas ni pasaportes.

Ignoro por qué el Gobierno vietnamita llama “minorías nacionales” a los 5.000.000 de personas que habitan las montañas del país; aunque el pueblo llano prefiere denominarles moi: salvajes. Los colonos franceses resolvieron englobarlos a todos (supongo que por una cuestión de paternal y despectiva equidad), bajo el término Montagnards. Montañeses. Estas tribus, -llegadas en el pasado de China- se han mantenido durante siglos al margen de las cosas, viviendo en un estado de primitivo aislamiento, de primitiva independencia. Los tiempos cambian, se construyen carreteras, llegan visitantes y el trueque toma un nuevo cariz.

En esta zona del país cada aldea es una frontera con la vecina; etnias diferentes comparten la corriente de agua de los riachuelos para mover las piedras del molino y, una casa o una simbólica valla de madera medio podrida, pueden ser el pretexto de cambio de lengua, de vestuario y costumbres. Sin apercibirme voy cambiando de “país”. Cruzando fronteras que no existen, sin aduanas, sin carteles de bienvenida ni miradas inquisidoras de las autoridades. Aquí la autoridad la ejercen los ancianos y algún que otro escuálido perro gruñendo amenazador con el rabo entre las patas.

Una anciana sentada en el zaguán de su choza me enseña, con una mueca que pretende ser una sonrisa, el único diente que le queda; un diente que, a juzgar por el arco iris con el que se viste, debe haber masticado demasiadas cosas. Sus manos siguen bordando la tela que sostiene en el regazo; en unos días será un bolso escrito con los arcaicos símbolos que ningún turista sabrá interpretar. Ella no sabe de dinero; cose y muestra las encías desde su cabaña Mongh. Es su nieta, contando  dólares en rudimentario inglés, la que hace las veces de departamento de ventas y marketing.

El cielo ha abierto un paréntesis azul en el habitual gris plomizo de los últimos días. Las laderas del Fan Si Pan brillan con una claridad poco usual. La anciana ha dejado de bordar. Su mirada sigue ahora la figura de su nieta, que con un cesto de mimbre en la espalda, se aleja entre los arrozales por el rudimentario puente de tablas, sendero abajo, hacia el pueblo que sirve de base a los autocares de los turistas y donde se improvisa el mercadeo. Cuentos y leyendas bordadas en camisas y brazaletes. Cuentos, leyendas e historias escritas con hilo de algodón a cambio de unos dólares para sanear la precaria economía de la industria familiar.

 

Las Tierras centrales

Hué

La noche se había colado en Hué poco después de las 5. Las calles, brillantes de charcos, empezaban a recogerse y el olor a sopa y lluvia se mezclaba en el aire frente a los figones callejeros.  Los comercios alumbrados en el Barrio de los Mercaderes servían de pantalla de fondo a las sombras que, en  fuerte contraluz, se recortaban cargadas de fardos a su paso hacia alguna parte. A esa hora otros ciclos se cruzaban para perderse como sombras por las calles contiguas. A pesar de las voces y los timbres un algo de quietud fluía en el aire. En la orilla opuesta del Río del Perfume, las farolas apagadas evocaban en el Barrio Francés el recuerdo de tiempos mejores. Los viejos edificios proyectaban una sombra de decadencia  con sus fachadas descoloridas, los patios asilvestrados y las verjas  que a medio hilvanar, se descolgaban comidas por el óxido y el abandono.

El cielo llevaba días vomitando cataratas de agua.

-¿Rain?, no problem!

Yo no opinaba lo mismo. El agua se colaba por los resquicios de aquella especie de cofre rodante. Apenas una rendija de la lona permitía la entrada  de aire y paisaje. El gling-gling del ciclo llegaba de popa, donde un rectángulo perforado en el plástico mostraba alternativamente un pié u otro del ciclista que pedaleaba. Sujetaba el manillar con una mano y llevaba la otra del freno al timbre, del timbre al freno. Glin-glin... Sorteando Hondas sobrecargadas de familias, bicicletas tambaleantes de mercancías y peatones despistados.

Bò pedaleaba lánguido, dando por concluida la jornada laboral. A bordo de su bicicleta habíamos navegado entre vestigios del pasado y recuerdos muy presentes: De los Mausoleos Reales, habitados en su rancia atmósfera por espíritus y poemas épicos de otros tiempos, al hospital de medicina tradicional de su barrio, abarrotado de pacientes aguijoneados de acupuntura, y de allí al atestado mercado donde los olores, gritos, empujones, regateos y chapoteos nos acompañaron hasta el viejo puente de madera que resiste épicamente el paso de los años. Afirman que ya estaba ahí antes de la guerra contra los americanos, que bajo sus travesaños se guarecían las familias durante los bombardeos de los B-52. Dicen que pronto lo cambiarán por uno de hierro. Será una perdida para la ciudad. La guerra queda lejos, en el tiempo y en el cine. Pero los boats-home construidos con la chatarra de los aviones derribados a los yankees, dicen todo lo contrario.

 

Hoi An: Farolillos e incienso

 Hoi An, contemplada desde el puente Thi Bon, engaña a la vista. En primer plano, las humildes barcas de pesca, los cobertizos y barracas del mercado, dominan la orilla. A lo lejos, la flota del pequeño embarcadero turístico apenas aporta una nota de color en este paisaje lodoso y gris. A simple vista, Hoi An parece una de esas insulsas poblaciones ribereñas dejadas en el camino.

Hay que remontarse más de 400 años para imaginar este canal, hoy dormido, dando cobijo a las naves llegadas de todo el mundo, ansiosas por participar en la Feria de Primavera, que durante cuatro meses al año sembraba de opulencia las empedradas calles. Donde hoy se apilan los cestos de pescado y las tristes barcas, hace cuatro siglos las naves llegadas del Sudeste Asiático descargaban sedas, brocados, marfil. Los aceites aromáticos o la porcelana se valoraban por los comerciantes chinos y japoneses, tanto como las armas, el azufre y el plomo traídos por barcos de bandera portuguesa.

Anoche la ciudad parecía detenida en el tiempo. Deslumbraba de personalidad. De sentido y equilibrio. La tormenta había dejado lagunas en las empedradas callejuelas. Los charcos devolvían el fuego a las candelas que alumbraban los portales de las casas. Farolillos de seda haciendo temblar las sombras, llenando el aire de pasado, de magia. El denso silencio sólo era roto por el reclamo de algún vendedor surgido de las sombras. El olor a incienso llenaba el aire y las antiguas Cofradías de Comerciantes chinos, las viviendas de maderas preciosas, se insinuaban en la penumbra dibujando un decorado de luces y sombras en las aceras. Frente a pequeños altares se quemaban papelillos de colores y varas de incienso. El fuego devolvía a la noche remolinos de cenizas bajo el eco de las oraciones. El silencio impuesto por la Ceremonia de la Luna Nueva, mantenía el tráfico rodado fuera del casco antiguo: Hoi An devolvía al eco, como antaño, el sonido de las voces y los pasos. Hoy An era un espacio, colgado en el tiempo y en la memoria.

 

My Son

My Son estaba escondida en la jungla y la jungla en la niebla. La lluvia y el eco de los truenos que llenaban el valle creaban un telón de fondo ideal para recrearse en una escena del Libro de la Selva y en historias de hace 16 siglos. La verdad es que la antigüedad de la ciudad Cham no me preocupaba demasiado. Más bien nada. Sin embargo, los reiterados avisos de “Peligro, minas”, clavados en estacas por todas partes, ya eran para tomárselos más en serio.

El sonido de los propios pasos sobre el barro y el catastrófico ambiente de las ruinas daban, a la decrépita capital, el aire de un cementerio inventado por Póe; sólo faltaba algún fantasma penando con sus cadenas sobre el perfil de las torres semiderruídas. Las ranas croaban en los estanques artificiales creados por las bombas que cayeron del cielo hace 25 años, cuando a los americanos les dió por desalojar la base que el Vietcong había instalado en la antigua  metrópoli Cham.

Las advertencias de minas te dejaban clavado en el presente pero las ranas, con su cantar cervecero, y la sensación de que los personajes de Kipling aparecerían en cualquier momento, invitaban a seguir chapoteando en compañía de espectros de hace 2.000 o 25 años.

Son realmente unas ruinas muy actuales. Dicen, que hasta que al Vietcong no le dió por montar en ellas su cuartel -minándolas a diestro y siniestro- y a los americanos por echarles a bombazos, Cham, la más sagrada de las capitales, no tenía mal aspecto. Supongo que debió tener una pinta tan saludable como pueda tenerla una ciudad tragada por la selva durante generaciones de árboles.

 

Mui Ne, el último paraíso

Muong Man es apenas un apeadero en mitad de la nada y para quienes viajan en tren, el inevitable punto de partida hacia el cabo Mui Ne. Media docena de “pilotos” de Honda-hom esperan a quien llega hasta aquí con tal propósito. Negociar el precio del transporte requiere paciencia y destreza en dosis iguales. Ya sólo queda cubrir, con más inconsciencia que valentía, los 30 Km. de polvorienta carretera que conducen a las serenas playas del mar de China.

Mui Ne está mudando la piel, como le ocurre al resto del país. Pero esta parte de la costa lo hace a la dolorosa velocidad con que desaparecen los últimos paraísos.

Sólo han pasado 5 años desde que Walter aparcara la locomotora que conducía en Suiza, para perderse por estas costas. La sombra que proyectamos es como la de Denis Hooper rodando por las carreteras de Nuevo México en su Chopper. Pero no es el caso, aunque la sombra presume de cilindrada y el ruido se viste de reactor, rodamos en un ciclomotor soviético. En realidad, galopamos entre baches, esquivando vacas, gallinas y camiones.

Walter contempla con nostalgia su entorno, intentando abarcar la totalidad del paisaje: A la derecha, una sucesión de bosques de cocoteros contra un fondo de mar y espuma, chozas de pescadores y lenticulares barcas de bambú en su día de descanso; en frente, a lo lejos, un colosal muro de dunas llenando el horizonte de rojo. Y a su izquierda, las primeras cabañas con aire acondicionado y televisión por satélite, surgidas al amparo de un hotel de cinco estrellas.

Una cálida brisa con olor a escama invita a la melancolía; el horizonte, apenas iluminado por una línea púrpura, se desvanece lentamente, hasta borrar todo rastro de diferencia entre cielo y mar. Los sedales y los cangrejos se lanzan a las olas en fosforescente estampida. Nada que hacer por unos días, nada que no sea pasear y retomar, al abrigo de una palmera, el libro olvidado en el fondo de la mochila. 

 

Notas de un paseo por Vietnam (primera parte)

Notas de un paseo por Vietnam (última parte)

 

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